Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular

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Diccionario etimológico
de toponimia asturiana
Edición revisada y actualizada
Julio Concepción Suárez

Asturias. MMXVII
Hifer Editor
Oviedo, 2017

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Reseña de esta edición.
Tercera andadura del diccionario toponímico
(páginas 11-13)

Nueva remesa, con las otras ferramientas del milenium.

Con unos cuantos pasos más por diversos paisajes, dentro y más allá de estas montañas, seguimos trayendo en la mochila, y en las libretinas, nuevas gaviellas de topónimos, con los que ir engrosando el palabreru del suelu en el Diccionario.

Porque, a la vista y a la prueba de las chirucas está que el lenguaje toponímico de cualquier paisaje resulta inabarcable de una vez: como en tantas de aquellas tan sanas costumbres comunales de los pueblos (aún en parte vigentes, o por lo menos, añoradas), muchas cosechas y trabayos, o se hacen en estaferia, por estayas, en andecha..., o quedan sin facer.

Pues algo (o bastante), sin duda, queda por cosechar en el tupido mosaico paisajístico de los nombres, sobre todo entre las montañas; y hasta bajo las olas del mar, bastante más allá de los acantilados más serenos. Fueron muchos los nombres que tallaron los nativos para entenderse sobre el terreno; sobre su territorio habitado, cultivado, pateado a diario palmo a palmo tras sus cultivos y sus ganados.

Por esto, son tantos miles y miles de topónimos los que se fueron trasmitiendo, oralmente en su mayoría; para los otros más pequeños, los más alejados en las montañas, en las brañas, entre los riscos de las penascas..., no había papel ni ordenata que los registrara. Ni tiempo, ni interés económico tampoco que los hiciera merecer. Sólo la memoria de los nativos fue salvando esta otra inmensa mayoría de palabras, algunas, tristemente, con fecha de caducidad. Con la reciente cosecha, siempre estaremos un poco a tiempo.

Con las nuevas ferramientas dixitales del milenium

Y la prueba, la esperanza, está ahí también. En estos últimos tiempos, tuve el honor de coincidir en las aficiones toponímicas con muchos jóvenes, cada uno con su afición y su proyecto. Por ejemplo, con dos montañeros que reúnen de forma ejemplar el deporte, la devoción por las palabras y el cuidado medioambiental, lo mismo en el respeto al paisaje, que en el culto (el cultivo, el cuidado -como dice la palabra) a la toponimia en boca de los lugareños.

Es el caso de Alejandro Zuazua y Víctor Manuel Delgado. Con ellos sigo compartiendo los topónimos más olvidados en los rincones de pueblos, brañas y montañas: siempre queda algún lugar del que yo no tenía referencia (¡y quedarán tantos...!). Sobre sus raíces seguiremos cavilando.

Gracias a montañeros respetuosos con los topónimos, de esos que escuchan sin prejuicios (ni manipulaciones) a los nativos que encuentren de paso, los nombres de los lugares resultarán más interactivos también: compartimos así entre todos, matizamos, discutimos posibles referencias y etimologías después; cientos de topónimos saldrán, por lo menos, del peligro de extinción. Los foros, las redes..., tienen mucho que aportar aquí.

Con las nuevas ferramientas dixitales (waypoints, tracks, GPS...), estos nombres salvados de las zarzas no sólo irán pasando a los diccionarios etimológicos, sino que ya van quedando ya visualizados en los mapas con la precisión cartográfica de las tecnologías digitales ahora, o en el futuro.

Porque en la mochila ya no va sólo el bocata y la cantimplora: un buen hueco está reservado al ordenata; así van estos montañeros rellenando los mapas en vivo y en directo; o precisando algunos espacios más dudosos, si acaso, con ayuda de pastores o lugareños con la pantalla delante.

Hasta la mochila ya se volvío casi virtual en la montaña también, con los aires del milenium. El trabayu comunal, que tanto haría falta en estos tiempos. Gracias asgaya a montañeros como Alejandro y a Víctor, por la oportunidad de esta estaferia toponímica, que podemos seguir disfrutando en el milenium.

Otras investigaciones toponímicas van tejiendo el mosaico asturiano en diversos conceyos

Con gratitud semejante, he de anotar la amistad de Antonio Álvarez, incansable somedano con su minucioso estudio sobre diversos aspectos etnográficos de algunos pueblos: por ejemplo, de su zona nativa (Aguino, Pertsunes...), que conoce palmo a palmo, monte a monte, valle a valle; como lleva pateando su espacio pongueto, que ahora estudia por residencia, aficiones y trabajo diario.

Cientos y cientos de topónimos va rescatando Antonio de sus recuerdos infantiles por las calechas somedanas; o levantando a su paso por los hayedos de Peloño, en compañía de los lugareños de la zona.

Somedana también la imprescindible labor de Jesús Lana Feito, que lleva varios cientos de topónimos rescatados del valle, brañas y altos del Vatse del Tsago y L’Auteiro, traducidos ahora a las famosas 3D, las tres dimensiones que permite visualizar Google earth: otra ventaja digital más (y muy didáctica, por cierto) lo mismo para el que intenta justificar la referencia geográfica sobre el terreno (la etimología exacta), que para quien necesite echar una ojeada previa a la ruta a realizar. Pues, como dice Adolfo García, las tumbas de los pueblos son ya verdaderas bibliotecas de sabios.

Muy oportunos también los trabajos de Cristian Longo, no sólo collaciu paciente por tantas camperas, brañas y palazanas picu arriba más allá de las cabañas, sino atento investigador de estos paisajes de palabras, que también él recueye con lupa para sus trabajos etimológicos.

La prueba está a la vista en esa tesis doctoral cum laude (ya publicada) sobre un amplio espacio toponímico que estaba sin navegar: la toponimia del mar, la talasonimia, los nombres del suelo más allá de la rasa costera y de los acantilados limítrofes. Su decisión acertada de adentrarse sobre una barca con los pescadores de la zona, le sirvió para acrecentar un corpus toponímicus bastante más estudiado en tierra.

Ese lenguaje interdisciplinar del suelo, que sólo en estaferia comunal se puede ir completando

Porque ese enfoque etnolingüístico, servirá en adelante para engrosar estudios de este tipo, con tan escasas publicaciones asturianas hasta la fecha.

Pues, como la toponimia ha de ser interdisciplinar, nuevas aportaciones se van sumando, que multiplican el valor de los nombres de un paraje en relación con los usuarios (esa etnotoponimia tan necesaria).

Con el paso de los años (y con los pasos por los senderos, las brañas, los tsugares...) son muchos los lugares de encuentro sobre cualquier paisaje con investigadores a su modo, cada uno con sus prismas de selección y sus destinos concretos: casi todo se traduce a palabras, pero las referencias tienen muchos orígenes. Imprescindible la técnica multióptica, también aquí, a la hora de entender un poco mejor aquel etnolenguaje en el pensamiento de los nativos: “el GPS de los pastores” -que dice Jaime Izquierdo.

Resulta grato comprobar que otros investigadores siguen ampliando el zoom toponímico, hasta detectar otro mosaico de lugares con nombres que se fueron sumando a lo largo de los siglos, desde el campo de la industria, por ejemplo.

Es el caso de la toponimia minera, tan poco documentada sobre el terreno, y comprobada en cada lugar explotado (o supuestamente explotado). Los trabajos de Luis Aurelio González Prieto, en especial los dedicados a Picos de Europa, suponen ya muchos documentos rastreados en archivos, y contrastados en su caso; darían para otro diccionario ellos solos.

Por eso tengo que agradecer a Luis Aurelio la amabilidad de los repertorios que me envía de vez en cuando, para compartir etimologías posibles, referencias antroponímicas, o puramente comerciales en ocasiones. Las seguiremos estudiando con gusto, y colaborando en su proyecto.

Muy oportunas y detalladas, las investigaciones tan pateadas por Santos Nicolás Aparicio sobre su paisaje allerano: muchos nombres lleva recuperando de sus conversaciones con los nativos por pueblos y brañas; bien lo asoleyan sus frecuentes publicaciones en la Revista Estaferia Ayerana, sobre todo.

Una perspectiva etnográfica, etnolingüística, que algunos jóvenes enfocan desde otras áreas del saber

O es el caso de David Ordóñez, joven arquitecto, con el que coincidí antes por aquellos parajes más bulliciosos entre los pupitres y encerados de las aules. Y ahora, coincidimos con otros prismas sobre los paisajes más boscosos de los montes: él buscando ahora construcciones tradicionales en deterioro, como las relativas a los rústicos monasterios y ermitas de montaña, tan poco documentados a veces por razones diversas; y, en consecuencia, a punto de perderse para siempre derruidos entre las zarzas; una buena labor toponímica, entre otras.

Con esa perspectiva arquitectónica tradicional (pero con mirada de proyecto y de futuro), recoge David al mismo tiempo las formas seleccionadas por los nativos a la hora de aprovechar sus materiales al alcance de la mano; o de las carretas y carretones de entonces para transportarlos por los caminos de entonces.

Es el caso, por ejemplo, de los pozos lobales, en los que descubre David el tipo de construcciones más estratégicas para el control de la fauna salvaje con más incidencia sobre el ganado y los cultivos domésticos; son los pozos lobales, los pozos de los tsobos, los chorcos, los caleichos, los caleyones..., según las distintas zonas asturianas.

Muchos de estos pozos lleva investigados David, reproducidos con sus técnicas de diseño, y localizados con sus nombres correspondientes en la estrategia de la zona: arquitectura, léxico asturiano, toponimia, etnografía..., en ensamblaje perfecto.

En gratitud a los vecinos y vecinas de los pueblos, como en tantas ocasiones

Como decía en la edición anterior, un trabajo de campo como el que sigue no hubiera sido posible sin la atención y hospitalidad de tantos lugareños asturianos en los distintos conceyos entre Santirso de Abres y Peñamellera; o entre las brañas de los puertos más altos y las mismas olas del mar.

Sin ellos y sin ellas, sin tantos pacientes vaqueros y vaqueras, pastores y pastoras desde sus años más mozos, no hubieran sido posibles estos tupidos manojos de topónimos que tienen para mí valor doblado: durante muchos fines de semana disfruté del privilegio de tan experta, paciente y amable compañía en los senderos.

En otros casos, en cambio, algunas charlas inolvidables no se pudieron realizar ya sentados en la primillera al mor de las cabañas, sino en cualquier puyu ante la puerta de casa, una vez que la edad, el reuma o las caderas, hubieran pasado factura a muchos güelos y güelas, con tantas idas y venidas a las mayadas.

Bien merecido se tienen el descanso: yo sólo puedo mencionar en las páginas que siguen a unos cuantos y a unas cuantas, en homenaje a todas las generaciones de brañeros y pastores que, con muchos sufrimientos y trabajos, animaron las cabañas desde tiempo inmemorial hasta estos mismos días.

Llegue a todos mi gratitud más sentida: gracias a ellos, podemos disfrutar todavía de la construcción en piedra de pareones, invernales y cabanas; del arte en el ensamblaje de unos teitos; o de la limpieza impecable y esponjosa de unas campas. Sin ellos y sin ellas, no serían estos parajes y nombres tan hermosos.

(siguen las 1.044 páginas del diccionario)

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