
Los
madreñeros de
La Malvea.
Extracto del artículo correspondiente
a La Malvea,
publicado en el libro
Por
los pueblos de Lena (p.
75)
Julio Concepción Suárez.
Ed. Trea. Xixón. (1995).

Hoy puede extrañar la supervivencia de un pueblo pegado al mismo hayedo de Valgrande; pero la realidad era otra tan sólo medio siglo atrás: el oficio de madreñeros fue común en estos pueblos del Nocíu y San Miguel.
De las madreñas vivieron, en parte, muchos años vendiéndolas en los pueblos leoneses al otro lado del cordal, al tiempo que tantos otros productos artesanos construidos con madera: güexas, araos, xugos, guiás, paxos, estiles...
Es lo mismo que ocurría en el paralelo valle del Güerna, a la sombra y al cobijo de las abundantes fayas, fresnos, chameras..., las blimas, del Monte'l Blime.
En ocasiones, cuando no había mayores urgencias en las tierras y en los praos (hasta la yerba, sobre todo), los madreñeros subían a las cabañas entre los fayeos de Valgrande, y pasaban allí la semana faciendo madreñas: La Vega'l Mur, El Fabar, Val de la Espina, Coleo...
Subían con la carraca pa ocho días y descendían con unos cuantos pares moldiaos, listos para la venta.
No falta alguna anécdota que recuerda las fatigas y gabelas de algunos madreñeros a la fuerza, entre aquellas nieblas y poco que comer.
Reza así una voz oral:
"Yeran dos paisanos de La Malvea que xubían a facer madreñas, y dixo-y ún al utru: -oye, Pin, vamos comer la carraca [provisiones, alimentos, vianda] y vamos chamos a morrer; tamos fartucos de facer siempre lo mismo nisti fayotal, ¡vamos chamos a morrer!- Comieron las provisiones de la semana, bebieron la bota vino, y dormieron hasta el amanecerín".
"Pero los paisanos nun morrían -continúa el relato-, por lo que chevantóse el más espabiléu y despertó al compinche: -bueno, Pin, paez que morrer nun morremos; así que güelve a casa por otra carraca, que tenemos que seguir faciendo madreñas utru año más".
También entonces ya debía existir la depre y el estrés, superable -a la fuerza-, hasta faciendo madreñas. Para algunos (la mayoría, entonces) todo comenzaba con la primera luz del día en cualquier estación del año, siempre obligados por aquel implacable consejo, nunca olvidado de los mayores:
"L'home
probe, al alba, en pie:
si nun trabaya, ve".