Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular

Haití, mon amour:
crónicas de esperanza,
sin convencimiento.
Celso Peyroux


Celso Peyroux y el Padre Ángel
Presentación del libro en el Centro Asturiano de Madrid

PRÓLOGO

Aquellos días que fueron años

La vida va y viene y entremedias nosotros nos vamos encontrando, a veces en las cosas buenas de la vida y también en los renglones torcidos de Dios. Esto tiene vivir, que viene sin manual de instrucciones y hay que acomodarse a ella como buenamente se puede. Ahora bien, si a uno lo nacen en el primer mundo, tiene ganado medio cielo capitalista, lo contrario a si se es un desheredado en la tierra de los desheredados, nadie te echa cuentas. Ni la propia vida. Que este perro mundo está inmundo por la desigualdad, la violencia, el miedo y las corruptelas es algo que no les voy a descubrir porque se palpa y se huele, se siente en cada esquina, en cualquier rincón de aquí o de allá.

Cada día nos sorprenden nuevos casos de desalmados que pisotean derechos, haciendas y países, incluso a las personas y a su infranqueable dignidad; les da igual, son indeseables. Pero los nombro, a los malos del mundo, para contraponerles la inmensidad de buena gente que habita entre nosotros y se deja la piel por sus semejantes. Sí, al prologar este libro, quiero ensalzar la propia condición humana, cómo hay gentes que aún a sabiendas de lo difícil de la tarea luchan a diario para que la vida sea más justa, más libre, más igualitaria. Para todos y entre todos.

Que todos seamos hermanos, no solo por la sangre embravecida y del mismo color que bulle en nuestras venas, en síntesis porque todos tenemos el mismo derecho a la comida, a la vivienda, a la educación. A la paz, también. Qué bonita palabra que anuncia una paloma con una ramita de olivo, el árbol milenario de mi tierra, Jaén, un mar de olivares de sesenta millones de árboles.

Desde Jaén les escribo como ciudadano del mundo que va y viene por la vida siempre con la esperanza de encontrarse con esa otra gente que engrandece la mismísima condición humana y a la que tanta fe profeso. Aquí los tengo a mano, afortunadamente, porque quien busca, encuentra, me lo enseñó mi padre, para quien la vida está dividida entre quienes se trabajan a diario la suerte y los que se la pasan entera esperando que les llegue la diosa fortuna.

Así las cosas, estarán conmigo en que su hijo le salió inquieto por mandato paternal y no tiene reparo alguno en coger una maleta y lanzarse al mundo a descubrir lugares llenos de gentes con las que convivir. A la caza de una sonrisa, una mirada, a la conquista permanente de la felicidad, a través de la otra opinión de la cosas de la vida, no solo la nuestra, siempre tan cómoda y tan acomodada. De esta savia nació un viaje imborrable, de este viaje cuajó una amistad inolvidable, de esta amistad surgirán proyectos que entrelazarán un futuro particularísimo del Sur con el Norte. Lo espero ansioso.

De Andalucía con Asturias, de un escritor y un poeta asturiano inmenso con este humilde plumilla que enjareta cuatro palabras en deuda de cariño por un viaje conjunto a Haití, el país más pobre de la tierra, el país más crucificado del mundo, desheredado entre los desheredados.

Les hablo de Celso Peyroux, el asturiano autor de este libro, ya les digo, hábil escritor, fino poeta, amante del periodismo y periodista ejerciente de “La Nueva España”, de Oviedo, con quien compartí vivencias en Puerto Príncipe, en Fonds-Parisien, entre hospitales, casas con techumbres de plástico, campamentos de lodo y visitas a esta gente olvidada de la mano de Dios, donde la zozobra de la vida nos aclara la vista a quienes vivimos en Occidente y aún nos quejamos hasta de que un chaparrón nos moje aun con el armario a reventar; de la nimiedad más tonta incluso.

Días intensos, pletóricos, duros de llevar, viajes por Haití inolvidables, por carreteras infernales, caminos suicidas y con el pellizco del incontestable porqué siempre en la boca del estómago. Apenas cinco días con Celso Peyroux al lado, pero aquellos días fueron años para mí, están marcados desde entonces a incienso y cariño. Como si nos conociésemos de toda la vida, vaya. Mi corazón fluye ahora con alma asturiana por culpa de este pequeño gran hombre que nos da a todos una lección de sacrificio y entrega por los demás, con sus ganas de acudir allá donde alguien necesite una mano. O lo que es más importante, una sonrisa.

Dicen que somos lo que hemos viajado, bien a través de la literatura y los libros o con nuestra maleta a cuestas, así que con Celso Peyroux, lector empedernido, escritor impenitente, se da la doble condición. Ahora en Haití y su trágico devenir, antes en el Sáhara y con los saharauis, otro pueblo olvidado del mundo, más por los españoles. Viajando mucho, intentando viajar siempre, así es Celso.

Les relato ahora el presente, un escrito en carne viva, enarbolado en primera persona, como no podía ser de otra forma, que él ha estado allí, empapándose un mes entero, ayudando con sus siempre abiertas manos, dialogando y cantando. Y discutiendo cuando se terciara, que para eso es un artista con su dominio del francés, lengua originaria haitiana. Les contaba, le conozco de poco, pero muy intensamente, no durante mucho tiempo, pero sí con alforjas profundas, y puedo afirmar con rotundidad que ante sí tenemos a Celso Peyroux en estado puro.

En estas páginas se entrelazan su incombustible espíritu ácrata y bohemio con la poesía que es capaz de arrancar a un entorno tan hostil como el haitiano. O cómo de la convivencia con los niños reverbera una conquista en disciplina y organización allá donde reina, por lo siglos de los siglos, el caos. No me olvido del Celso rapsoda que embelesa veladas recitando bellas palabras, suyas o prestadas por los grandes de la literatura, que su voz y cadencia hacen inolvidables a tantísimos kilómetros de nuestra casa, de nuestra familia, de nuestros amigos.

El libro que tienen ustedes en sus manos es una crónica descarnada de cómo se vive en ese otro mundo del que apenas tenemos referencia por los Telediarios. Ese Haití del que tanto nos apiadamos, pero eso, unos minutos. Hay que ir allí para verlo, no vale que nos lo cuenten. O sí, porque con “Haití, mon amour”, la palabra escrita adquiere vida, los sustantivos agigantan nuestra innata querencia por los más favorecidos y de los adjetivos hace Celso sabio ejercicio de vigor literario y fortaleza visual.

De veras que provoca profunda tristeza que haya tantos desheredados esparcidos por el planeta y allí, en La Española que pisó Cristóbal Colón por primera vez en 1492, son la inmensa mayoría. Ilógico si hablamos del primer país negro que logró la independencia. Con todo, entre tanta desesperanza siempre hay un rayo de luz, que en el caso que nos ocupa aquí tiene nombre y apellidos: “Mensajeros de la Paz”, la organización no gubernamental, cristiana y dada permanentemente a los pobres y desheredados, que creó en los años sesenta el Padre Ángel en Asturias y ahora está felizmente desparramada por África y América, sin olvidar su labor con los necesitados más cercanos, los españoles que sufren y callan en desamparo.

Y por un ángel de la tierra como el Padre Ángel García se fue hasta Haití Celso Peyroux y por un ángel de la vida como el Padre Julio Millán aterricé yo, a la par, por un guiño del destino quizá, por una feliz coincidencia; qué buenaventura. Sea como fuere, el caso es que ahora nos permite contarlo en común.

Juntos compartimos techo y suelo, además de andanzas de solidaridad a espuertas, con María Cristina Liranzo, la luz de la ilusión y la entrega sin requiebros de Mensajeros en Haití y República Dominicana, a quien junto con su marido Frank Romero tanto he de agradecerle su bonhomía e infinita hospitalidad; con Chelo González, desde entonces mi “hermano” ecuatoriano del que tanto se aprende de día en el tajo y de tertulia nocturna, haciendo y no haciendo, dejando hacer pero permanentemente ofreciendo su mejilla y su sudor solidario; y el citado Padre Julio, a quien conocí hace ya largos años como capellán de la cárcel de Jaén y a quien desde entonces seguí por la senda que marcaba su impronta de buen pastor y su rica vida de compromiso hacia quienes nada tienen y nada esperan.

Julio Millán, responsable de Mensajero de la Paz en Andalucía, dice y hace, no se queda en la palabra, se compromete y da la cara, tan en desuso hoy día, y por eso es grande, único, y así lo pudieron comprobar quienes no lo conocían hasta este viaje, dos buenos asturianos, Álvaro Fuente, un sol de persona, mejor periodista con la cámara y Celso Peyroux, desde entonces mi excelso Celso preferido.

No hay revueltas en lo que les cuento, embriagado por la amistad, sí, por lo que estarán conmigo que por todo ello comparezco ante ustedes en este Prólogo encantado de la vida. Y encantado doblemente: Primero, porque hacerlo de la mano de un insigne y premiado escritor como Celso Peyroux no es ocasión que se dé todos los días y principal, porque aventuras, dura y a veces insoportable, sí, pero con aventuras como ésta uno se hace mejor persona, sin duda alguna. No lo duden, nada como viajar y compartir, recorrer mundo para darse a los demás. Comprobando “in situ” cómo se vive fuera, cómo la gente se esfuerza por sobrevivir, cómo hay gente que se moviliza y les ayuda no se puede volver de la misma forma.

No regresa uno a su vida rutinaria y placentera de igual forma, que no. Puede que Celso Peyroux esté más viajado o más versado que la mayoría de nosotros, pero lo que no estará es vacunado y con la piel dura de tanto sufrimiento contemplado. Al menos yo no lo he percibido leyendo este libro capítulo a capítulo, donde narra, con la piel en carne de gallina todo lo que se ha ido encontrado en su inconmensurable estancia en Haití. Algunos de sus encuentros con esta gente que vive en las antítesis del Paraíso, si ciertamente existió fue lejos muy lejos, los presencié junto al autor del libro y doy fe de que están contados con bravura a la par que desesperanza (que él llama “sin convencimiento” en el subtítulo de la publicación).

Y de los que no viví en primera persona junto a Celso, porque regresé antes a España, les confieso que ahora leyendo su relato es como si estuviese allí: su tono de cercanía, su exposición literaria franca y directa, sin requiebros, al grano, sin más subordinaciones que las propias de alguien que continuamente se está preguntándose cosas y buscando soluciones hacen de éste un libro imprescindible para que aquí entendamos lo que pasa allí. Además, la vigorosa exposición de aquello que contempla y nos traslada ahora por escrito hace de realista pantalla gráfica, por su saber bien contar, aunque también de lagrimal por cuanto cuenta que en este país se sufre. Tristemente, antes del terremoto y, más dramáticamente, después del terremoto de enero de 2010.

De su mano, de la pluma de Celso Peyroux, que desconocía hasta que juntos fuimos hasta el primer Caribe español, me he vuelto a encontrar, en una crónica periodística de Haití, qué paradoja, con la poesía de Pablo Neruda o las sentencias literarias José Saramago en forma de escritos de referencia para un autor que nunca deja de reflexionar sobre la vida, con precisos y preciosos recuerdos de su infancia en su Teverga natal y o de su largo devenir por el mundo.

Podría aconsejarles distintos pasajes, el de su ahijado huérfano como tantos y tantos en uno de los pueblos del país, la señora anónima que reza en la Catedral derruida o el desesperante encuentro de Fritz, el manijero de “Mensajeros de la Paz” en Puerto Príncipe, con su hermana harapienta, tan digna ella. No hay desperdicio, ciertamente, ni vital ni literario, en ninguna de sus páginas, ni en ninguna de sus fotografías, pero no dejen de pararse, se lo ruego, en la página 110. Aquí define Celso a la mujer haitiana: traspasa la propia concreción de lo que ve y emerge una figura poderosa y pragmática amén de celestial y mitológica como uno nunca había visto jamás en ningún escrito.

Mi Haití es su Haití, mis ojos son los suyos. Sus escritos, mi catecismo periodístico particular. Y la labor del Padre Ángel y su ejército de buena gente, mi fe de vida. A veces da la impresión de que lo que no se sabe no existe, pero existe aunque no se sepa, y para ello qué mejor que buenos cronistas cuenten las buenas acciones de las buenas gentes como las que pueblan el gran pueblo de “Mensajeros de la Paz”, ubicado en el mundo que anhelamos y soñamos a diario. Suyo es el libro ahora, no dejen de saborearlo desde la primera a la última página.

Un beso desde la Andalucía de Jaén.
Juan Espejo
Director de Diario JAEN


Padre Ángel, Diego Carcedo, Juan Espejo y el autor,
Celso Peyroux

Presentación de José María Ruiz López

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