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tetrasquel:

TRAS LA HUELLA DE JOVELLANOS
Los últimos druidas
(II)

Serie de artículos
que el autor publica todas las semanas
en el diario de LA NUEVA ESPAÑA

por Celso Peyroux.

Palabras para el pintor Juan Rionda

Por aquellos años de la adolescencia tenía unas vagas ideas de lo que fuera el movimiento cultural y filosófico que se había extendido por Europa en el siglo XVIII con el nombre de “Ilustración”. Eran notas sueltas del bachillerato. Ideas humanistas aquellas -para reconstruir la sociedad y divulgar el saber- que alcanzaron su pleno desarrollo en Francia con los componentes de la “Encyclopedie” promovida por Diderot y d’Alambert alimentados, a su vez, sus espíritus críticos y filantrópicos, por Bayle, Locke y Montesquieu.

Y no sería hasta años más tarde cuando profundicé en aquellas premisas que me parecían –y me siguen pareciendo- de lo más acertado para poner la dignidad del hombre -muy a pesar de las miserias por las que pasa la condición humana- en el lugar que se merece con el pensamiento de que un mundo mejor aun es posible: la conducta del hombre con la esperanza del bien; la garantía de los derechos humanos y las igualdades sociales; la educación para transformar el mundo; la confianza en la razón; la noción de tolerancia; el espíritu crítico; la aspiración a la paz perpetua; la meditación para alcanzar lo sublime; el cosmopolitismo; el amor “rousoniano” a la naturaleza; la honestidad del ser humano manifestada por Voltaire...; en fin los pensamientos, ensayos, epístolas, obras literarias, diarios y viajes de Jovino.

Pero Jovellanos y su obra vendrían muchos años más tarde en los estudios universitarios y en las visitas al aula -bajo la cúpula de la facultad de la plaza Feijóo- que dirigía D. José Caso, rector -magnífico hombre- que fue de la Universidad de Oviedo. Había en mi, por aquel entonces, una bella simbiosis entre el ilustrado gijonés, Goya –en Burdeos, donde viví varios años- y la rebeldía y el ansia de altruismo de quien -a la manera de Gil de Biedma- “quería llevarme el mundo por delante”. Siempre seguí la huella -como en las coplas de Atahualpa Yupanqui- de los grandes maestros pensadores que en el mundo han sido. Siempre he sacado provecho de los grandes hombres y mujeres para mi ciclo vital y para mis escritos.


(cuadro de Juan Rionda)

Pero ahora, la huella es otra. Del pensamiento profundo y del saber, al itinerario lúdico y cultural que nos propone el acuarelista y escultor Juan Rionda para seguir los “Senderos de agua y piedra” por una ruta que Gaspar de Jovellanos emprendiera en junio de 1792 por los municipios de los Valles del Trubia, desde Gijón, su cuna natal, hasta el puerto de Ventana en los confines de Las Asturias.

El maestro ilustrado la había recorrido hasta internarse en tierras de Babia y regresar por Teverga a través del “Camín real de La Mesa para visitar San Martín de Las Arenas y la colegiata de San Pedro. Hermosa guía esta pictórica, literaria, cultural y turística la que nos presenta el buen acuarelista gijonés, mejor escultor y buen amigo a quien los teverganos tenemos mucho que agradecer.

Un itinerario lleno de colorido por Las Caldas, Puerto, Tuñón, Proaza, Villamejín, Collada de Aciera, Arrojo, Bárzana, Villamarcel, Fonfría, Trobaniello y Ventana. Unas cincuenta acuarelas en las que Rionda –con su personalidad y estilo propio- deja plasmado todo cuanto Jovellanos fue encontrando a su paso: rincones, pueblos y aldeas, templos, palacios, cabañas, hórreos, puentes, arroyos, cumbres....

A esta delicada obra cromática la acompaña los textos -con su vocación jovellanista- el toledano Agustín Guzmán Sancho que acierta, con su cálamo bien tajado, a poner el poema-en-prosa que camina al lado del pintor. Tal vez sea el umbral de otras rutas recorridas por el ilustre ilustrado que fue recorriendo y escribiendo en sus diarios y numerosas notas de campo.

Desde estas líneas propongo al Ayuntamiento quirosano que adquiera la magnifica obra de Juan Rionda y en el nuevo museo de La Fábrica, se disponga una sala para recordar el itinerario de Jovellanos complementándola con su obra y pensamiento humanista. Sería a modo de un aula didática para jóvenes y mayores necesitados todos de esos valores humanistas que hoy brillan por su ausencia.

En la sociedad en la que vivimos, un poco de aire fresco sería un bálsamo para sobrevivir en este pícaro mundo cada día menos azul y más vituperado. Un álbum completo del que Jovino se hubiera sentido orgulloso. Él tan delicado, detallista, profundo y rebelde. Una obra de “investigación, arte y literatura –en palabras de su editor, José Antonio Hevia- en perfecta armonía”. “Este es un libro -según Pedro de Silva, prologuista del mismo- con excelente estilo, con un estilo muy jovellanista”. Magister dixit.

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