Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular
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"Por las brañas de Lena"

Publicado en
La Voz de Asturias, 29-4-2000
Julio Concepción Suárez

El silencioso saber de los vaqueros. Muchas estrategias nos transmiten hoy lugareños, tiempo atrás pegados al rigor de las montañas desde que rompía el alba: ya desde el amanecerín, sin otros recursos que los ofrecidos por el suelo. Eran tiempos de aguzar el ingenio: no había más. Bien lo recuerda el dicho: “L’home probe, al alba en pie: si nun trabaya, ve”.

Por esto, abundan hoy en el patrimonio rural lenense las costumbres y los nombres en torno a los vaqueros y las brañas: El Brañichín, Brañavalera, La Braña, Brañechas, Las Brañolinas, La Brañuela, Braña Cabachos, Braña Tsamosa, Braña Tsuenga, Braña Nueva, Braña Reonda, Braña Sapiega...

Gracias a ellos, disfrutamos hoy de espléndidas camperas en torno a los mayaos y puertos de verano en los distintos valles del conceyu: Bovias, Foxón, Valseco, Güeria, El Meicín, La Vachota, Mayá Vieya, Los Meruxales... (en los altos del Güerna); El Fasgar, Los Corralones, El Pedroso, Cuayos, La Carbazosa, La Paradiecha, Escuenas, Cuaña, Carraceo... (en los altos de Valgrande). Toda una vida de zagales y zagalas que fueron “chando los dientes” de peornal en peornal, tantas veces de camino entre la casa y la cabana.

Ciertamente, cada vaquero es un minucioso observador que conoce con precisión cada recoveco de su puerto: hasta la última fuente cimera donde nace cada arroyo a la falda de las peñas. Y así te va señalando, generoso y sin titubeos, cada nombre del paraje: La Fuente’l Nacimiintu, La Fuente la Madre, La Raíz, La Fuente las Fanas (donde nace el río Güerna); o La Fontona (donde nace el río Valgrande)...

O te cita de memoria todos los lugares de la braña donde hay una planta medicinal con que curarse antes por el año arriba: El Xanzanal, El Yenu’l Té, La Campa la Xistra, L’Oriégano, El Vache la Xinxal... Todo un lujo, “leer” la montaña de senda en senda tras los pasos sosegados de un pastor o de un vaquero.

Muchas capacidades tuvieron que desarrollar con el tiempo estos lugareños que patearon desde niños hasta el último sendero de sus peñas y sus valles. Valoraban su entorno en los altos de los puertos, y así lo distribuían entre los ganados para un aprovechamiento adecuadao a la producción de cada especie: en cada campa, en cada carba, en cada mayáu o pericuetu, había de pastar el animal correspondiente.

Y así nos dibujan hoy los nombres del terreno unas brañas sabiamente aprovechadas, sin más proyectos que un ingenio compartido, y los acuerdos vecinales en las esquisas y conceyos del poblado.

Unas brañas planificadas hasta el escondrijo más recóndito del último sotambiu o güerto en la pena: Braña Cabachos, Valdoveyas, Pena Cabrera, Bovias, Las Guarizas, La Xatera, Las Becerreras, El Güerto la Galana... Cada grupo de animales, en el pasto más conveniente: los caballos, las oveyas, los güeis, las becerras... Ante todo, el producto, la utilización racional de los recursos autóctonos: no había otros. El aprecio ecológico: griego oîkos (‘casa, patrimonio’), más –logia (‘estudio’).

Un ejemplo de comunicación y de cooperación representan los vaqueros (alguna excepción habría), en sus idas y venidas por las interminables veredas de los mayaos, o por los trillados senderos camín de casa: así nos explican tantos lugares llamados L’Asiintu los Vaqueros, La Fuente los Vaqueros, Las Esperales..., donde hasta quedaba mal visto que un vecino o vecina no esperara a los demás, para informarles de las novedades del puerto; o para bromear; y hasta para xugar al pinchu, o pa cortexar si yera el casu, ya a la terdi, llegadas las horas vespertinas del descanso y del solaz.

Y la comunicación más sana cruzaba las montañas. Con mejor o peor ceño, una inteligente y buena vecindad (el consenso, tan cacareado hoy) practicaban los vaqueros en los puertos, con sus vecinos, los pastores leoneses colgados, como ellos de las duras leyes impuestas por la soledad de las mayadas.

Una larga historia nos cuentan los mayores, acerca de los productos artesanos trabajados en las horas libres de las cabanas, vendidos luego a buen precio en los mercados leoneses: xugos, gaxapos, guiás, güexas... O cambiados al troque por mantegas y lenteyas, con las que sacar unos riales en la reventa del sábado nel mercao La Pola. Tenían ellos también su márketin para las ventas, tantos años antes de la publicidad, la tele y el ordenata.

Hasta tuvieron los vaqueros y vaqueras el detalle literario de trasmitirnos unos cuantos romances aprendidos de los pastores extremeños al borde de La Raya; o en el silencio estrellado de una campa bajo la luna llena, en medio de un peornal; o al murmullo amoroso de alguna fontana al riscar el alba. Lo mismo da: nos transmitieron los romances.

Gracias a pastores y a vaqueros, disfrutamos hoy de algunos romances con la chispa y la intriga del ingenio popular. Sirva uno cualquiera: -Al marcharme a la guerra, Rosina  Encarnada, /me juraste que a mí me esperabas; / ahora vengo a casarme contigo, / y resulta que ya estás casada. /   - ¿No te acuerdas del mantón de grana, / que, de novios, yo te regalé? /.../ -Yo sí me acuerdo del mantón de grana, /y de muchos regalos también. / .... / -Casadina lo estoy, sí por cierto, / con un hombre que yo nunca amé: / me he casado en la flor de mi vida, / y la ley me lo hizo volver...". /.../ "Esta carta que aquí dejo escrita / es para todas mocitas solteras: / que no den palabra a otro hombre / mientras tengan el suyo en la guerra".

Como dicen los bretones, “el pasado debe ser una fuente de inspiración / y no de imitación; / de renovación, / y no de repetición”. Pero mucho tenemos que aprender de quienes, por muchos siglos, tuvieron que ingeniárselas para sobrevivir en las cabañas, con poco más que pan, leche, cuayá y dibura, más que queso; y poca mantega, porque yera pa vender y pagar favores o rentas.

Ya otras viandas, sólo algún día después de subir la carraca, pues no iban a permitir los estómagos que, con la calisma, se volviera chandio la carne. Eso sí, con todos los frutos que ofrecía el monte, si se quería madrugar pa dir catalos a tiempu y nel so sitiu: arándanos, mostayas, cerezas, peruyas, bruseles, mazacorales, viruéganos, carápanos... Pero había que catalos, claro.

En fin, los vaqueros lenenses, como tantos asturianos sin otras fortunas, ni heredades que el día, la noche y poco más, fueron desarrollando con el tiempo encomiables estrategias: capacidad de observar, de valorar lo que se tiene, de proyectar, de respetar el entorno, de cooperar con el vecino, de aprovechar las cosas hasta nun tirar ni un garitu de pan, ni unas migayas (ya las estaba esperando ansioso el chucho a la puerta la cabaña).

Toda una educación no libresca transmitida de güelos a nietos, mientras se respetó a los paisanos por lo que son para un pueblo: una fuente inagotable de saber popular con su ingenio callado; con el trabajo encallecido de sus manos; o con el silencio contenido a duras penas, de tanto ver florecer las injusticias, y nun poder nin gorgutar palabra.  

En proceso paralelo, numerosas capacidades podríamos desarrollar nosotros hoy con saber natural tan trabajado. Por ejemplo, esa envidiable actitud de escudriñar, palmo a palmo, lo que vamos viendo sobre un paraje: plantas, huellas animales, ganados extraviados, personas que van de paso, la misma posición del sol que va marcando las horas en el valle sin falta de reló. Aprender a investigar desde las caleyas del pueblu, con sólo mirar por la ventana al despertar.

O aquella capacidad de planificar con planes, pero sin planos. Hoy se vuelve imprescindible reorganizar (reutilizar) las brañas con nuevos proyectos que empiezan a exigir con fuerza los ganaderos más jóvenes: se están convirtiendo nuestras camperas en aparcamientos domingueros y en imparable matorral. Todo un patrimonio ganadero en paro.

Y se podría actualizar este patrimonio de las brañas tras el efecto dosmil: aulas de la naturaleza, salas de exposiciones, donde se nos explique en video, en CD o en internet, el nacimiento de nuestros ríos, la arquitectura de las cabañas, los nombres de cada planta, los tipos de arbustos y arbolados, los frutos del bosque en el otoño, la riqueza ganadera, los productos alimentarios lejos de casa, las costumbres animales, los oficios artesanos del hayedo, los caminos a Castilla, los romances extremeños..., los nombres que dibujan sabiamente cada rincón de una montaña, los parajes más vistosos, o los picachos cimeros donde la vista enlaza las cabañas con el mar.

Unas brañas renovadas, productivas para todos en su tiempo veraniego, como bien indica la palabra (lat. veranea): los unos, con sus ganados; los más, por entender mejor nuestro entorno de montaña, valorar los productos del ganado, y compartir el silencioso saber de los vaqueros. Un ejemplo de inspiración, que no de imitación, ciertamente.

Para más información, ver
Diccionario toponímico de la montaña asturiana.
Julio Concepción Suárez

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