Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular
 

Regreso de la tierra

algunos párrafos
del artículo
de Juan Segarra,
en The Ecologiste,
enero-marzo 2009.

 

"Poco a poco, demasiado tarde a mi entender, la cultura industrial, la cultura urbana empieza a darse cuenta de la atrocidad que hemos hecho con la cultura agrícola, la cultura rural. Hemos perdido y creo que no hay vuelta atrás, gran parte del conocimiento que las gentes tenían de su lugar. La cultura industrial lo ha arrasado todo, los montes con sus abandonos, los campos con sus químicos, las aguas con sus residuos, pero además y quizás lo más doloroso ha sido que también ha arrasado con la cultura propia de la ruralidad.

Es asombroso ver cómo los niños de los pequeños pueblos ya no conocen su entorno. En verano ya no pueden escapar a bañarse en la poza, ya no distinguen entre una mata de tomate y una de patata, ni entre un tomillo y un romero. Ya todo lo que vuela son pájaros. Ahora nos asombramos cuando ponemos en la mesa un tomate que sabe a tomate, un yogur que sabe a yogur o una lechuga que, efectivamente, sabe a lechuga. Tienen razón aquellos que dictaminan que en breve, comer natural será un privilegio y comer ecológico sólo estará destinado a los inteligentes.

Se ha intentado, siempre desde la cultura industrial-urbana, poner freno a este sinsentido de vivir a espaldas del medio rural. Nos hemos inventado el turismo rural, nos hemos inventado llenar de pinos nuestros campos de labor para que el fuego se pueda entretener con ellos cuando hayan crecido, nos hemos inventado subvenciones para fastidiar al tercer mundo. Hasta nos estamos inventando que las llamadas “profesiones liberales” vivan en el pueblo contemplando grandes paisajes mientras diseñan tuberías o rascacielos. Pero lo cierto es que el mundo rural se muere porque estamos perdiendo toda la sabiduría que la industria ha despreciado"

***

La gracia de tu rama verdecida
(Antonio Machado),
por José Ángel Buesa

Árbol, buen árbol, que tras la borrasca
te erguiste en desnudez y desaliento,
sobre una gran alfombra de hojarasca
que removía indiferente el viento…

Hoy he visto en tus ramas la primera
hoja verde, mojada de rocío,
como un regalo de la primavera,
buen árbol del estío.

Y en esa verde punta
que está brotando en ti de no sé dónde,
hay algo que en silencio me pregunta
o silenciosamente me responde.

Sí, buen árbol; ya he visto como truecas
el fango en flor, y sé lo que me dices;
ya sé que con tus propias hojas secas
se han nutrido de nuevo tus raíces.

Y así también un día,
este amor que murió calladamente,
renacerá de mi melancolía
en otro amor, igual y diferente.

No; tu augurio risueño,
tu instinto vegetal no se equivoca:
Soñaré en otra almohada el mismo sueño,
y daré el mismo beso en otra boca.

Y, en cordial semejanza,
buen árbol, quizá pronto te recuerde,
cuando brote en mi vida una esperanza
que se parezca un poco a tu hoja verde…

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