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"'Se escribe para llenar vacíos', Prosas sueltas, |
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El juego sabroso de las palabras. Saber, saber hacer. Y saber jugar, con las palabras también. Jugar es muy fácil, parece cosa fácil, pensamos siempre cuando se trata de jugar. Porque, a todo más, sólo hay que aprender a jugar, como los guajes, vamos. Pero, como al tute, al ajedrez, a los bolos..., hay que saber xugar. Hasta los matemáticos dicen que las integrales, las ecuaciones..., son muy fáciles, puro juego, vamos, jueguecitos con letras y numerinos. Sólo hay que saber jugar. Y, ciertamente, saber, aprender a jugar con las fichas de las palabras (con las palabras, como fichas), no es poco, a pesar de tantos planes de lectura, y escritura por bibliotecas escolares y casas de cultura, talleres de redacción (en la clase, o en internet, sistema online), desarrollo de la creatividad literaria, de un estilo personal de expresión oral y escrita... Hasta (menos mal) los concursos tipo pasapalabra y compañía algo compensan el diagrama, casi plano, de la tele... Luego, la realidad día a día está más bien en las redacciones del messenger, los foros, los comentarios digitales, el móvil... Si se puede llamar redacción en muchos casos, claro. Hacen falta modelos claros, sencillos, de lectura y escritura, pues, según los refranes, predicar nun ye dar trigo, el movimiento se demuestra andando, no me des un pez enséñame a pescar..., y un largo etcétera. Estos y otros interesantes repertorios refraneros, muy repetidos por los pueblos, sirvieron siempre para advertirnos, ya desde bien pequeños, que son más rentables las cosas hechas por uno mismo, que las palabras bonitas, tantas veces huecas. Tiene que haber las dos cosas, pero las más prácticas, delante. La prosa del pequeño libro de Juan Vázquez es un buen ejemplo en el manejo del arte de jugar, en forma tan cuidadosa y estilizada, con las palabras. Nos queda la palabra..., imprescindible un taller de las palabras Por esto, cuando llegó a mis manos el libro de Juan Vázquez (con muy grata dedicatoria incluida), se me ocurrió pensar que en el aula, a veces, complicamos demasiado las cosas a la hora de explicar las técnicas para la escritura y la lectura: variedad léxica, precisión, concesión, estructuración sintáctica, conexión lógica de párrafo, marcadores textuales, connotación, denotación, contexto y situación pragmática... Y rebuscamos textos demasiado complicados en palabras y estilos: a veces se juntan muchas cosas prácticas en párrafos muy sencillos. Un buen ejemplo es el de estas Prosas sueltas, ahora atrapadas entre las manos. Desde las primeras páginas del pequeño manual de redacción (unos cincuenta artículos, en estilo periodístico de prosa tan sencilla como trabajada), se me ocurrió pensar que la asignatura de Lengua y la literatura necesita un anexo importante: el taller diario (la faragua, la fragua, la cocina) de Lengua y literatura, tal vez a media mañana, antes o después del bocata y del recreo: simplemente el tiempo lúdico de refrescar la vista con el paisaje en torno a la escuela o al instituto. Tal vez, sólo una media hora ocasional en el taller imaginario de las palabras, sólo para contemplar el paisaje, según la estación del año: con arbolitos o sin ellos; con sol radiante al mediodía, o tras los cristales del aula, contemplando los copos de nieve que zigzaguean sin prisa en el silencio bullicioso de la calle. Esa media hora para reconstruir luego, a boli, o con el ordenata, un tiempo y un espacio, sólo con palabras. Ya desde el primer artículo no disimula el autor sus lecturas: su plan lector y escritor tan de moda ahora: el plan es tan novedoso (y revolucionario) como antiguo: el progreso inteligente nunca parte (nunca partió) de cero. Lo demás es regreso. Pero, como tantos otros planes, sin estrenar en tantos casos. "Nos queda la palabra" -recuerda Juan Vázquez-, como más o menos ya decía Blas de Otero, y difundieron otros con música a los dieciséis vientos, ahora también, en sistema digital. Creación del autor y recreación del lector A medida que se van sucediendo los artículos del libro, vamos asentando la impresión de que la prosa del autor se vuelve más connotadora, siempre pensando en el valor comunicativo (comprensivo y expresivo) de la palabra, de las palabras. Casi al ritmo intenso del discurso poético, siempre más concentrado y sugestivo, el lector se va volviendo creador en parte con el autor; sin darse cuenta se va recreando en el flujo estructurado de las palabras, al tiempo que colabora en completar la parte del significado que está (y al tiempo no está), en cada sintagma, en cada frase; para ello se suceden los recursos en estilo tan sencillo como trabajado por el escritor:
Hay repetición, y no la hay, pues cada frase nueva, cada sintagma, añade algo necesario para los matices del mensaje: un núcleo sustantivo para los mismos adyacentes; un sinónimo necesario en la gama de sentidos próximos; una misma estructura sintáctica que repite las funciones (sujeto, verbo, objeto...), pero con distintos contenidos. El juego completo en ese gran puzzle de las palabras. "Educación para saber elegir, Para cambiar nuestro mundo con la palabra El autor no maneja por casualidad las palabras: su mosaico de lecturas es evidentes, como va deshojando, página tras página, a lo largo del libro: Quevedo, Lorca, José Agustín Goytisolo, Antonio Machado, Helder Cámara, María Zambrano, Pablo Neruda, Borges, Miguel Hernández, Celaya, Mario Benedetti, León Felipe, Ángel González... Lectura y escritura son dos caras de la misma moneda, y los resultados a la vista están sobre el papel. A lo largo del medio centenar de artículos al estilo columnista, el autor deja claro desde el primero su objetivo: "Nos queda la palabra", "Tenemos la palabra", "Una palabra tuya", "Queremos gente de palabra", "Una palabra para acariciar la palabra"... Hasta unas 48 veces juega con el vocablo (en singular y en plural) en unas cuarenta líneas, y en un mismo artículo. Hasta siete entradas da al mismo vocablo en un párrafo de siete líneas. Y, con todo, el lector no percibe sensación reiterativa innecesaria (cuidada depuración estilística), pues cada entrada lleva su adyacente que hace el vocablo novedoso, necesario en el discurso: "palabra artesana", "palabra bien dicha", "palabras de verdad", palabras que motiven"... Lo que importa es el matiz, el adjetivo, el adverbio..., que precisa en cada caso. Termina el artículo con la expresión que hila (afilvana, como diría un allerano) hasta las últimas frases del libro:
Desde las primeras páginas (apartado I) quedan dedicadas a ese amor por la palabra en todas sus posibles acepciones, acordes con cada situación contextual, tal como anuncia ya en cada título: "Conversar", "Hablar, callar", Descubrir, mostrar", Solos, únicos"... Los apartados II y III progresan con el mismo hilo de la comunicabilidad, lejos de toda manipulación verbal: "El color de las cosas", "Europa: otra mirada", "Ella", "Él"... "Si aceptamos otras perspectivas, Saber hablar, saber conversar; saber hablar, saber escuchar... El contraste verbal (lingüístico, semántico, pragmático) es uno de los recursos que afilvanan también desde el principio el estilo del autor, siempre con una dinámica latente en la progresión matizada de los términos:
Tampoco cansan, en absoluto, esas palabras del mismo campo (léxico o semántico), por contiguas que se sucedan. Pues hasta nos intriga un poco seguir comprobando hasta dónde se arriesga el escritor generando situaciones tan comunes, sólo con un par de verbos barajados en sus tiempos y desinencias posibles, pero con tan pocas cartas, y en tan reducido palmo de terreno. Más aún, esa condensación léxica en tan pocas líneas resulta hasta didáctica: no habría que pasar muchas páginas para que nuestros alumnos y alumnas (o no alumnos/as ya), se convenzan de lo que tanto carecen a veces (no se puede generalizar, por supuesto). Pero ni escuchan, ni nos escuchan, ni se escuchan... No se escuchan ni entre ellos. Es la música que tienen (y que tenemos) que escuchar (aguantar) cada diez minutos en clase (sin generalizar, por supuesto). Incluso en un mismo párrafo, reutilizando las mismas raíces de las palabras (conjugadas, matizadas con afijos), describe situaciones posibles muy variadas, que el lector percibe como dentro de un mismo paradigma según los casos:
O establece cruces de vocablos en aparente paradoja, que nos hacen reflexionar comprobando la importancia comunicativa (verbal y no verbal) de las palabras y los silencios según la situación y el contexto:
Esa especie de quiasmo, en el que la inversión cruzada de los mismos vocablos, facilita al lector la comprensión simultánea de muchos conceptos en un par de líneas, aparentemente intrascendentes: toda una teoría semiótica de los signos verbales y no verbales en la comunicación más usual de nuestros discursos diarios. Con toda una tradición milenaria que encontraríamos detrás. Sirva el conocido dicho oriental: "Si tu palabra no es mejor que tu silencio, calla" La reflexión concentrada del retruécano Muchos recursos lingüísticos semejantes se van sucediendo en los artículos del autor. Por ejemplo, abunda el retruécano: esa forma tan económica de invertir los mismos términos, para no dispersar las posibilidades semánticas, contextuales, facilitando al lector la comprensión de significaciones contextuales que resultan sintácticamente paralelas, pero que pueden construir (o reconstruir) situaciones muy contrarias, paradógicas tantas veces, por lo menos en apariencia. El recurso expresivo del retruécano abunda página tras página:
Y semejantes juegos verbales para la economía expresiva. Un recurso sintáctico al tiempo intensivo, pues en él confluyen simultáneamente otros como el parelelismo, la antítesis, el ritmo del discurso, la rima..., todo lo cual facilita la lectura amena y resumida: muchos conceptos en pocas palabras. Con la técnica lingüística del retruécano (o del quiasmo), al estilo de nuestros clásicos literarios, con la expresión más trabajada, vamos descubriendo en el libro conceptos muy complejos formulados de la manera más sencilla, en ocasiones bajo la mirada crítica y social (ciertamente moderada), con esa nota de ironía sin acritud notoria, que nos alerta suavemente de tanta manipulación diaria, subliminar tantas veces:
Una vez más, el ingenioso mosaico lingüístico y literario combinado: figuras retóricas transparentes, matices perifrásticos cotidianos, campos léxicos usuales, trilladas estructuras semánticas coloquiales ... Pero hay que saber combinarlos, claro.... "... una escenografía en la que lo que importa La estructura globalizante de los antónimos En un par de frases puede entender el lector también el abanico léxico, la gama amplia de significados contextuales que puede darse concentrada en una simple palabra capaz de fundir, paradógicamente, los dos polos más extremos. Una vez más, las experiencias más cercanas sólo se vuelven conscientes cuando, sin largos rollos, ni complejas teorías sicoanalíticas, se nos presentan en dosis concentradas. Sirva otro ejemplo:
Toda una teoría del lenguaje de los gestos (el paralenguaje más inconsciente) nos impacta en un par de frases, con las palabras más coloquiales. El sencillo recurso a la antonimia (esa pareja de palabras enfrentadas de algún modo) lo refuerza el escritor, a todo más, con sintagmas o frases contiguas, pero nunca más de una línea o línea y media, a renglón seguido, y como remate del artículo, por si algún cabo comunicativo hubiera quedado suelto al lector. Tal parece la preocupación del autor por la expresión clara, sencilla, precisa, didáctica sin más. De ahí la frecuencia intercalada de conectores lógicos, adverbios, preposiciones, conjunciones, locuciones...:
Para cerrar el mensaje, asegurando su unidad comunicativa, en un estilo periodístico sanamente envidiable:
"A base de hacernos consumidores, La variedad léxica de los sinónimos Con el objetivo, siempre a punto, de una precisión que fluye económica y sencilla, al filo de una sintaxis de frase corta y puntuación frecuente, el autor recurre al paradigma de los sinónimos, casi siempre emparejados con los antónimos oportunos:
El recurso a la sinonimia se multiplica en claridad expresiva, estilo y fuerza del mensaje, al coincidir con otras estrategias lingüísticas y literarias en el repertorio del autor: por ejemplo, la paronomasia (la paronimia, nombre semejante, parecido), el símil, la metáfora, la alegoría, la paradoja... Sirva otro ejemplo cualquiera, hablando aquí de internet:
Como cierre didáctico de un mismo artículo, el autor ata los cabos sueltos con los recursos que se fueron sucediendo en el par de páginas precedentes, dedicadas a Navegantes en la red, en este juego tan concentrado de situaciones virtuales, sin más cartas que un par de adverbios casi gastados de tanto usarlos en la comunicación diaria. Pero hay que saber construir con ellos situaciones contextuales adecuadas, evidentes para todos:
Una especie de cierre discursivo, con ese par de adverbios cruzados en aparente paradoja, que sintetizan en dos renglones la impresionante complejidad que supone la comunicación tecleada en cualquier buscador a golpe de un simple clic, con un enter en el teclado, o con la pregunta más trivial en facebook, twitter, o tuenti.. Pero, una vez más, escribir, como jugar, es muy fácil, cosa de guajes, vamos: sólo hay que saber jugar. "Alguien con quien hablar, Un mismo lexema para no dispersarse demasiado en la lectura Unos cuantos artículos del libro llevan por cabecera un verbo (o una palabra sola) con el que luego juega el autor, enriquecido en una estructura semántica, morfológica, o sintáctica cualquiera, y con las diversas clases de palabras del mismo campo, matizadas con los adyacentes adecuados (los complementos del nombre, que ya nos dijeron desde la escuela). Muchos recursos en muy pocas líneas, en este caso jugando con las formas verbales de los tiempos, en ese tan sencillo como impresionante juego de morfemas y lexemas, denotativos y connotativos a un tiempo:
Nos deleita, tanto como nos serena, el juego morfemático sobre un mismo lexema: serenarse, serenarnos, serenidad...; de nuevo enriquecido con el campo antonímico contrario: prisa, aprisa, deprisa... Mínimas raíces, máximas connotaciones, denotaciones, situaciones virtuales..., dosificadas en un sólo párrafo. En ocasiones, hasta ese juego con los verbos en los diversos matices que van aportando las desinencias de los tiempos, recuerda aquel estilo añejo de los dictados en la escuela del pueblu, cuando, con ocasión o sin ella, el maestro nos ponía a prueba las tres conjugaciones. Por supuesto que ni con mucho sobrarían hoy mismo a los collacios por las aulas, con tan escasu palabreru, lo mismo en verbos que en adjetivos, nexos, locuciones, conjunciones o adverbios. Todo un ejercicio de conjugación verbal nos concentra en algunos artículos especialmente económicos y ecológicos (muy rentable la raíz léxica de un solo verbo, claro). Núcleos sustantivos y adyacentes: los matices de las palabras El mismo recurso a unas pocas raíces, lo mantiene el autor desde la primera frase más simple (una oración atributiva), hasta el cierre del artículo en la página siguiente. Hay repetición de matices, ciertamente, pero sin impresión de reiteración vacía de sentido contextual, pues van alternando los morfemas (de género y de número), los adyacentes del sintagma, la clase de palabra en el mismo campo léxico. Hasta las precisiones lingüísticas de género y número (tan candentes demasiadas veces, hasta incandescentes), los matices diversos, afloran bastante más sosegadas en algún artículo:
La misma aliteración (reiteración) de sibilantes sucesivas en pocas líneas refuerza en el oído, o en la lectura silenciosa, el sentido pretendido de la soledad: ausencia..., sentirnos solos..., parejas que son como dos soledades juntas..., somos solos..., soledades juntas..., vivimos entre dos grandes soledades..., entre dos eternidades... Jugar a los parónimos: a lo que suena parecido, pero resulta muy distinto y distante en el desván de las palabras... La paronomasia (la paronimia, el parecido de los nombres) es otro recurso con el que los lectores hemos de detenernos por fuerza en la secuencia de palabras o sintagmas que se parecen mucho en lo gráfico y lo fónico, pero que pudieran hasta significar todo lo contrario. Como si del lenguaje poético se tratara, el autor va usando las figuras retóricas de este tipo para que el lector entienda con pocas palabras, varias ideas solapadas detrás. Hasta todo un apartado (el II) titula Siglo de siglas. Y explica él mismo la expresión:
En fin, media docena de líneas, como un poema tejido con palabras de la casa, de la calle o la caleya, nos hacen quitar la vista del papel y lanzarla al cielo azul o al fondo de la estancia, para contemplar una verdad tan dispersa como sencilla, pero que a nosotros no se nos había ocurrido con este juego tan enjundioso de sonidos y grafías:
"...ese programa denominado Erasmus ¿O cómo se puede describir con más naturalidad (en la etimología de la palabra) a una mujer? En el artículo Ella la prosa se vuelve especialmente poética: se podría decir, casi poesía en prosa. Una verdadera etopeya, en la que van apareciendo, con las palabras más sentidas, aspectos físicos femeninos desde la edad más joven a la madurez; un carácter sin reproches; unas costumbres compartidas, unas virtudes admiradas, unas cualidades siempre respertadas más allá de las exigencias propias. ¿Cómo alguien se puede proyectar con más admiración y respeto en una mujer? Sirvan estas líneas:
Es decir, la figura femenina, como símbolo de la tierra madre (que diría Seattle), bajo todo ese proceso de transformación que comienza con los elementos más contrarios (fuego y frío), para recorrer el ciclo de la vida fructífera (el agua, la lluvia imprescindible) y terminar como símbolo de todo bien en la tierra (los bienes, en plural). Y como símbolo atemporal de la vida misma en la que ya nada se destruye, sino que sólo se transforma. Sin una sola nota sentida como negativa: ecología pura. Sirvan las frases finales del artículo:
¿Y cómo se puede describir con más armonía la situación vital que culmina un hijo? Algo parecido podemos leer en el artículo siguiente, siempre con ese estilo calculado y coherente del autor: Él. En contigüidad con lo dicho de Ella, se diría que ahora se multiplican condensados los símbolos aludidos antes: sol, nieve, agua, nube, lluvia...., tierra fructífera, bienes.
Con todos los sentidos en la escritura... A lo largo del libro van apareciendo sensaciones y referencias diversas a todos los sentidos: hablar, escuchar, saborear...; se interpretan miradas, aromas, sonrisas... El autor escribe de lo que ve, de lo que escucha, de lo que saborea, de lo que siente en el contacto con la vida y las cosas que le rodean. Destaca especialmente todo un artículo dedicado a La piel dura:
Leer y escribir, las dos caras de la moneda, bien asoleyás en el autor Desde la primera a la última página del libro, siguen aflorando las lecturas más sentidas del escritor, en una gama también amplia de autores tan distantes en el espacio y en el tiempo: cada artículo comienza con una cita. Y, a modo de intertexto, va apoyando lo que dice con palabras de otros autores. Sería larga la lista, pero podemos deducir que recursos lingüísticos y literarios tan sencillos han de tener muchas horas de lecturas y prácticas detrás. Hay citas de Góngora, Quevedo, Ortega, María Zambrano, Machado, Miguel Hernández, José Agustín Goytisolo, Blas de Otero, José Hierro, Aleixandre, Celaya, Gamoneda, Ángel González, Mario Benedetti, Borges, Carlos Fuertes, García Márquez, Groucho Marx... En fin, con las palabras también puede jugar cualquiera, sólo hay que saber jugar. O aprender a xugar, que naide nazú aprendíu -dicen en los pueblos. Y con todo un repertorio de estilizados jugadores detrás, mejor. La baraja, los dados, las fichas, las reglas..., son las mismas para los usuarios de la lengua: para todos y todas, escolares o no escolares desde hace lustros ya. El tiempo para aprender es lo de menos. El libro de Juan Vázquez es un exquisito ejemplo de lectura y escritura que tanto rebuscamos en los planes actuales (los famosos PLEI): sencillez, claridad, precisión, ingenio, creatividad, economía de recursos, ecología de pensamientos, experiencias y sentimientos personales. Comunicabilidad, sin más. Pero sobre todo, el placer de leer y de escribir con todos los sentidos: de crear, interpretar, proyectar, valorar, aplicar lo que sabemos. De escuchar lo que no sabemos. De disfrutar con el juego inmemorial de las palabras. Algunas conclusiones de la lectura a) Una perspectiva abierta. Por ejemplo dice en El color de las cosas:
b) Más educación. El autor va cerrando el libro con un canto a la educación, como una utopía creadora siempre antigua y siempre nueva a la vez. Citando a Jovellanos y a García Márquez en el mismo capítulo, concluye:
c) Más creatividad. Hay un constante optimismo generalizado desde las primeras páginas del libro, frente a tanto pesimismo y crítica fácil, que demasiadas veces circula en diversos ensayos poco constructivos:
d) Universidad, universalidad. Toto un programa didáctico de proyecto y de progreso cierra las últimas páginas del libro:
Y unas preguntas finales se me ocurren al autor: 1ª. ¿Cómo explicarías tú esa técnica tan aparentemente sencilla que tienes de escribir? 2ª ¿Cómo convencerías tú a los alumnos y alumnas de etapas previas (antes de los estudios más especializados superiores), y al público en general, de la importancia de saber escribir bien, de forma práctica, clara, comunicativa, útil...? 3ª ¿Qué opinas del lenguaje escrito empleado en los medios digitales de hoy, comunicación virtual: foros, redes sociales, correo email, facebook, tuenti, comentarios a los textos de la prensa digital...? 4ª Tú que fuiste rector de la Universidad y seguiste el proceso de los programas de la PAU, ¿qué recomendarías en las programaciones de bachillerato, que hiciera falta a la hora de comenzar cualquier otro estudio superior? 5ª Finalmente, ¿Resume tu libro en una,, tres..., palabras? "Decimos adiós tan a menudo, de tal modo, (página en construcción) |
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