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Celso Peyroux.
Celso Peyroux, ciclista en Francia

TOUR DE FRANCIA, CIEN AÑOS DE HISTORIA

El escritor y colaborador de LA NUEVA ESPAÑA, Celso Peyroux, fue ciclista amateur de la (FFC) en Francia y durante veinte años siguió la “Grande boucle” por diferentes lugares por donde pasaba la prueba. Posee en sus archivos una importante colección de revistas y periódicos y, en estas líneas, el cronista tevergano recorre con su “bic” las rutas de Tour en su centenario.

por Celso Peyroux
publicado en la Nueva España, 15/07/2013

A Luis Balagué, Chechu Rubiera, José Enrique Cima, Enrique García y a todos los ciclistas y cicloristas asturianos. A la memoria de mi buen amigo José M. Fuente El Tarangu”

         Nunca podrían imaginarse Henri Desgranges (ciclista, periodista y coofundador), junto al también periodista Géo Lefèvre y Maurice Garin, el primer vencedor de la prueba, que el Tour de Francia llegaría a cumplir cien años. Seis etapas en su primera edición -en aquel 19 de julio de 1903- con 2.428 kilómetros de recorrido a una media de 25 kms. la hora.  Dos mil cuatrocientos francos fueron los que se llevó el ganador de aquella experiencia ciclista en la que habían participado 60 valientes con pesados velocípedos que no disponían de cambios de velocidades.

Todo un siglo, salvo el periodo de las dos Guerras Mundiales, con una serpiente multicolor que alcanzó momentos de esplendor entre los rivales que disputaban las llanuras francesas y las grandes cimas de los Alpes y Pirineos para encumbrar a los más grandes y sacar fuerzas de flaqueza a quienes el Tourmalet y el Galibier se les ponía muy cuesta arriba penando y sufriendo para poder alcanzar lo más alto del ciclismo.

Desde que en los años 1909 y 1910 Vicente Blanco “El cojo” y José Javierre se inscribieran en el Tour -como los primeros españoles que participaban en la carrera- decenas de corredores españoles se fueron sucediendo, hasta esta edición, a lo largo de todo este tiempo; por citar solo algunos nombres de la abundante lista: Cardona, Vicente Trueba (“La pulga de Torrelavega”), Berrendero, Otero, Loroño, Bahamontes, Julio Jiménez, Gabica, Galera, Pérez Francés, Mariano Díaz, Ocaña, Galdós, Otaño, Gorospe, Cabestany, Lejarreta, Cubino, Indurain, Pino, Perico Delgado, Cabestany, Carlos Sastre, Pereiro, Valverde, Contador, Purito…

Y a esta nómina se unen los ciclistas asturianos que participaron en el Tour y en otras grandes pruebas como profesionales: José Manuel Fuente “El Tarangu”, Luis Balagué, Vicente López Carril, su hermano Jesús, nuestro compañero José Enrique Cima, el “Roxín”, Coque Uría, Ovies, Pasamontes, Sarrapio, Chechu Rubiera, Samuel Sánchez, Santi Pérez, Raúl Santamaría, Sampedro, Carlos Muñiz, Guillermo Arenas, Domínguez, Barredo… Un sentido recuerdo para algunos y los mejores saludos para otros desde estas líneas.

Si no nací sobre una bicicleta poco me faltó por el amor y pasión que desde niño he sentido por las dos ruedas. Aprendí a rodar por debajo de la barra de la bici de Luis, el artillero, al no alcanzar a los pedales, y en el verano de 1956 a mi madre le tocó en una rifa popular una “Gamma” con la que los tres hermanos repartíamos LA NUEVA ESPAÑA por todo el concejo tevergano.

Para entonces ya sabíamos de las andanzas de Coppi, Geminiani, Bartali, Charly Gaul, Poblet, Botella…y  Bahamontes. Jugábamos a las chapas entre las dos líneas de tiza blanca y en cada una, protegidas por un cristal, iba la cara de un corredor. El mío -no sé por qué- era André Darrigade (campeón del mundo de fondo en carretera en el 1959). Un día en Bayona se lo comenté y le hizo gracia.

Fue sobre todo un esprinter de “volattas” y lo recuerdo en un criterium de Oviedo disputando la “rueda de oro” a Miguel Poblet en cuyo certamen estuvieron también Luison Bobet y Anquetil, entre otros. La bicicleta había tomado un gran auge como medio de desplazamiento en los años cincuenta entre los mineros teverganos que subían a las minas de La Cruz y los guajes les poníamos apodos de este o aquel corredor famoso en el Tour.

Mi traslado a Francia, con dieciocho años marca un punto de inflexión entre el hombre y la bicicleta. Corría el  1962 y aquel año, como el anterior, el Tour lo había ganado Jacques Anquetil a quien siguieron: Plankaert, Poulidor y Bahamontes. Por aquel tiempo terminaba el duelo entre el “Angel de la montaña” -apodo que le habían puesto al Luxemburgués- y Federico Martín -nuestro ídolo- a quien conocíamos como el “Águila de Toledo”. Fueron tremendas y sonadas las pugnas entre los dos grandes escaladores que les llevarían a ganar el Tour; el primero en el cincuenta y ocho y el toledano un año después siendo el primer español que conseguía la hazaña por delante de Anglade y Anquetil.

A la organización se les había ocurrido poner como crono escalada el Puy de Dôme, en La Auvernia, y el Águila desplegó sus alas y en vuelos altos y rasantes llegó hasta el Parque de los Príncipes ante la perplejidad del pueblo galo. Dos franceses no habían podido con un hispano y al igual que Napoleón, tenían una mancha en el ropaje. Habían participado diez selecciones nacionales con 12 integrantes cada una de los que sólo  llegarían a París sesenta y cinco corredores. Otros tantos valientes que se fueron dejando alma y cuerpo entre las zarzamoras de las carreteras pero, al fin, habían logrado llegar a orillas del Sena.

Luis Balagué, Celso Peyroux

Mi primer salario, como aprendiz de albañil, en Burdeos, fue para comprarme una bicicleta a plazos, de la marca Verdeun con la que me entrenaba casi a diario por las llanuras de La Gironda. Me parecía que aquello era pan comido y muy pronto encontré un circuito con una gran cuesta de dos kilómetros de larga conocida como la “Vieille Cure”.

En aquel circuito -que subía a la cumbre de otero de Floirac- se celebraba todos los años el “Gran premio de Cenón”, en el que participaron Bahamontes y Julio Jiménez. En el 1964 obtuve la licencia de aficionado en la FFC, encuadrándome en el club “Verdeun-Sonneclaire” donde corrí varias pruebas como aficionado llegando a ganar una en Arcachon sobre un recorrido de 72 Kilómetros.

Desde entonces he asistido al paso del Tour por Burdeos (la ciudad que más veces lo acogió), los Pirineos, Bayona, Pau, Toulouse, el Puy de Dôme y París. Eran días emocionantes cuando destacaban en el pelotón el maillot amarillo y azul del “Kas”, uno de los equipos más fuertes durante muchos años en el que militaron Vicente López Carril y el Tarangu. En el 1966 -retornando a España para hacer la mili- conocí a Luis Balagué con quien mantuve, durante algún, tiempo una grata amistad. (Luisín, si nos lees, un fuerte abrazo y entrañables recuerdos).

Después de la epopeya de Bahamontes y Julio Jiménez llegaría la de Luis Ocaña con el equipo Bic en el que también militaba Balagué. “El español de Mont-de-Marsan” ganaría el Tour de 1973 -en un gran duelo con Eddy Merckx-, vencedor , al mismo tiempo, de seis etapas en cuya edición el Tarangu obtendría la tercera plaza. Un año después, el tercer puesto sería para López Carril (campeón de España de fondo en carretera), tras Merckx, Poulidor y el abandono de Thévenet, desafiando a todo un Eddy Merckx en la subida al Plan-Lanchat donde logró la cumbre seguido de Galdós y Aja.

Bastante tiempo después de las gestas de Eddy Merckx (uno de los más grandes), Raymond Poulidor (Pou-Pou, el eterno segundo), Thévenet,  Van Impe, el reinado de Bernard Hinault (con cinco Tours ganados, al igual que Anquetil y Merckx), Fignon y Roche, llegaría la victoria de Pedro Delgado en el 1988. Cuando todos nos sentíamos tan felices con su posible victoria en los Campos Elíseos, luego de vestirse de amarillo en el Alpe d’Huez –en una etapa sin cuartel con Theunisse-, la prensa francesa se hizo eco de un infundio con muy malas entrañas deportivas, acusando a Perico de un control de dopaje positivo contraído en Villard-de-Lans o en Guzet-Neige.

Aquello serían diez minutos de penalización y la pérdida, sin duda, del Tour. Se derramaron en Burdeos –mi querida ciudad- más lágrimas que vino entre el estupor, la cólera y el miedo a que aquella patraña lograra desbancar al segoviano. Todo había sido un comic de mal gusto que al final quedó desmontado para júbilo del “coureur souriant” y de todos sus seguidores.

 Transcurriría un paréntesis de dos años con el americano Lemond y los Chiappucci, Breukink y Rooks… pisándole la rueda hasta que nos volvemos a vestir de amarillo con las cinco victorias seguidas de Miguel Induráin que marca con sus hazañas la gloria del ciclismo español. Duelos mantenidos con Bugno, Pantani, Virenque, Zulle, Riis… de los cuales salió victorioso en todos. Dos Giros de Italia, un campeonato del mundo C. el R. y el oro en los Juegos olímpicos de Atlanta contribuyen a otorgarle el título del mejor ciclista español de todos los tiempos.

Las victorias de Riis (anulada), Ullrich y el “pirata” Pantani dan paso al septenario negro y vergonzoso de un Lance Armstrong que, curado de su cáncer, veíamos en su fuerza renovada a un autómata de las carreteras. Lance destrozaba a sus contrarios y se nos mostraba como el gladiador invencible al tiempo que generaba una gran confusión en los seguidores del Tour. Y así fue. Nos había engañado a casi todos y su paso por el Tour es para correr un es-túpido velo de lo más opaco.

Regresan, en los últimos años, Contador, Sastre, Pereiro y un Samuel Sánchez que vuela en la montaña y no tiene la suerte que se merecía, para llegar a este Tour de 2013 –cien años después de la victoria de Garin- donde las espadas están en todo lo alto aunque huele a victoria de un hijo de la Gran Bretaña.

Pero el Tour, con todas sus grandes y gloriosas gestas pasó por momentos muy difíciles, oscuros y dolorosos. Graves accidentes de ciclistas y la muerte en la carretera de Simpson y Cassartelli son solo dos muestras de la dureza de una prueba concebida para titanes. De manera solapada, un mal día llegaron las drogas, el epo y las transfusiones sanguíneas para, con los años, convertirse en el negro caballo de batalla y el desprestigio de una prueba reina amada y ensalzada por unos y por otros. Los Virenque, Riis, Rico, Admunsen, Armstrong, otros… y el equipo Festina en bloque forman parte de las páginas oscuras que a punto estuvieron de acabar con la hermosa leyenda y la “grandeur” de la “Grande boucle”.

No es fácil resumir en estas líneas un siglo de la Historia de la prueba ciclista más importante y bella del mundo. Quedarán injustamente decenas de nombres en el tintero del olvido y gestas dignas de ser contadas por juglares. Duelos y cuerpo a cuerpo entre los hombres para recordar. Amistades y relaciones humanas que perduraron con los años. Directores deportivos que planearon triunfos y sufrieron derrotas. Toda una organización que mueve hombres, mujeres y millones de euros. Pájaras y desfallecimientos que dejan a los hombres inertes y sin aliento.

Cientos de incidentes y de anécdotas de guerreros indómitos que, a lomos de un velocípedo, luchan hoy -cien años después- tenazmente contra los elementos fundiendo su acero bajo la canícula estival o entre las heladas manos de la nieve como ocurrió este Giro pasado donde el Tarangu -en tiempos pasados, que fueron lo mejores- dejó escritas páginas heroicas. Pavés y brincos en las rutas del Norte; los lazos interminables del Alpe d’Huez; la Tramontana y el Mistral soplando enfurecidos por tierras de Camarga y Languedoc, los campos “vallonnés” donde vivió Cyrano de Bergerac o las vacas del “alpage” contemplando en el Tourmalet el sufrimiento humano.

El Tour de Francia quedará por y para siempre como la prueba deportiva de mayor esplendor en la que el ciclista se siente el ser más grande de una naturaleza que muestra a hombres y mujeres la senda para ascender por la secreta escala a la más alta cumbre. Au revoir.

Ver artículo en la Nueva España
El Tour, cien años de historia (1):

Ver artículo en la Nueva España
El Tour, cien años de historia (2)

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