Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular

 

"Ellos vestían pantalones cortos azules sin remiendos, con medias hasta las rodillas y zapatos. Ellas, calcetines blancos emergiendo de zapatos con flecos en el empeine, y falda de tablones del mismo color azul [...]. Él sintió la diferencia con sus alpargatas, sus piernas desnudas llenas de mataduras y cardenales, el pantalón con culeras y el jersey desvaído. Pero no le importó. Todavía, aunque presentía la distancia entre las clases, no le apabullaba en su actuar diario [...]. Se acercó" (p. 18)

Las esquinas rotas
Joaquín M. Barrero
Penguin Randon House Grupo Editorial S. A. U. Barcelona. 2018

por Xulio Concepción Suárez

A) Solapa del libro

«Joaquín M. Barrero, de familia asturiana, nace en Madrid ya iniciada la Guerra Civil. Analista químico, fue emigrante en Venezuela antes de sentirse captado por el mundo del comercio internacional, lo que le llevó a viajar por gran parte de Europa, América del Norte, África, Oriente Medio y toda Iberoamérica, impregnándose del horizonte cultural que vio en esos periplos.

Desde temprana edad ha cultivado todo tipo de lecturas con incidencia en la literatura de viajes, el tbriller y la Historia, en especial el estudio de la de España. De su voracidad por el conoci miento representa una prueba su biblioteca, de más de seis mil títulos. Sus novelas protagonizadas por el detective Corazón Rodríguez (El tiempo escondido, La niebla herida, Una mañana de marzo, Detrás de la lluvia y La tierra dormida) superan los trescientos mil ejemplares vendidos».

B) Contraportada del libro

«Todos vamos doblando esquinas. Muchas nos conducen a situaciones donde aún es posible la negociación. Pero otras dejan los horizontes brumosos de incertidumbre.

El autor de El tiempo escondido y La niebla herida reúne este puñado de narraciones donde se hace imposible mantener la mente en sosiego,

Son paisajes, personas y tiempos que se le quedaron en las esquinas de la vida y la imaginación. Los expone con rigor y singularidad, aportando aires frescos a quienes caminan con la mirada curiosa y conservan sin rendición la sed por lo distinto.

Los seguidores de Corazón Rodríguez lo encontrarán de nuevo. El detective se adentra en casos de misterio y perplejidad que ponen a prueba su natural disposición a aceptar desafíos y que dejarán honda huella en quienes gustan de peripecias insospechadas.

"Espero que cumplan la función para la que fueron escritos: llenar de sensaciones los intersticios de quienes tienen el tiempo escaso y la mirada ávida"».

Joaquín M. Barrero

"Un día una madre pidió agua para su hija, que le fue negada por los guardianes. La niña murió de sed y la madre apeló a Dios para que inundara el pueblo como castigo. Dios hizo venir las aguas, que empezaron a sumergir la población. Los del lugar pidieron ayuda a un tal padre Bolaños, que invocó a la Virgen. Las aguas se amansaron y dejaron ver la caja de madera que había escondido el indio agradecido. El religioso la abrió y bendijo las aguas. Así nació el lago [Ypacaraí], que en guaraní significa: "aguas bendecidas" (p. 322)

C) Lectura personal

Un estilo muy ameno, siempre fluido, sugestivo, muy dinámico...

El nuevo conjunto de relatos de Joaquín Barrero continúa su técnica personal de escritura tan depurada en el estilo, y hasta adaptada a los nuevos usos y exigencias lectoras del milenium. Sus relatos cortos -sólo unas páginas muy sintéticas-, se desarrollan en unas pocas escenas, las suficientes para recorrer todo el tramo de experiencias que laten cada uno: se diría que las cuatrocientas y pico páginas de sus novelas se condensan aquí en cuatro, seis, diez, doce...

Pocas más. Pero muchos espacios, tiempos, tradiciones, culturas, regiones, países, palabras, opiniones propias y ajenas, valoraciones culturales, usos lingüísticos locales...; todos ellos quedan condensados, connotados, en la memoria de una esquina cualquiera muy estructurada. Una lectura muy dinámica.

Se diría que el autor, con esos cincuenta y pico textos breves, escribió pensando en un lector habituado a las técnicas lectoras del milenium, reconvertido al estilo de digital que exigen las retinas a las pantallas: discursos breves, frases cortas, puntuación abundante, visualización de ideas, esquematización casi a modo de viñetas, traducidas aquí por ágiles diálogos, cargados de sensaciones, pensamientos, sentimientos, ilusiones, proyectos, dosificados de línea en línea.

El estilo de un autor depurado hasta su última esencia creativa: la facilidad mágica de lectura llevada ahora al uso virtual de las prisas y los tiempos flash; unas lecturas exigentes en sensaciones múltiples solapadas o superpuestas: visuales, auditivas, táctiles...; o sociales, sicológicas, ecológicas, etnográficas, etnolingüísticas, multiculturales..., críticas, en definitiva.

"Arbolente, una aldea de la parroquia de Cibuyo en el concejo de Cangas del Narcea, es una mirada de águila. No está en la cima del mundo pero sus 1.000 metros al borde del casi despeñadero le confieren un puesto de atalaya. Subiendo desde Castañedo es la última aldea del monte, que culmina en la Sierra Peña Ventana, hacia el suroeste. No hay viviendas más arriba.

- Este lugar fascinó siempre a mi madre -recordé, la nostalgia apabullando.

- Lo sé. La viera siempre que venía. Fuera muy guapa".

Dejé un poso de silencio mientras nos acercábamos a la iglesia.

- Estará acostumbrado a ver águilas reales -dije.

- Bueno... De tarde en tarde. Mataran demasiadas los tiradores, como a tantos otros animales. Los escopeteros de los cojones" (p. 183).

Cada relato, una novela condensada: una esquina habitada

Porque con este nuevo conjunto de relatos, a modo de memorias, nos vuelve a deleitar Joaquín Barrero por su facilidad al tiempo de recrear la obra en cada lectura: la magia de la recreación literaria que ya nos facilitaba en sus novelas largas. Cada relato breve supone toda una apurada síntesis de una estructura compleja, en la que el lector puede ir completando los espacios y tiempos virtuales connotados en el discurso; un hilo conductor los va hilvanando, uno a uno, con la presencia de un mismo narrador que va habitando cada esquina rota -o recompuesta- más allá de cualquier título.

Cada esquina, un rincón habitado: todos aquellos espacios y tiempos que el protagonista fue viviendo en los diversos escenarios -físicos, sicológicos, sociales, ecológicos...-, traducidos a palabras; paisajes interiores y paisajes exteriores en sincronía sucesiva. Medio centenar de titulares que suponen otros tantos episodios reconstruidos mágicamente por la memoria del autor: Zapatos para un sueño, El pañuelo, Retorno del viejo teixo, La lágrima, El sueño de Ypacaraí...

Cada episodio, por sí solo, podría convertirse en novela larga con todos sus ingredientes: un espacio, un tiempo, unos protagonistas -principales o paralelos-, unos antagonistas...; un final igualmente abierto y connotador; tantas veces roto, pero siempre con una puerta de salida al laberinto, a través de ese hilo conductor que va tejiendo hábil el narrador que lo habitaba.

"El tiempo ha volado. Aquella joven italiana ya no lo es. Quizá ni exista. Pero a veces, cuando escucho esta canción, pienso en cuál habría sido mi vida de haberla encontrado en aquel hotel. A pesar de haber tenido desaciertos, no los he tenido en el amor. Estoy a gusto con mi singladura y quiero a mi mujer, aún con pasión. Eso no es óbice para que en mi imaginación me vea con Marina en una juventud inacabable, viajando en un tren sin destino a través del tiempo infinito" (p. 85).

A modo de lenguaje de hipertexto en la retina del nuevo lector

Porque cada uno de esos títulos para esos breves relatos podría funcionar al modo de la técnica del hipertexto y del hipervínculo de la lectura online: la lectura selectiva, focalizada, según las palabras-tema que interesen al lector en cada momento lectura; en el lenguaje virtual, se trataría de pinchar el texto subrayado, para descubrir debajo todas las páginas que se puedan ocultar en la lectura de pantalla.

O de establecer un orden de lectura según las ventanas que cada título va abriendo a nuestra imaginación lectora: establecemos nuestra propia lectura del conjunto de relatos; una lectura por orden sucesivo de capítulos; o según el orden aleatorio que yo establezco de acuerdo con el interés que me va suscitando cada uno desde la ventana que abre cada título. En palabras de David García Martín y Roberto Aparici:

"Las historias hipermedia se alejan de la linealidad proponiendo argumentos multidireccionales interrelacionados para producir resultados cambiantes... La secuencia hipermedia rompe con el orden y la duración preestablecidos y ofrece diferentes posibilidades de interacción. Como consecuencia de ello, el lector pasa de ser consumidor pasivo a construir su propio relato al tener la posibilidad de generar un recorrido único y personalizado de lectura......; se transforma en lectoautor"

Es decir, de forma paralela, en el texto del autor, en el formato en papel de los relatos, el lector mismo puede ir seleccionando contenidos a la carta, con sólo echar una ojeada a las primeras frases del relato: unas líneas -dos, cuatro...-, que ya intrigan y mueven -casi obligan- a imaginar todo un escenario virtual de las acciones que puedan seguir detrás; que enganchan desde el principio en busca de un final mágico que se prevé inmediato, y al alcance de esas pocas páginas. La animación a la lectura, con que se viene promoviendo a pequeños y mayores en los últimos años.

Al estilo del lectoautor -que se dice ahora-: ese tipo de lector que continúa creando -y recreando- sobre el mismo hilo discursivo, el texto mágico del autor

Con ese lenguaje, siempre habitado por alguien en los rincones más insospechados, el lector navega sobre las secuencias multicolores -y multiculturales- del libro, recorriendo cada esquina en la que se esconde gratamente la estancia entera del edificio; de la ciudad aglomerada, del paisaje abierto circundante; unas esquinas, habitadas al tiempo por quien lee, pues un mismo lenguaje, tan visual y emotivo, convierte a protagonistas y lectores en unos mismos compañeros de aventuras y avatares.

Porque en las escasas páginas de cada relato siempre hay cabida para la vivencia personal que nosotros también sentimos alguna vez, o nos hubiera gustado habitar. Incluso, que ni siquiera nos hemos atrevido a ello.

Todo un escenario de rincones y rincones, por países y países muy diversos

Tras el hilo discursivo de ese lenguaje habitado por el narrador en primera persona, el conjunto de relatos queda vinculado por el misterio que late en cada recoveco mágico. Se podría decir que con este nuevo manojo de narraciones cortas, el autor viene a rellenar todos aquellos espacios que un protagonista no había incluido en sus novelas largas.

Y así se van sucediendo todos esos escenarios del paisaje geográfico, social, político..., grabados en la retina de un niño de barrio que se fue haciendo mayor, al tiempo que completaba el mosaico con tantos otros rincones y rincones de países y países, culturas y culturas almacenadas en el mismo video virtual. Pero un video completo en unos pocos minutos mágicos por los que nos lleva esa media docena de páginas.

"Hace poco una amiga me dejó El tiempo escondido. Lo devoré. Describe el paseo donde nací. ¿Sería usted aquel muchacho que se sentaba con mis bisabuelos y que tanto buscó mi abuela? Adquirí los otros dos que había escrito. Por lo que dice en La niebla herida, había grandes posibilidades de que finalmente fuera usted. El mismo barrio, la misma sensibilidad hacia los árboles, el mismo tiempo... No esperé a verle en la próxima Feria del libro. Escribí a la editorial. Y ahora lo tengo a usted frente a mí" (p. 65).

Entre el paisaje interior y el paisaje exterior asturiano

No podrían faltar, entre tantos rincones habitados por el autor -de arraigada familia asturiana-, las referencias paisajísticas a esas tierras tan presentes en su mágica memoria, en sus formas más directas, presenciales en sus idas y venidas a estas tierras del norte; o indirectas, a través de sus memorias familiares; o en conversaciones amenas con los vecinos de sus pueblos cangueses, y por los diversos conceyos de paso.

Destaca en especial esa presencia mágica, tan constructica, recreativa -ecológica en el sentido etimológico de la voz-, del pasado rural asturiano en el presente de autor, simbolizada, por ejemplo, en el retorno árbol del teixo, con tantas connotaciones divinas y humanas en la cultura universal, mucho más allá de estas reducidas montañas:

"Esa reciente mañana, allá lejos, al otro lado del valle reverberaban los minúsculos pueblos. Había un silencio total bajo el sol calmado, nadie a la vista en la inmensidad; a veces el eco distanciado de una vibración. Cuando me acercaba al coloso caminando sobre la verde alfombra, oí tenues llamadas. Me detuve. Procedían del árbol. Me aproximé. No era él quien hablaba sino, a su través, los parientes que un día fueron. Me junté al teixo y fue como si manos invisibles me abrazaran, mientras una suave brisa ponía ondulaciones en la alta hierba." (pag182)"

Muchas referencias al paisaje asturiano en ese dilatado mosaico habitado por la retina del autor: Cangas del Narcea, Cibuyo, El Acebo, El Pajares, El Güerna, La Portiella, Covadonga, Gijón, Oviedo, Pola de Siero... Lugares en la memoria virtual del protagonista, al lado de tantos otros que tejen la toponimia habitada del libro; casi a vista de Google Earth sobre unas páginas y por unos minutos en 3D: Madrid, Burdeos, Nottinghan, Nueva York, Toronto, Tetuán, Ceuta, Panamá, Venezuela, Chile, Uruguay, Los Andes...

Todo un paisaje exterior que el autor va traduciendo a su discurso habitado con su mirada interior, siempre globalizante y glocalizante, a la vez; multimedia, multióptica, universal; sin altas montañas ni otras barreras postizas en el paso de una región a otra; ni de un localismo al siguiente fuera de tiempo ni de espacio. Sirva un ejemplo entre tantos:

"Nos despedimos en Oviedo, donde un coche me esperaba para llevarme a Cangas. Él no llevaba maleta. Un macuto lleno, supuse que de utilidades prácticas. Y su juventud. Nada le faltaba. Desde ese momento comencé a auscultar a mis príncipes del paraíso.

- Déjame que te pregunte una obviedad -pregunté al conductor, al rato-. Tú, aparte de europeo, ¿de dónde dirías que eres; mejor dicho, cómo te consideras?

- Español y cangués.

La jodimos. La sombra irónica del vascongado parecía rondar" (p. 198).

Un discurso fluido, renovado, de sutil pincelada poética en ocasiones

El discurso intrigante del autor se traduce en un estilo muy adecuado, por ello, a las exigencias de los nuevos lectores de las pantallas: frase corta, puntuación abundante, párrafos por escenas o por ideas vinculadas, siempre imaginativos y vinculantes con el contexto sugerido; diálogos breves, directos, trasparentes.

Unos sintagmas y expresiones más poéticas van rompiendo toda posible monotonía narrativa, lejos del monólogo tradicional: ese lenguaje metafórico que tanto nos anima a seguir el discurso narrativo en el estilo del autor. Unos usos léxicos y sintácticos de economía lingüística para estos tiempos: ni sobra una palabra, ni falta una coma, o unos puntos suspensivos...

Una ecología lingüística -etnopaisajística, multicultural-, en definitiva, acorde con las inquietudes del narrador y con las novedades que siempre va buscando el lector en esta modernidad líquida -que definen Bauman y compañía-, con tantas exigencias desde que se va el crepúculo, y a penas rompió, todavía, el alba. Muchos tiempos, muchos espacios, muchas imágenes y espejos mágicos, con mínimas páginas y palabras.

"Pero muchas veces paseaba solo por el campo para sentir en sus piernas las caricias de las campanillas y azucenas, y llenarse del olor de la yerbabuena. Ajeno a los miles de insectos zumbadores, sacaba el impoluto pañuelo, acariciaba las iniciales y besaba los besos invisibles de ella. Nunca se secó el sudor con él. Era un tesoro a cuidar" (p. 27).

El recurso metafórico, la expresión poética más creativa va tiñendo de imaginación ese discurso por el que camina de forma paralela el lector:

- "Seguí viéndolos a ambos a diario durante cierto tiempo. Charlaba con el hombre y saludaba al gran vegetal. Tras una ausencia obligada, volví a pasar por el trayecto de siempre. El árbol ya no existía. En su lugar, un muñón aserrado casi a ras de suelo. Me acerqué. Casi no lo podía creer. Parte de mi niñez estaba en los restos troceados, aún latiendo en el verdor agónico de las hojas. El hombre permanecía donde siempre [...]. Tomé asiento junto a él" (p. 63)

- "Y supe que yo había desaparecido para ella. Ya no era yo. Me miraba sin verme. Porque ella no veía a una persona delante, sino a aquel chopo solitario que se aposentó con la fuerza de la magia contagiada en muchas de sus noches desveladas" (p. 66).

- "Aún de noche nos sentamos en un banco frente al mar. El horizonte empezó a encenderse y las estrellas fueron devoradas. Me extasié viendo surgir el disco amarillo de la línea lejana. En la quietud parecía que estaba naciendo el mundo" (p. 287)

- "Nunca volvería al mundo real tridimensional pero estaría en todos los espejos que mirara, desnuda como cuando el cambio de espacio, como la primera mujer creada" (p. 432).

Al estilo de aquel realismo mágico de autores consagrados para siempre

Sería difícil cerrar unas palabras sobre Las esquinas rotas, sin una pincelada siquiera a esa capacidad sugestiva, imaginativa de las obras del autor, en esta ocasión también. Sirva algún ejemplo:

"Luego todo se llenó de estrellas, los viejos entraron en sus casas y ella quedó sola afuera, sintiendo el frío de una primavera que se resistía [...]. Y así empezó a bailar bajo los luceros. Y de pronto todo se llenó de luces y sonó la música por el campo iluminado y los montes aguerridos. Y ella bailó, viendo a todos los de todos los pueblos y aldeas mirándola maravillados, mientras giraba y cruzaba el espacio, que ya no era el prado sino un salón de baile refulgente e inmenso [...] Y así siguió y siguió mientras las estrellas se empujaban unas a otras hasta que poco a poco fueron desapareciendo" (pp. 14-15).

La imaginación lectora se vuelve inevitable en la memoria de aquel texto de García Márquez, cuando el episodio de Remedios, la bella, transparentada por aquella palidez intensa en su ascensión a los cielos (Cien años de Soledad):

"Remedios, la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de lástima [...]. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella [...], y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria".

Algunas reflexiones personales, tras la lectura...

La verdad es que, cerrado el libro tras el último relato, podríamos comenzarlo otra vez: la magia de la lectura al filo de la pluma del narrador, si no fuera por el flujo del tiempo, nos llevaría a la primera página de nuevo. Porque, ciertamente, ese estilo sorprendente del autor nos va llevando intrigados de relato en relato, como nos iba llevando de capítulo en capítulo por cualquiera de sus obras ya consumadas.

Ciertamente, la mayoría de los escenarios del libro nos van llevando por los rincones más recónditos de la memoria, desde sus primeros años de recuerdos, aventuras, travesuras: los orígenes familiares, aquella vida madrileña de los barrios marginales, los juegos infantiles, la vida de la escuela, amores y desamores adolescentes, las aventuras juveniles, su avidez por los libros, la agitada mili africana, los viajes asturianos, los cuadros regionales costumbristas más diversos que fue contemplando el autor toda su vida.

O sus preocupaciones sociales, las misiones pedagógicas, su amor a los árboles y al equilibrio ecológico, los viajes profesionales, los cambios políticos, las situaciones regionales conflictivas, sucesos internacionales, las injusticias de cualquier signo, los despotismos, el futuro de los pueblos rurales, las preocupaciones de los mayores, ya en el crepúsculo o en el ocaso de la vida...

Y todo ello, con esa sosegada, pero aguda, mirada crítica, inteligente, solapada, constructiva, que caracteriza al autor, con sus oportunos tintes y tonos humorísticos, satíricos, irónicos, cuando lo requiere la ocasión y el caso.

Casi siempre a medias entre la realidad y la ficción: tal vez, las dos caras de una misma convivencia posible

Porque en esa aguda perspectiva del testigo virtual de los hechos, siempre nos sorprende la capacidad del autor para presentarnos una realidad que se fuera volviendo mágica una y otra vez en la mayoría de los relatos; por ejemplo, esa convivencia en el presente con personajes que no están. O que aparecen y desaparecen, hasta el punto de no poder concluir del todo su existencia real.

Nos va enganchando esa técnica sutil de ilusionar al lector con la muestra de una realidad a medias con elementos fantásticos, tal vez con el objetivo de señalar sólo su aparente contrariedad; como para reconciliar las dos formas de vida; para demostrar que casi están más próximas entre sí de lo que aparentan. De lo que nos parece.

"A partir de entonces la veía en todos los espejos, se me presentaba cuando estaba solo. Y la besaba en todos ellos, en el del baño, el del estudio, de los restaurantes, de los hoteles, de los aviones, de los trenes... Compré un espejo manual,. que llevaba siempre en el maletín. Cuando había ausencia de testigos, lo sacaba" (p. 434),

En esta perspectiva por la que nos hace flotar la lectura, los personajes hablan, escuchan, habitan..., aparecen y desaparecen, hasta el punto de que nunca podremos saber del todo si aquellas voces y figuras eran reales o no; si eran de carne y hueso, o si sólo existieron en la imaginación desbordada del autor.

Por eso, tantos suspenses, intrigas, desenredos posibles en las obras, en los relatos, en las esquinas rotas del autor, nos dejan el buen sabor de seguir leyendo esa otra segunda parte del relato que se quedó sin escribir sobre el papel. Tal vez, la única existencia -y coexistencia- posible en estos tiempos, con sus dos caras para la lectura personal de cualquiera también.

Con la presencia latente del detective Corazón Rodríguez en toda la narrativa de J. Barrero

Y, así, tras la última página de cada relato, continuamos como lectores flotantes sobre una alfombra mágica buscando el posible final que a nosotros nos vendría mejor como supuestos protagonistas de la acción imaginada que no se dibujó del todo. Ese estilo mágico de la creación literaria sólo al alcance de tan escasos privilegiados: el estilo de un autor sorprendente a la vuelta de cualquier esquina rota o reconstruida, lo mismo da. Siempre con el misterioso detective detrás.

En fin, Joaquín Barrero, un autor ya consagrado, inconfundible, fruto, sin duda, de muchas lecturas también; se seguirá poco a poco estudiando como a tantos autores en sus respectivos movimientos literarios, de tanto boom en cada tiempo. Por algo tantos miles y miles de ejemplares vendidos, como se lee en la solapa del libro ahora en cuestión. Y con tantos cientos y cientos de comentarios y gratitudes por parte de lectores y lectoras en los foros de internet. Por algo, también.

Para terminar, y por seguir un hilo conductor cualquiera en los relatos, de los muchos posibles entre esquina y esquina que vamos doblando al ritmo que pasamos páginas, sirva el texto de La Araucana -Alonso de Ercilla-, citado por el autor:

«Yo que tan sin rienda al mundo he dado
el tiempo de mi vida más florido,
y siempre por camino despeñado
mis vanas esperanzas he seguido,
visto ya el poco fruto que he sacado,
y lo mucho que a Dios tengo ofendido,
conociendo mi error, de aquí adelante
será razón que llore y que no cante»

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