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LA SENDA DEL OSO,
UN CAMINO A RECORRER

...Caminante, no hay camino,
se hace el camino al andar...
A. Machado

Silbaban a la entrada de los túneles y el humo blanco de sus cilindros hacía tiritar los avellanos. Resoplaban como bueyes en las duras pendientes y, en las mismas bajadas, les tiraban de las bridas para evitar que se desmandaran. Eran caballos de hierro que arrastraban vagones cargados de carbón, hierro y madera recorriendo, arriba y abajo sin descanso, uno de los parajes más bellos de la región: Los Valles del Trubia.

Tan recóndito y montaraz era el paisaje que los mismos osos, y otros animales salvajes, hicieron de aquellos lugares su país. Y así pasaron muchos años hasta que un día, la piqueta del hombre malo, levantó los carriles de las vías, destruyó los puentes y envió caballos y vagones al cementerio de los elefantes. Años más tarde -treinta y cuatro para ser exactos, pues tenía el tiempo sobre su piel marcada a hierro y fuego el año de 1964- martillo y paleta de otro hombre bueno -viendo la torpeza de sus antepasados- reconstruyó de nuevo la senda para deleite de los que aman el paseo apacible y las cosas bellas.

La Senda del Oso, así denominada, desde un punto de vista de reclamo y atracción turística, estuvo, en efecto, íntimamente vinculada al ferrocarril desde mediados del pasado siglo en que el ingeniero belga Gabriel Heim había proyectado por los concejos de Oviedo, Santo Adriano, Proaza y Quirós el enlace, por vía férrea, entre Asturias y La Meseta. Se consideraba el trabajo de campo muy afortunado pues, ante otras alternativas, se acortaban 40 kilómetros de vía; era, por otra parte, un itinerario de orden estratégico-militar; el desnivel del trazado era menor; los túneles se reducían a un número exiguo y en el orden económico se ahorraba un millón de pesetas.

Cuando el ambicioso proyecto estaba en su recta final y a punto de ser aprobados los mil millones de reales que suponía su trazado, surge de su casa solariega de Villamarcel de Quirós, don Bernardo Tiburcio Alvarez de Terrero y Valdés de Peón, más amo feudal de aquellos territorios que cacique singular o ambas títulos extranobiliarios al mismo tiempo. Lo cierto es que tan respetable terrateniente hizo añicos el paso del tren por los solares de los Bernaldo de Quirós y solo permitió un trazado de vía estrecha entre Santa Marina y Trubia con el fin de transportar carbón, los lingotes de hierro que producía la Fábrica Metalúrgica de Quirós ubicada en Torales y un coche para el transporte libre de viajeros para primera y segunda clase.

Al otro lado de la peña Sobia, el concejo de Teverga se unía a la ya avanzada e imparable revolución industrial asturiana, con diferentes empresas que ponen en marcha varios yacimientos mineros cuyo problema radica en el transporte del mineral. Corren los primeros años del presente siglo y en los Valles del Trubia, rompiendo con la tradición agropecuaria, hay una febril actividad entre lugareños y foráneos que se dedican al laboreo de las minas. Teverga necesita conectar con el tren para llevar a Trubia su mineral y tras el correspondiente permiso y unas costosas obras une Caranga con Entrago a través de bellos desfiladeros y numerosos túneles abiertos en la roca viva.

Son años de abundancia para los cuatro concejos hasta que, llegada la década de los años sesenta, surge la depresión de la actividad minera con el cierre de numerosas explotaciones y con ello el principio del desmenbramiento de la comarca y el éxodo rural hacia las urbes en busca de puestos de trabajo. Más de cinco mil almas abandonan los dos municipios más importantes de los Valles y se ven obligadas a emprender nuevos horizontes.

Desmantelado el ferrocarril de Quirós hasta Caranga, les toca el turno, en la primavera de 1964, a las vías que unen Teverga y Trubia por la irrisoria cantidad de cuatro millones de pesetas al tiempo que se cortan a soplete puentes metálicos, se desguazan locomotoras y vagones sin que nadie mueva un dedo por perdonar la estampa de uno de aquellos “caballos de hierro” que para rememorar los tiempos de los “hombres de la vía” se hubiera podido colocar como un monumento a su memoria.

La parte lírica y romántica quedaba una vez más postergada y hoy son todo lamentos y deseos vanos de regresar en busca del tiempo perdido. Sin embargo, quedarán, por los tiempos, páginas selladas con sangre y fuego, hierro y carbón impregnadas de la dura y dolorosa vida de quienes lucharon y penaron en el ferrocarril.

A la actividad industrial ferroviaria con sus convoyes desde Santa Marina y desde Entrago con los continuos “escapes” de las trenadas -al no responder los frenos a las ágiles intervenciones de maquinistas, fogoneros, frenistas y conductor que se arrojaban en marcha, viendo como el convoy se precipitaba al río-, se une la parte histórica protagonizada por los revolucionarios que por las vías de la Senda del Oso bajaron en varios trenes para unirse en Trubia a quienes, en el Movimiento Obrero de Octubre de 1934, luchaban por un ideal en busca de una mayor justicia social para todos.

Cientos de anécdotas, que se recogen bajo forma de relatos y leyendas forman parte de estampas vivas con los incendios que producían las chispas de los fogones de “La Numa”, “La Somonte”, “La Americana” y “La Gari” entre otras, cuando puestas sus calderas al máximo subían resoplando, como un toro enfurecido, por las empinadas rampas de Valdecerezales y Valdemurio. Cuentan los cronistas de los numerosos animales silvestres y domésticos que las locomotoras atropellaban y cómo los osos con sus pasos por sendas bien determinadas: Llaneces, Caranga, Olid y Peñasjuntas lamían las grasas de los convoyes en los bidones abandonados.

En el año 1991, el Principado de Asturias emprende, dentro de un Plan de Ocupación Juvenil, la transformación de la antigua plataforma del ferrocarril minero en una “Senda Verde” para usos turísticos, deportivos, didácticos y recreativos. Así, se pone en marcha una Escuela Taller que, acomete obras de medio ambiente, carpintería, construción-albañileria y turismo que perfeccionadas por una empresa solvente en este tipo de actuaciones la deja lista para abrirse al público tres años después.

A lo largo de su itinerario el caminante encuentra a su paso la iglesia prerrománica de Tuñón, el desfiladero de “Las Xanas”, el puente medieval y la iglesia románica de San Romano en Villanueva, el área recreativa de Buyera, el cercado donde viven en semilibertad Paca y Tola, dos jóvenes osas que hacen las delicias de los visitantes, La “Casa del Oso” de la Fundación Oso de Asturias, la torre medieval, el desfiladero de Peñasjuntas, precipicio “horriblemente hermoso” donde parece que las piedras se besaran, el desfiladero de Valdecerezales, ya en tierras teverganas, el palacio de los Condes de Agüera, La colegiata de San Pedro, Santa María de Villanueva y las brañas y los bosques de hayas que dan acceso a la Calzada Romana de La Mesa.

Hoy, a falta de que se lleve a término el total de su Plan de Uso y Gestión y otras actividades, la Senda del Oso es un camino de fácil recorrido que -a través de rocas, túneles, verdes pastizales, frondosos bosques y un río cristalino- une Tuñón de Santo Adriano - un concejo que recibe con los brazos abiertos al “Mercau Celta”, para recuperar nuestras raíces”- con una “Ventana de Asturias” nombrada Teverga, por tierras de Proaza cuajadas de historia y de leyendas. Cuatro leguas de paz y de sosiego donde el hombre recupera las mismas raíces de la vida, alejado del mundanal ruido de las urbes.

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