Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular
por Xulio Concepción Suárez

La posición de los seres vivos en un paisaje:
el posicionamiento que se dice ahora,
traducido a palabras.

Artículo publicado en
Orfeón de Mieres,
Revista Informativa y Cultural,
nº 7 / junio, 2010 (pp. 70-72).
Imprenta La Unión. Mieres.
por Xulio Concepción Suárez.

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Al contemplar un paisaje desde la ventana de casa, desde un picacho cimero sobre un valle, de paso por un camino a medio cordal, ojeando un mapa, al hablar con montañeros o con lugareños, vamos encontrando nombres según la posición del paraje: al altura, la orientación de la ladera, la profundidad del valle, el suelo rocoso, la humedad, la fuerza del viento...

Se pueden repetir, porque tengan parecidos en algún punto; o pueden ser tan distintos que sean imposibles en otro lugar. En todo caso, nos hacen reflexionar. Hasta podemos encontrar nombres iguales en otras regiones, en otros países, en otros continentes. Salvo excepciones, algo tendrán en común, pues para eso están las palabras.

La misma forma geográfica del paraje nos sugiere preguntas que a veces resolvemos del todo: ¿por qué una ladera es más boscosa que la que está enfrente?, ¿por qué el mofo es más intenso y verde en una cara de las piedras que en otra?, ¿por qué no hay castaños a 2000 m de altura, ni fayas junto a una playa?, ¿por qué un pueblo tiene sol todo el año y el otro se queda a la sombra medio invierno?, ¿por qué en el pueblo mismo una iglesia está en el alto más vistoso?, ¿por qué los palaciones y casas solariegas están en lo mejor del espacio urbano?, ¿dónde sestean los animales en verano o en invierno?, ¿dónde se siembran las patatas o la escanda?, ¿dónde hacen los niales los páxaros?, ¿dónde caen los rayos con más frecuencia?, ¿dónde como yo el bocata cuando llego a una cima, según la época del año? etc. etc...

El criterio marcado por el sol, el viento, el agua, la estación del año

Ciertamente, las preguntas se nos acumulan a poco que nos paremos a pensar mientras recorremos con la vista lo que tenemos en frente. Si seguimos reflexionando llegaríamos a la conclusión de que, salvo excepciones, la posición de cualquier cosa o nombre en un paisaje siempre debe estar motivada de forma consciente o no; de forma programada por los pobladores del paraje o por el simple orden natural: las fuerzas ecológicas que motivaron los componentes de ese entorno geográfico concreto (el sol, el viento, el agua, el tiempo a lo largo del año...).

A juzgar por ese rostro milenario del paisaje que contemplamos, pisamos, sentimos en la piel..., se diría que todo ocurrió de una forma selectiva a lo largo de años, inviernos y veranos, culturas, trabajos. Si además conversamos con lugareños, sacaremos la conclusión de que todo está posicionado, más que puesto, colocado estratégicamente, por las fuerzas internas de la naturaleza, o por las otras más externas de los pobladores de un lugar. Un pueblo grande (Mieres, Morea, La Pola..., por citar algo) no está por casualidad junto a un río grande, en el fondo de un valles, en un llano, bien comunicado...

Ese mismo pueblo sería impensable en los altos de Turón, de Tuíza o de Gallegos... Imposible. Ni a la falda de las calizas, de las nieves de Ubiña, Tresconceyos o El Brañichín. Un pueblo que fue creciendo en el tiempo, es un producto (no una suma) de estrategias geográficas, hidrográficas, humanas, climáticas, comunicativas, económicas, sociales... No es cuestión de cantidades acumuladas, sino de circunstancias compatibles entre sí. Lo dice también esa minuciosa toponimia del pueblo: calles, caleyas, barrios, rincones, güertas o güertos que fueron o que siguen siendo, cada uno con su pequeño nombres.

Animales, plantas, humanos…, siempre seleccionando en lo posible posiciones, lugares

Ya los mismos animales (como las plantas) son un ejemplo de posicionamiento de sus lugares preferidos para sobrevivir. Sirva otro ejemplo entre tantos: Las Robequeras de Cuandia, allá en los altos alleranos del Esturbín. Los vaqueros de aquellas brañas habrían puesto el nombre adecuado a un paraje preferido por los rebecos (los robizos): un lugar orientado completamente al sol, aún en pleno invierno y con nieve; entre abundantes rocas y pedreros sueltos, que suponen una dificultad evidente para la caza por parte de otros animales o por el hombre mismo (entre las rocas los rebecos no tienen problemas para su defensa); camuflados entre el color ceniciento de las calizas; un lugar seguro a su manera.

De ahí el nombre de Las Robequeras. Y algo parecido ocurre con lugares llamados Los Tsoberos, El Cabril, Penacabrera, El Cantu Cabroneru, Cabrones, Los Picos de la Liebre, Los Socorcios… Las mismas cabras saben que en precipicios sin salida los lobos no entran, pues si llegara el dueño quedarían en una encerrona. Si el precipicio no tiene salida, el lobo espera que las cabras salgan, pero bien se cuida de entrar por sus pies. De ahí esos nombres caprunos.

Todo ocurrió de una forma selectiva a lo largo de miles de años: todo está, más que puesto, posicionado, colocado estratégicamente, por las fuerzas internas de la naturaleza, o por las otras más externas de los pobladores de un lugar. Un pueblo grande (Mieres) no está por casualidad junto a un río grande, en el fondo de un valles, en un llano, bien comunicado... Ese mismo pueblo sería impensable en los altos de Turón o de Gallegos... Imposible. Ni a la falda de las calizas y las nieves de Ubiña, Tresconceyos o El Brañichín. Mieres, como cualquier poblado en el tiempo, es un producto estrategias geográficas, hidrográficas, humanas, climáticas, comunicativas, económicas, sociales...

Los frutales no se dan en cualquier sitio: buscan las condiciones adecuadas

Unos cuantos ejemplos concretos de camino por los nombres de estos valles. Una zona alta como Nembra, junto al río, con abundantes regueros, en un valle apacible y prolongado, con laderas suaves y soleadas..., era la adecuada para unos primeros poblamientos que tenían que vivir del medio, del bosque que lleva el nombre (lat. nemora ): tenían frutos al alcance de la mano, leña para el fuego, cobijo en los inviernos, caza todo el año, madera para las construcciones, protección en las emboscadas...

Es decir, pueblos como Nembra (La Enfistietsa, Los Tornos, Cabo...) fueron elegidos por unos primeros pobladores recortando al bosque los espacios imprescindibles para levantar morada en lo mejor de un valle de montaña. O en lo menos malo del paraje, por las condiciones de varios siglos atrás en cualquier valle altos de estas montañas.

Y tantos parajes que llevan nombres de frutos imprescindibles tiempo atrás

Algo parecido puede recordar el caso de Figareo (el lugar más adecuado para los figos): discretamente retirado de las corrientes más fuertes sobre el río principal; orientado en parte de este a oeste, soleado más o menos todo el año... La estrategia del lugar aseguraba frutos tan imprescindibles entonces como los figos mientras en otras zonas más altas las figares quedaban más expuestas a las xelás de primavera y últimos coletazos invernizos.

Y lo mismo se podría decir de las moras que aseguraba Morea; de las uvas de La Viña (en Lena y en Cenera; las ablanas, en Ablaña; las malvas, en Malveo; las Mostayas en La Mostayal (sobre Pedroveya); los felechos, en Felechosa; los fresnos, en La Fresnosa; los gamones, en el Gamoniteiru; los rebollos y sus bellotas, en La Rebollada...

Cada paraje a su modo, a su altura, en su entorno más o menos montaraz o sosegado.., fue descrito con el nombre que mejor describía su contribución a la supervivencia de unos pobladores en los altos, a media ladera o en el fondo del valle, según la época del año: paisaje geográfico y paisaje toponímico son el producto en el tiempo de unas acciones naturales sabiamente utilizadas por los humanos que las fueron utilizando siglo tras siglo; milenio tras milenio.

Los animales, la transhumancia, una evidente forma de selección de suelos según el tiempo

Los mismos animales dieron motivo a los humanos para designar los suelos en relación con los parajes por ellos elegidos para cada época del año. Es muy expresivo el lugar de Grillero (valle de Santacruz): un pueblo bien orientado al sol, temprano en primavera, retirado de los vientos más fríos… El paraje preferido por los grillos, a los que nunca se les hubiera ocurrido una ladera al norte, sombría… (bien saben elegir los grillos sus lugares sin falta de brújula, ni gps alguno).

Algo parecido hacen otros animales al tiempo de seleccionar lugar de verano o de invierno, de donde nombres como Braña, Brañichín, La Paraxa, Inverniego, La Marniega, La Inverniega… O las mismas horas del día en plena calisma agostiega: como L'Angliru (lugar anguloso, con sombras a la falda de las peñas, adecuadas para el frescor del estío al mediodía).

Tampoco los senderos, los caminos fueron trazados al azar por un cordal, sino estratégicamente seleccionados por animales transhumantes y humanos desde tiempos primitivos: las vías pecuarias, las vías romanas, después, casi al filo de las cumbres, evitando el peligro de los boscajes y encerronas de los valles más profundos. Es el caso de La Carisa, La Mesa… Hasta que los peligros fueron desapareciendo y se fueron abriendo los boscajes sobre los mismos cauces de los ríos.

Así surgió Santacruz: simple encrucijada de grandes valles y ríos (verdadera cruz natural), no de fácil paso tan sólo un par de milenios atrás. No por casualidad en la misma encrucijada que Ujo: lat. ostium (entrada), paso al valle principal donde se unen los que proceden de los altos. O Mieres del Camino, La Estrada, La Frecha, Víapará…

La estrategia de las viviendas primitivas en los puntos más estratégicos

Las construcciones eran igualmente seleccionadas para vivir y vigilar al tiempo, para controlar el entorno desde una posición más o menos alta y estratégica. Primero, lo hacían los nativos o los invasores por los altos, como indican tantos lugares llamados Corros, Currietsos, El Castiitsu, El Castro… Luego lo hicieron los palacios, las casones, las casas solariegas, origen de tantos poblamientos actuales con nombres diversos: Palacio, Palaciós…

Y tantas villas de origen señorial: Xomezana, Tiós, Parana, Sovilla… Como lo hicieron las iglesias y las retorales, siempre astutamente situadas en lugar que controlara al detalle las posesiones, los productos, la vida de los feligreses contribuyentes con sus diezmos y primicias a la iglesia de Dios… Es digna de observar la iglesia de Bermiego (Quirós): justo en un alto frente al pueblo, para que no se escapara ni una fanega, una pita o una cordera en el cómputo tributario (diezmos y primicias a la iglesia de Dios).

Con el mismo criterio estratégico se pueden clasificar los pueblos de un valle. Los más antiguos, los cimeros: Tuíza, Polación de Payares, Cuevas, Felechosa, Cabanaquinta, Murias de Santibanes, Rubayer, Carcarosa, Urbiés, Mayéu Carril, Casorvía, Carabanzo… A media ladera, las villas romanas y pueblos medievales, una vez ya en proceso de roturación de suelos para los cereales, las tierras de semar… Carraluz, Corneyana, Gallegos… Hasta la colonización completa y tardía del fondo de los valles en las mismas riberas de los ríos: La Mayacina, Villayana, Baíña, Caborana, Mieres…

Finalmente, muchos nombres describen los espacios adecuados para cada sembrado: Payares (la paya de la escanda), Misiegos (la mies, cereales en general), Erías, Eros (los campos sembrados), Los Tableros (las tierras alargadas, como en forma de tablas), Senriella (una senra fértil junto al río, reservada al señor de un palacio)…

Siempre buscando estrategias nuevas de control

Otro caso evidente de posicionamiento en el tiempo es el de La Polavieya (La Pola'l Pino actual), camino de Felechosa. El nombre indica lo mismo que tantas otras polas asturianas o peninsulares: la puebla, el pueblo grande (lo femenino, siempre mayor). Es decir, hubo un primer poblamiento antiguo (una puebla vieya ) en el Alto Aller, allá por los tiempos medievales. Podría haberse convertido en el Ayuntamiento del conceyu , si no fuera por las dificultades de comunicación en esos tiempos: imposible administrar desde allí unos poblados tan dispersos como incomunicados por la naturaleza del terreno.

La solución fue levantar el Ayuntamiento más abajo, en Cabanaquinta, que muchos con el tiempo incluso tal vez acaben deseando reubicarlo en Morea (o alguno incluso lo habría pensado ya...). De los altos a los valles poco a poco, una vez más. Pasó lo mismo en Trambasaguas (hoy Campomanes), como recoge el Fuero correspondiente de 1247, en el que se dice textualmente Concello de Campomanes . El emplazamiento definitivo bajó a La Pola: más central, más comunicado...

“Hacienda, lo que pudieres; casa, onde cupieres”

Al observar hoy el conjunto de las casas de un pueblo desde un alto, en la distancia, podemos ir leyendo el proceso de construcción de ese pueblo mil, dosmil años atrás. La casa más antigua, tal vez ya reducida a sólo nombre (La Casona, Trescasa, Socasa, El Corralón…) es aquella en la que primero sale el sol y más tarda en ponerse al atardecer: las casas hay que facelas cuando empieza enero –decía un paisano que nada tenía de arquitecto, pero mucho de sabiduría geográfica y popular; es decir, los que podían elegir suelo (los pudientes) escogían solar (lugar soleado) precisamente en esos días más sombríos del invierno, con el sol más bajo en el horizonte. Si el cinco de enero da el sol en ese punto no se va a quitar en todo el año: la calefacción natural asegurada, la única posible y gratis varios siglos atrás.

Los que no podían elegir suelo, los colonos, los padres y madres más cargaos de bocas que alimentar, los que dependían de los más pudientes…, esos sólo levantaban casa donde podían: fuera de los espacios de sembrar, en la pendiente, al aveseo , mirando al norte incluso, si no había ya otro espacio libre en el reducido recinto acotado por los señores para las casas y cuadras del poblamiento (villa, caserío…). El resto del terreno llano, soleado..., era sagrado: todo se iba transformando en eras, morteras, cortinas, güertas, güertos… Eso ni tocarlo, como recuerda también el dicho: “hacienda, lo que pudieres; casa, onde cupieres”.

En resumen, todo es cuestión de adaptarse a lo que hay

En fin, la elección de un lugar para una función concreta nunca fue casual desde los pobladores prerromanos a nuestros días. Cualquier lugar habitado por plantas, animales, personas, siempre está más o menos condicionado, motivado, hay que elegir entre lo menos malo. Y hasta, en lo posible, quedar libres de rayos, aludes, torrenteras, desbordamientos de los ríos… Nada que ver con la situación actual, donde grandes catástrofes se deben a no haber elegido sabiamente (o no haber podido elegir) el lugar de la vivienda, el emplazamiento del barrio, de la barriada, del poblado.

En definitiva, la construcción toponímica del paisaje en el tiempo tiene sus leyes. Plantas, animales, humanos, sobrevivieron (y sobreviven) en los espacios más inhóspitos tantas veces, porque supieron elegir bien: sus raíces, sus guaridas, sus cobijos, sus casas, sus cacerías, sus sembrados, según los casos. Todo depende de la composición del suelo, la orientación al sol, la altura, la época del año… Poco más, pero es esa gran “lección” natural para una verdadera lectura del paraje que pisamos. De otra forma la supervivencia sería imposible, incluso con las tecnologías más digitalizadas del dos mil.

Xulio Concepción Suárez

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