¿El fuíu...?, cuidao, munchu cuidao con el fuiu.. .
-nos enseñaba siempre desde pequenos mio güela.

El problema de las quemas, los incendios incontrolados,
el matorral a las puertas de las casas y poblados..
.

Hacia una didáctica también del fuego:
tal vez en pequeños y no tan pequeños....

(Otras reflexiones sobre la ecología asturiana,
ya publicadas en el libro
Por las montañas de Lena (1998)
y en otros trabajos, charlas y publicaciones del autor
Julio Concepción Suárez).

Los peligros
Las consecuencias
Las colillas, cigarrillos

Son imprevisibles las consecuencias de una colilla encendida y arrojada al azar sobre un matoral, sobre una pradera seca, sobre unas simples yerbas agostadas por el sol.

O expulsada con arrogancia entre los dedos desde la ventanilla de un coche. Una vez prendida la hoguera se extiende como pólvora. A veces imposible de parar hasta que lo paren las cumbres.

Las barbacoas.

Las costillas a la brasa, los chorizos criollos, las chuletas vuelta y vuelta, pueden estar muy sabrosas. Pero las brasas también podrían seguir abrasando hasta las entrañas de los trocos del monte entero. Por esto, si no hay lugares autorizados para la velada, la barbacoa más segura (la única razonable) sólo está en la plancha de la cocina en casa.

Y no sirve la disculpa de "el fuego quedó apagado"... Parece que quedó apagado: el viento puede reavivar las brasas. O el diablo, quién sabe...

Los motores.
Cada vez son más frecuentes los incendios producidos por chispas de motores (coches, tractores, motosierras...). La razón es evidente: hay más yerbas en los bordes de los caminos, las sebes, los setos están sin rozar, el todoterreno se adentra hasta las mismas entrañas del boscaje por pistas antes inexistentes... Nuestros paisajes actuales no son los de hace veinte años: también cambian los paisajes.
Los rastrojos.

Ni sirve la discupa de que "siempre se quemaron los rastrojos". La razón está a la vista igualmente sobre el mismo paisaje: antes, las fincas estaban separadas, cercadas con paredones, y con otras praderas limpias por el medio. Incluso los bosques quedaban separados, discontínuos: entre uno y el siguiente había espacios convertidos en praderas, zonas cortadas para la leña de los llares. El fuego paraba solo.

Hoy, en cambio, las praderas carecen de cercados de piedra, no se siegan en buena parte, y a continuación viene una carba con creciente matorral. Y para colmo, la maleza enlaza con el arbolado, que, a su vez, está lleno de sotobosque infranqueable a veces (helechos, e´ricas, árgomas, brezos...). Ya no se queman los mismos rastrojos: se puede quemar el monte, el pueblo entero...

Y los lugareños, los que quieren seguir viviendo en los pueblos, también tienen derechos, aunque sea a muchos kilómetros de cualquier capital.

La lumbre de las cabañas.

Sean propias o ajenas, tampoco cabe la disculpa del fuego apagado, o de que siempre se tizó en la cabaña. Antes, las cabañas no tenían material alguno combustible alrededor del llar, del brasero, del fuego del suelo.

A parte ya de los cuidados que ponía en brañero o el lugareño, porque vivía de la cabaña (ésa era su vida), si saltaba una brasa de noche con el viento, no encontraba nada que quemar: había un espacio por el medio, el pote, la pota, los cazos..., estaban colgados en el vasar.

Hoy, en cambio, las cabañas están saturadas de combustible alrededor del brasero: ropas, plásticos, maderas, latas de combustibles, botellas, bombonas... Un material más que peligroso para la cabaña y para todo su entorno. Ya no es la misma cabaña, ni la misma braña.

Las hogueras para calentarse en los portales de las cuadras.
Tampoco es el mismo portal de antaño: antes, fuera del portal no había maleza, el vaquero segaba cada año la finca, rozaba cada primavera las paredes para entrar con el ganado, lo volvía a limpiar en el otoño cuando bajaba el ganado de las brañas... La cuadra, el portal estaba limpio de malezas alrededor. No se puede comparar.
Los vidrios, las botellas.

Aumentan los incendios por las botellas rotas abandonadas en un helechal, en una pradera con yerba abundante sin segar: llega el sol abrasador del verano, secan y resecan las yerbas, agostan los helechos en el otoño...

Un vidrio bajo un día de calor, con los rayos del sol un buen rato en pleno agosto (o aún en pleno invierno), es una cerilla en potencia sin necesidad que nadie la incendie. Se va a encender sola, ciertamente: y el monte entero también

Los tiempos cambiaron también: antes no había botellas en el monte (no había todoterreno, ni coches, ni tractores, por las pistas para subirlos). Si el brañero subía una botella, no la tiraba: la reciclaba para otra cosa, la bajaba a casa en definitiva.

El vaquero, el pastor, era un auténtico ecologista en el sentido etimológico: estudiaba, aprovechaba, respetaba el medio porque vivía exclusivamente del entorno. Tampoco le quedaba otro remedio, si quería seguir alimentando una familia.

Las fiestas.

Cuando están mal organizadas también dan lugar con demasiada frecuencia a incendios: pitillos sin apagar, comidas campestres, chorizos a la brasa, sardinadas, caldereta de corderu, corderos a la estaca, volaores, fuegos artificiales, petardos...

Al final se exalta tanto la amistad y la inconsciencia que nadie puede acordarse ya de que la foguera, el braseru, sigue echando fumo, aunque las brasas ya ni siquiera estén rojas. El caso es que el cierzo del crepúsculo, o la brisa de la noche pude avivarlas de nuevo cuando ya todos y todas se hayan ido. Y otra catástrofe más.

Y las cerillas, las mechas, los mecheros...
Sin comentarios: ¡cuántas palabras faltan en el diccionario para llamar a las cosas (o a quien sea) por su nombre preciso; para describir las realidades con la palabra exacta!
 
Los problemas planteados
Las fincas con maleza.

Antes las fincas eran segadas cada verano, las tierras sembradas, las xebes rozadas: no había lugar para la maleza. Hoy, en buena parte, se dedican al pasto de forma que el ganado no sabe mucho de comer artos y apurar hasta las piedras de las paredes, o hasta los postes de la alambrada.

En una zona cada año un poco más amplia crece a sus anchas el matorral. A veces la finca entera es ya un tupido matorral. Cuando arde, el fuego va a extenderse sin espacios en blanco.

Las carbas, los pastos comunales, las oxas

Ocurre algo parecido: el ganado permanecía en las carbas y en las oxas más o menos todo el año: en invierno, las caballerías; en primavera, las veceras; en verano, los animales que no podían subir a los puertos; en otoño, todos ellos juntos. Ni una yerba quedaba sin comer; ni unos artos sin roer; ni un matorral más amplio que unos pocos metros...

Hasta los arbustos supervivientes se cortaban para la leña de los hornos, para la cocina de la casa, o para el llar... Las carbas estaban casi limpias, con muchos espacios pelados y hasta raídos por el medio. Si quemaba, el fuego no llegaba muy lejos.

Los felechales

Los espesos helechales que contemplamos hoy fueron productivas tierras sembradas de escanda y de otros productos: eran espacios limpios intermedios entre las fincas y las carbas. Si "se escapaba el fuiu" -que dicen los lugareños- en una finca fondera, no había felechal que le permitiera el paso a las carbas y montes cimeros. O a los bosques.

Hoy, en cambio, por el otoño y el invierno arriba, los felechos secos y resecos, aplastados y compactos por las nieves, son materia combustible que conecta los fuegos de manera imparable muchas veces.

La yerba seca.

Sabido es que tras el verano la yerba seca sigue fermentando en los payares, las payaretas, los jenales, los heniles... Pero la cuadra tiene bastante más maleza alrededor que tenía tan sólo unos años atrás.

Las chispas de un coche a toda velocidad, una pequeña hoguera para calentarse al resguardo de las paredes..., puede dejar semiapagadas unas brasas que a lo largo de la noche se podrían reavivar, alimentarse con la meleza circundante, ascender al payar...

Y se podría producir la catástrofe, a lo peor, con animales dentro amarrados a las retrigas: el crimen completo (y a lo peor también, alguno/a dice que es ecologista, y que sabe bien lo que tiene que hacer...).

Los bosques sin limpiar

Otro campo preferido por el fuego. Antes, los vecinos de cada pueblo no dejaban una leña seca, una rama caída, un árbol arrancado, un tronco derrumbado, o descuajado por el viento en el boscaje: todo lo limpiaban y bajaban al leñeru para la leña del invierno.

De repente, en lugar de enseñar a cortar, a limpiar..., las normas se dedican a prohibir: los lugareños no pueden cortar, rozar, podar... El bosque y sus cercos se llenan cada año de malezas más espesas: imposible parar así las llaman cuando se prenden.

El retroceso del bosque y el avance del matorral

Una mirada detenida sobre el paisaje indica que la mayoría de los espacios sin arbolado mayor hasta buena altura en la ladera son recortes al bosque hechos desde tiempo inmemorial: a medida que el poblamiento fue aumentando, se fueron cortando los árboles para hacer praos, fincas, caserías, tierras de sembrar...

La toponimia es muy clara en este punto: El Busto, Los Bustios, La Quemás, La Quemaona...

Hoy esos espacios vuelven a monte, pero no para convertirse en arbolados (no se replantan), sino para convertirse en matorrales improductivos que sólo van a servir para transmitir fuego alos boscajes.

Las concentraciones parcelarias son un ejemplo y una solución: cuando más se concentren las fincas en espacios mayores, menos espacios quedarán para las xebes y los matorrales improductivos. Menos espacio al fuego.

Las llamadas quemas controladas, los permisos
Por supuesto que el permiso nada garantiza contra el incendio descontrolado: a nadie se le ocurrirá pensar (y parece que sí) que porque ya tenga permiso el fuego no va a saltar de su finca y campear a sus anchas por las vecinas. Tendría que mirar el clima, el calor, la humedad, la niebla, la rosada, la ruciada... Y elegir el momento adecuado.
Un árbol, 50, 100, 1000 años...

Incalculables los daños (el deterioro, la depredación motivada) sobre un bosque quemado: una faya, un roble, un castaño..., pueden tener 50, 100, 200, 500..., años. Y un tejo, 1000, 2000... Baste contemplar los señeros ejemplares de Bermiego, Santa Colomba...

Pues quemar esos arbolados supone volver atrás hasta esos 50..., 2000 años. Así no progresamos, desde luego.

Los depredadores y el fuego

Las palabras se quedan cortas: ¿cómo alguien podría quemar una parra de acebos, un bosque, una mata de arbolados, un matorral tupido, donde tiene por seguro que se esconden, duermen o sestean animales de caza? Pues también hay muchos dimes y diretes en este punto.

Pero tampoco ha de ser causal que se hayan encontrado anmales acribillados a balazos cuando intentaban en vano huir cuesta arriba, hasta que se encuentraron con cualquier arma furtiva.

Parece que es el destino de muchos animalillos en el invierno (corzos, liebres, perdices, codornices...), que se protegen del mal tiempo en los matorrales. Una vez más, hace falta una didáctica de la caza también. Del sentido común.

Los pueblos rodeados de barciales y boscajes.

Da pánico contemplar hoy muchos pueblos en la pendiente de una montaña: poblados o despoblados, están más o menos cercados de matorral. Algunos, completamente rodeados. Los espacios que fueron sembrados limpios, impecables, maizales, patatales..., son hoy barciales, artales...

Si el fuego ascendiera pendiente arriba, lejos de comunicaciones suficientes, con pocos o escasos vecinos y vecinas, o sólo con vecinos muy mayores, sin bomberos cerca... ¿quién podría detener el fuego? Injusticia multiplicada.

El negocio del fuego

Hay muchas teorías, dimes y diretes en este punto. Pero no han de ser causales seis, ocho fuegos simultáneos a una distancia programas en puntos poco menos que simétricos. El fuego no sabe de tantas geometrías.

Se habla de intereses privados, especulaciones con el suelo, fraudes en los seguros, manipulaciones con la madera... Hacen falta normas efectivas también en este punto.

El terrorismo medioambiental con fuego

Con demasiada frecuencia escuchamos en la tele y leemos en la prensa las indagaciones que se hacen después de un incendio, y las sospechas son muy lamentables: especuladores inmobiliarios (constructores delincuentes), venganzas personales, brigadistas que trabajaron o trabajan en la propia extinción de incendios... (muy triste cuando se llega a demostrar).

Y no faltan otras causas no menos desastrosas y antiecologistas: quemas irresponsables de los propios lugareños (hay unas normas), costumbres ya insostenibles de limpiar quemando, ideas desfasadas de que las quemas producen pastos más abundantes.... (el monte ya no es el mismo, hay mucho más matorral y malezas, hay menos animales que limpian el suelo...). La evolución sobre el paisaje alcanza a todos...

El deterioro medioambiental del suelo.

Impredecibles para personas, animales, plantas, piedras... Una vez producida la primer llama, el fuego aumenta en proporciones geométricas, comenzando a veces por la propia persona que lo enciende: los líquidos inflamables que pueda manejar o tener al lado, la ropa sintética, los plásticos cercanos...

Los animales huyen de la zona, tal vez por muchos años con las consecuencias negativas para el suelo calcinado: sólo aumentarán los más dañinos y los que van de paso. De las plantas, qué decir: pueden pasar cientos de años para que el bosque (el ecosistema completo) vuelva a ser el mismo.

Hasta las piedras estallan con el calor y se desprenden sobre las casas, caminos, personas, animales... Toda una vida destruida inútilmente: y de forma muy injusta (antisocial, antieconómica, antiecológica).

Soluciones posibles
El respeto al fuego

Una cosa es jugar con una cerilla o con la llama de un mechero entre las manos mientras se prende un cigarrillo, y otra bien distinta soportar las bocanadas de calor producidas por unas llamaradas que te envuelven mientras intentas en vano lanzarles un caldero de agua, o aplastarlas con una pala. Nada que ver.

Para prevenir el incendio, habrá que entender primero el fuego. Y jueguecitos, pocos: "El que con fuego juega, se quema" -dice aquel otro refrán.

O preguntárselo a tantos lugareños y lugareñas de los pueblos que con demasiada frecuencia lo han de soportar en sus pellejos.

Siempre, desde bien pequeños, nos decían en los pueblos: ¡cuidao, munchu cuidao con el fueu: cuando se priende una foguera, sabes onde empieza, pero nun pués saber onde va terminar!.

Prevención de incendios: una didáctica del fuego

Por supuesto, hace falta una didáctica del fuego. No todo ha de ser dar normas (que hacen falta), pues la mayoría no llegan a los interesados (a los depredadores con el fuego). Tal vez educando, una vez más, desde la escuela los más pequeños desarrollen otras intenciones.

Y a lo mejor los mayores de esos pequeños se educan también con el ejemplo de hijos y nietos: folletos, actividades, charlas, videos, páginas web, cursos, cursillos, campamentos de verano..., por los pequeños pueden llegar a los mayores de rebote (la educación no tiene edades).

Aprender a rozar, a quemar

Los tiempo cambiaron también para los propios lugareños. No cabe ya decir aquello de que "aquí siempre se rozó, se quemó..." y nunca pasó na. No se puede comparar: el lugareño de antes sabía rozar, podar, quemar lo justo...

Sabía amontonar lo rozado en lugar que no pasara el fuego a otro montón. Sabía dejar las podaduras justas, pues lo demás lo aprovechaba para leña.

El lugareño sabía quemar, cuando estaba a punto de orbayar o de llover... No se puede comparar. Los lugareños vivían de aquello: si quemaban el suelo, quemaban sus formas de vida. Pues también habrá que aprender en este punto: los permisos de quemas en nada aseguran que uno ya sabe quemar, rrozar...

La toponimia del fuego: los bustios, las quemás
Muchos topónimos nos van describiendo las que fueron tierras quemadas por diversas circunstancias en la historia de un paraje: Busto, Bustillo, Bustiello, Busquemao, L'Esqueimadietso, Busquemao, La Quemaona... La Cosa viene ya de largo.
La mitología del fuego

Hay muchas creencia en torno al fuego: algunas, muy simbólicas, bien urdidas, purificantes, reconstructoras, purificadoras... Es el caso de La Noche de San Juan (La Nueche de San Xuan), Las Fallas valencianas...

Esas formas del fuego también estaban muy estudiadas y estructuradas por los lugareños, como en parte lo siguen estando en muchas caleyas todavía. No corrían peligros.

Otras formas de quemar sí que los corren: se empeñan algunos en sostener que el fuego limpia la maleza, las malas yerbas, los felechos, las érumas, los gorbizos... Nada más lejos de la realidad hoy (por las razones que sean): al año sigiente, a los dos años..., vuelven a crecer más lozanos y lozanas que crecían. Razón: las raíces más profundas poco se enteran del fuego.

O sea que a los pocos años, vuelven las zarzas como estaban... El mismo error está en los venenos (herbicidas) que muchos echan a la maleza: sólo sirven para matar páxaros, niales y abeyas... A los pocos años, las ortigas, los artos hasta florecen primero. Los venenos sólo hicieron que depredar, contaminar...

Los cortafuegos en formas productivas

Muchas otras formas habrá que estudiar para prevención de incendios. El caso es planificar el paisaje de manera que se vuelva discontinuo, como estuvo hasta ahora en los pueblos. Hay muchas experiencias en este punto ya llevadas a cabo en otros países, y en Asturias mismo.

Sólo hay que tener voluntad política de llevarlas a cabo, y de no ocultarlas, reprimirlas, cuando alguien las quiere poner en practica con inicitivas inteligentes.

Hace falta querer (o "querer querer", que es el problema), sin intereses privados: hasta escuchamos en la tele (tenemos que escuchar), o leemos en los periódicos (tenemos que leerlo) que han detenido a alguien apagando un fuego, porque era sospecho de haberlo producido. Por supuesto, cobraba por apagarlo, claro. Ojalá no fuera verdad....

El diccionario tiene pocas palabras, pocos adjetivos..., para algunas realidades.

Bibliografía muy práctica:

  • BALLESTEROS, Fernando- BENITO, José Luis (2006). El monte fuente de vida y economía. Colección El Monte Asturiano. Consejería de Medio Rural y Pesca. Principado de Asturias. Oviedo.

  • CAREAGA HERRERA, A. - MASEDA CIURANA, J. L. - FANJUL ANTUÑA, M. F. (2004). Estudio pedagógico de un incendio forestal en el bosque de Peloño. Concejo de Ponga. Asturias. Consejería de Medio Rural y Pesca. Principado de Asturias. Oviedo.

Ver Consejos útiles de los Bomberos de Asturias.

Terminologías medioambientales: etimologías

Más reflexiones sobre el valor de la tierra:
sin otras especulaciones
, por supuesto

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