Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular

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(imagen del libro)
La conservación cultural de la naturaleza
Jaime Izquierdo Vallina
KRK Ediciones, 2013
. Cuadernos del Pensamiento

Abandono del campo
y crisis del "paisaje natural" en Asturias.
Por Jaime Izquierdo.

Extracto del artículo
publicado en
La Nueva España, 7-01-07.

(Algunos fragmentos más relevantes.
Artículo completo
en la Nueva España citada
).

"Pues bien, en el caso de los «parques naturales», tenemos directores y guardas, pero nos hemos olvidado de los operarios de mantenimiento. Es decir: de los paisanos que antaño aplicaban su conocimiento para mantener la capacidad productiva del ecosistema y para los que no hemos previsto repuesto.

En consecuencia, los pastizales de montaña han entrado en regresión, los matorrales avanzan sobre antiguos campos de cultivo, casi nadie planta cereal o legumbres, poda frutales o hace leña del árbol caído, o cucha, o limpia les sebes o levanta el muro que sujetaba una centenaria tierra de labor.

Los bosques se enmarañan, la apicultura va a menos, la polinización se atenúa, las variedades locales desaparecen y las razas ganaderas se quedan al borde, los pasos y los caminos se cierran, las especies oportunistas disparan sus poblaciones y las más exigentes retroceden, la biodiversidad diminuye y el paisaje se simplifica. Y así el campo, mal llamado eufemísticamente espacio natural, ya no tiene quien lo atienda.

El abandono de los usos tradicionales en el campo, y el desguace del suelo rústico que vivimos en estos prolegómenos del siglo XXI puede acarrearnos tantos problemas ecológicos como los que vivimos con la sobreexplotación agraria de los recursos naturales, habida a principios del XX, o con la intensificación y los monocultivos de mediados.

Sin duda, este planteamiento a favor de la rehabilitación de la gestión tradicional aplicada al manejo de la naturaleza es complejo, e introduce un importante nivel de incertidumbre en la política de conservación, en las estructuras administrativas creadas para gestionarla, en la profusa legislación desarrollada y en las corporaciones profesionales que se han configurado en los últimos años como especialistas en conservación de espacios y especies. Pero por mucho desasosiego que produzca esta realidad no podemos seguir negándola o, peor aún, mirar para otro lado.

Si queremos vencer al abandono, las políticas de conservación de la naturaleza, y las agropecuarias en territorios tradicionales (o espacios protegidos), precisan de una importante reforma en sus objetivos, en sus bases conceptuales, en las metodologías y en los procedimientos de gestión. Para instalarse en una nueva perspectiva que supere las graves contradicciones a las que nos ha llevado la especialización del pensamiento industrial, deberíamos tener en cuenta tres ideas previas:

1.ª Desterrar el prejuicio contra el campesino, que lo retrata en algunos ambientes de la «ecología profunda» como enemigo del campo, furtivo y especulador, queriendo ver en él al principal responsable de la desaparición de determinadas especies de la fauna silvestre. Aún admitiendo ciertos débitos en el asunto es indudable que el balance histórico del campesino tradicional como conservador de la naturaleza asturiana le es, por activa y por pasiva, más que favorable.

2.ª Entender que para seguir produciendo y manteniendo el «paisaje natural» y para conservar la naturaleza no podemos abandonar el campo y que, por tanto, necesitamos «operarios», es decir, campesinos que recuperen el código local de manejo cultural del territorio en un nuevo contexto laboral, social, económico y cultural basado, sin embargo, en los principios ecológicos de la gestión tradicional. Y eso es así porque el paisaje no es un escenario estático, un mero decorado de fondo, sino un escenario dinámico que exige una renovación y un intercambio permanente de influjos y energías.

3.ª Asumidas las dos anteriores necesitamos desarrollar políticas imaginativas que nos ayuden a recuperar culturas y oficios al borde de la extinción con métodos que devuelvan a los campesinos la dignidad, la autoestima perdida, la calidad de vida y los sitúe, quizá por primera vez en la historia, en el lugar que se merecen como arquitectos del paisaje, como gestores del territorio y como maestros artesanos de la mejor tradición agroalimentaria del país.

Pensar, en definitiva, en el campesino -y no en el agricultor estrictamente pendiente de los dineros de la PAC, de los vaivenes de la industria y de los mercados multinacionales- como en un nuevo profesional asociado a la producción agroalimentaria local, la conservación de la biodiversidad y la gestión del paisaje.

Para iniciar este inédito camino en búsqueda de nuevas soluciones es preciso entablar un diálogo con científicos, investigadores, ecologistas, sindicatos agrarios, profesionales de la enseñanza, cooperativas del campo, asociaciones de criadores de razas autóctonas de ganado, juntas ganaderas locales, cooperativas forestales, asociaciones de ecoturismo y agroecología, consejos reguladores de las denominaciones de origen y marcas de calidad, grupos de desarrollo rural, partidos políticos y representantes institucionales con el fin de tratar de asignar funciones y responsabilidades en las relaciones entre la sociedad y el entorno en lo relativo a la conservación de nuestra naturaleza.

Por difícil que pueda parecer, necesitamos construir ese nuevo paradigma colectivo porque en ello nos jugamos no sólo la viabilidad del paisaje rural asturiano -con sus implicaciones para la economía regional y la conservación de la naturaleza- sino la de un sector agroalimentario de calidad con grandes oportunidades en la producción vinculada a la tierra y al saber hacer ancestral.

Pero este proceso no será posible sin el reconocimiento previo de que el abandono de los sistemas tradicionales es, probablemente, el principal problema ecológico al que se enfrenta la conservación de los «paisajes naturales» de nuestra región.

Pretender la reforma de la política de conservación de la naturaleza sin ese reconocimiento es una tarea inútil. Como frustrante está siendo intentar poner en marcha programas de rehabilitación de algunas culturas campesinas sin renovar previamente el aparato conceptual de la conservación.

Sólo a partir de entonces, deshaciendo errores y planteando nuevos objetivos, será posible redefinir, reconstruir, modernizar y rehabilitar las relaciones entre la naturaleza y el campo por medio de una nueva política de conservación, integrada en un modelo de gestión agroecológico regional, que vele por igual del paisaje, de la biodiversidad y de la producción agroalimentaria de alta calidad".

Jaime Izquierdo.

Más reflexiones
sobre el valor de la tierra:

sin otras especulaciones
,
por supuesto.

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