Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular

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Piedras y sombras
La guía de la colegiata de San Pedro y del patrimonio
Histórico-artístico del concejo de Teverga

Prólogo
El inimaginable, por maravilloso, paisaje de Teverga exalta el ánimo de quienes tienen la dicha de contemplarlo; y ningún otro, como la Peña Sobia, ambientaría con mayor grandiosidad el edificio venerable de nuestra muy antigua Colegiata de San Pedro.

Cuando, en el año 1948, impulsé yo a mi recordado maestro Helmut Sachlunk, arqueólogo insigne, para que conociese y observase este por entonces olvidado monumento, fuimos juntos a visitarlo: y él, admirado ante tan importante fábrica, me brindó la oportunidad de realizar entre los dos un detallado estudio y me “dio la alternativa” al publicar el resultado, firmado por ambos conjuntamente, en la revista “Archivo Español de Arte” de Madrid, en 1951. Y, desde entonces, yo fui, y sigo siendo, un permanente enamorado de San Pedro de Teverga y de los valles que lo rodean.

En consecuencia, yo no puedo, ni debo, ni quiero negarme a prologar este nuevo trabajo. Nunca me atrevería por iniciativa mía a escribirlo; pero, a petición de su autor, amigo y colega como Cronista de un ilustre concejo de Asturias, el gran tevergano Celso Peyroux, no sólo acepto sino que lo hago gustoso, aunque comprendo que es persona ya bien conocida y valorada por sus anteriores publicaciones expresivas de sensibilidad y amor por su tierra hermosa, distinta e incomparable, como cualquier otra de las que conforman nuestro bienamado terruño astur.

Siempre he admirado y envidiado a quienes tienen el coraje de dar a conocer el solar donde han venido a este mundo con la elegancia de saber describirlo de tal manera que quienes tengan la fortuna de leerlos se sientan suficientemente atraídos como para llegar a visitarlo y poder así disfrutar personalmente de las ensoñadoras sensaciones que nuestros paisajes de Asturias ofrecen.

Por todo ello, felicito muy cordialmente a Celso Peyroux, Cronista de Teverga, a la vez que le agradezco la propaganda que, por medio de su bien tajada pluma, ha de conseguir para uno de los más singulares templos del Arte Románico Primitivo en toda España -único en su género- como es la Colegiata de San Pedro respaldado por la impresionante albura de la Peña Sobia, y que se conserva casi como fue erigido a mediados del siglo undécimo, salvo la discreta modificación dieciochesca de su cabecera.

PIEDRAS Y SOMBRAS ha de ser una excelente guía en la que el visitante encontrará el dato preciso, la vida y la historia de nuestra Colegiata y de otros monumentos y lugares típicos de los valles teverganos y del resto de la comarca.
Joaquín Manzanares Rodriguez-Mir
Cronista de Asturias

Introducción

Son estos valles del solar tevergano unas tierras privilegiadas en clave de silencio y de serenidad donde la naturaleza -abierta de par en par- ha sido generosa mostrando los hábitos más bellos con las que cuenta para vestirse de gala. Desde las vegas del llano hasta sus altas cumbres, esta “Ventana de Asturias”, situada en el mediodía de la región, ha dispuesto sus huertas y pastizales, vallinas y laderas, bosques y frondas, peñas y montañas, sendas y caminos, aldeas y pueblos, torrentes y cascadas, arroyos y ríos con tal gusto y armonía, que se asemeja a uno de esos “belenes” navideños donde el deleite exquisito de su creador raya en la cuasi perfección.

Así, con todos estos componentes, resulta fácil para que un cálamo fino y diestro en el arte de escribir deje impresas páginas de delicada textura literaria y las hábiles manos de un pintor plasmen, con la alquimia de sus óleos y acuarelas, el cúmulo de sutilezas que recogen sus pinceles en cualquier época del año: a la gama de verdes de las praderías, las enramadas, las menudas vegetaciones y el variopinto abanico del urogallo, en el milagro prodigioso de la primavera, se le unen los colores cromáticos de las hojas en el otoño, pasando por los amarillos de la yerba y el azul del cielo en el verano y el blanco de las montañas y de los valles cuando el invierno extiende con sus manos ateridas su blanco manto.

A este entorno natural ¾que ya de por si representa uno de los más bellos atractivos que ofrecen estas tierras¾ se une su valioso patrimonio etnográfico e histórico-artístico y cultural que ha ido acumulando, a través de los tiempos, haciendo que este concejo goce de un prestigio entre los estudiosos e investigadores de la historia del arte, dándole una dimensión universal por los vestigios que jalonan su territorio. Una herencia ésta legada por nuestros antepasados que estamos obligados a difundir y defender para pasarla en su integridad a las nuevas generaciones.

Para ello, las diferentes Administraciones han de incorporar a sus partidas presupuestarias un capítulo asignado a la recuperación y mantenimiento monumental, tal y como se viene haciendo en estos últimos años en La Plaza, Prado, Riello, Campiello, Carrea y Villanueva, en materia de conservación del entorno natural y la señalización de sendas y caminos entre otros imperativos.

A esta riqueza merece su incorporación, en un capítulo aparte, la amplia bibliografía que describe el concejo en todas sus disciplinas desde la geología hasta la botánica pasando por su historia, lengua, costumbres, geografía, folklore, arqueología y textos literarios que recogen la vida, la esencia de sus raíces, sus circunstancias y sus señas de identidad en prosa y lírica siendo, sin lugar a dudas, uno de los concejos asturianos más novelado tal y como se verá en las páginas que siguen.

En esta ocasión ¾de igual manera que en otros libros se ha dado a conocer las materias que acabamos de señalar¾ esta guía cultural y turística pretende acercarnos, de manera somera, a las PIEDRAS Y SOMBRAS que el hombre ha ido edificando, con el correr de los años, desde que aparecen los primeros indicios y huellas hasta nuestros días, centrando el trabajo en la Colegiata de San Pedro toda vez que se trata de la edificación señera y emblema, por antonomasia, de toda una comarca declarada “monumento nacional” desde los años treinta.

No obstante y para darle más amplitud de conocimientos al visitante hemos creído oportuno incluir otros datos de interés y una breve información básica sobre diferentes elementos del patrimonio histórico-artístico así como lugares recónditos y sendas, pues quien visita la Colegiata gusta, a lo largo del día o de su estancia, recorrer otros rincones del municipio.

No resulta difícil asegurar que los primeros vestigios de nuestro patrimonio histórico-artístico que aparecen en el concejo son las pinturas rupestres de los denominados “Abrigos de Fresnedo” cuyos dibujos, pertenecientes a la Edad del Bronce, han sido catalogados dentro de la tradición pictórica del arte “esquemático”. A estas pinturas se añade el hacha de “combate” del Fondadal, encontrada por un lugareño en el puerto de Marabio perteneciente también a esta época y los túmulos sepulcrales que aparecen en varios lugares del municipio que, aunque se atribuyen al periodo Neolítico, todo parece apuntar que pertenecen a la Edad del Bronce entre el tercer y segundo milenio antes de Cristo.

En la evolución de las edades es necesario dar un largo paso en el tiempo para adentrarnos en la época prerromana donde los estudiosos han encontrado huellas de castros o citanías que construyeron los pueblos celtas para protegerse de sus enemigos edificados en terrenos abruptos. Así, en el territorio tevergano se han catalogado cuatro a partir de la toponimia, cuyos nombres han sido recogidos en la lengua popular: “El pico la Pena” (Barrio), “La Cogotsa” y “La Cogotsina” (Castro) y “La Garba” en el pueblo de Berrueño.

Ya en la época romana se puede considerar, aunque con reservas, que el denominado “Camín Real de la Mesa” que, desde Torrestío (Babia leonesa) hasta Noega (Gijón) pasando por Dolia (Grado) fue construido en tiempos del emperador Augusto y utilizado como senda de herradura y carruajes hasta bien entrado el siglo XIX. Por esta senda también caminó Jovellanos, a finales del siglo XVIII, para llevar a cabo los estudios de campo que más tarde plasmaría en sus “Diarios”.

Algunos topónimos como el de Petrajovis (piedra de Júpiter) nos hace pensar en su relación con el imperio como el que aparece en el pueblo de Campos donde, aunque no quede vestigio alguno, se supone la existencia de una villa romana que, denominada Cartiana, habría de dar nombre al valle de Carzana.

Ahora si, la ausencia de datos y vestigios de toda la Edad Antigua y el Alto Medievo nos obliga a trasladarnos al siglo IX donde comienzan a aparecer los primeros monasterios que se construyeron en Teverga. En Barrio se nombra el de Santa Marina fundado por los monjes benedictinos en el 86O (?) y, algo más tarde, el de San Pedro en La Plaza.

En el transcurso de la novena centuria van apareciendo también el de San Justo en Páramo, el de Santa Eulalia en Torce, el de San Cristóbal en Cuña y San Vicente en Presorias de los cuales no queda huella alguna y solo un documento fechado el siete de marzo de mil ciento veintidós que hace alusión a Tebrega, uno de los muchos nombres que ha tenido el concejo a través de los tiempos.

En cuanto a construcciones militares de la Edad Media, ha de ser este mismo documento quien haga mención al Castillo de San Pedro, que poco después se le denominaría de Helesga, construido sobre un promontorio en el actual San Salvador de Alesga, cuyo nombre sirve para denominar el ámbito de su territorio. Esta fortaleza dominaba, de manera estratégica, el valle y sus restos en ruina nos dan idea de lo que fueron sus elementos esenciales.

La fortaleza de Miranda, por su parte, estuvo situada en uno de los riscos que forman la llamada Peña del Castichu Miranda en la divisoria de los valles de Valdecarzana y Valdesantibáñez que al no conservarse ningún resto impide determinar cual era su estado inicial. El castillo de Monreal había estado enclavado en la sierra del mismo nombre en un lugar perteneciente a la parroquia de Santa María de Villanueva; castillo, según un documento del año Mil ciento setenta y uno que sería donado, junto al de Miranda, por Fernando II y la reina Urraca a la catedral de Oviedo.

En este mismo apartado, aparecen ¾según el profesor José Luis Abello¾ otros dos castillos de menor importancia cuales son el de Orcechón, en términos de Fresnedo y el de Barrio ubicado en un crestón calizo en la pradería de Tresauro. De ambas edificaciones no queda vestigio alguno. Así pues, los castillos más relevantes del territorio tevergano, en la época medieval, fueron los de Alesga y Miranda, mientras los tres últimos hay que relegarlos a meras atalayas dependientes de los anteriores.

Para estas fechas ya habían sido construidas las iglesias de San Miguel en La Plaza, la de Santo Tomás en Riello, la ermita primitiva de Carrea, hoy santuario de la Virgen del Cébrano y la de Santa María de Villanueva, como lo fueran la de Santo Adriano de Tuñón (prerrománica), San Pedro de Arrojo, en Quirós (S.XIII) y la de Banduxo en Proaza (románica), a lo largo de los Valles del Trubia.

En los siglos XVII y XVIII vamos a acudir a la gran eclosión de la arquitectura civil, eclesiástica y rural con una vasta gama de diferentes construcciones que se van a ir edificando unas y remodelando otras en distintos lugares del municipio. En efecto, por los cuatro concejos en los que, en aquellos tiempos, estaba configurada Teverga, desde un punto de vista administrativo: Valdesampedro, Valdecarzana, Valdesantibáñez y Páramo de La Focella, se construyen iglesias o campanarios, casas de alcurnia, ermitas, puentes, molinos hidráulicos, hórreos, paneras y se edifican o se rehacen construcciones en las brañas o majadas que toman la forma de corros y teitus.

Los primeros, construidos completamente en piedra son edificaciones circulares y techo abovedado, que guardan reminiscencias celtas. Los segundos se trata de construcciones de cuatro paredes, también en piedra, con la techumbre vegetal entramada por piornos y gromos ambas destinadas a cabañas pastoriles bien para ser ocupadas por personas o animales domésticos durante la época estival.

Es necesario señalar que los hórreos, molinos y las construcciones en las majadas aparecen en documentos fechados en el siglo XV con variantes en cuanto a materiales empleados. En esta época la techumbre de ambas construcciones eran tanto de paja como de teja.

De estos años son características las espadañas de algunas iglesias como las de Santianes, Riello y el Cébrano en cuya época también se edifican, una buena parte de las capillas y ermitas que jalonan los valles y las cumbres del concejo; aunque las hay que permanecen en buen estado: La Milagrosa de Entrago, Santa Ana en Marabio y Santa María Magdalena en La torre, la del palacio de los Tuñón en Prado, hoy, algunas de ellas, se encuentran a mitad abandonadas, en ruinas y otras completamente desaparecidas: Santo Medero de Bárzana, Santa Marta (derruida por las explotaciones mineras), San Miguel de Cuevas, la de Santa María Magdalena, en las inmediaciones de la braña de Fonfría, San Andrés de San Salvador de Alesga (hoy es un establo), Santa Cristina (con sus piedras se edificó un establo), San José de Cuña, Santa María de Pando de La Focella (sobre sus últimos vestigios se colocó una columna para el tendido eléctrico), San Antonio de Hedrada (con sus piedras se construyó un establo), El Carmen en Villamayor (su altar e imágenes fueron llevados a Tameza), La Virgen de Las Nieves en La Villa de Sub, El Espíritu Santo-Santa Apolonia en Sobrevilla, El Santo Ángel en Fresnedo, la de Lourdes en Monteciello, la de San Martino de Las Arenas (donde se levanta la actual Casa Consistorial), la de San Bartolomé en Llamas, la de Santiagio (en Cuacartel, puerto de Marabio, al lado por donde pasa la antigua Calzada Romana en su bifurcación de Cueiro), la de La Monxal (con sus piedras se hizo un horno), la del Niño en Riomayor..., por solo citar aquellas de las cuales se tienen referencias escritas o recogidas de la tradición popular.

Creemos oportuno dejar constancia de los oratorios, también conocidos por humilladeros (Nuestra Señora del Humilladero) construidos en piedra al lado de los caminos que en Teverga se conoce con el nombre de “michadorius”. En Teverga se encuentran varios topónimos que dan muestras de estos lugares de paso para la plegaria: Marabio, Urria, La Focella, Taja...

En cuanto a las casas solariegas, el concejo tiene un importante patrimonio datándose la más antigua en el siglo XV, perteneciente a las familias de los Quiñones-Valcarce, situada en Campiello; la de Taja, cuyo escudo heráldico no hemos podido descifrar, la de los Miranda-Flórez de Villamayor y la de la Monxal, cerca del pueblo de Castro, el palacio de los marqueses de Valdecarzana situado en San Martín, la Casa de los Somoza en Cuña en cuyo escudo de armas campea la leyenda: “El somoza con la maza/ con los moros se embelena/ muchos de ellos despedaza,/ las doncellas desempena”, la casa de los Prida, en Fresnedo; la casa de Tuñón en Prado y la de los condes de Agüera, situada en Entrago que es, sin lugar a dudas, la mejor conservada y ubicada en lo que fuera, en siglos anteriores, una casa-fuerte.

Los puentes de piedra, los vamos encontrando en San Martín, La Plaza, Santianes y Entrago (derruido a principios de siglo para construir uno nuevo) y los molinos, hórreos y paneras en todos los pueblos y aldeas, considerándose todas estas construcciones unidas, a las de las majadas de los puertos de montaña, junto a los enseres, herramientas y útiles de labranza, un valioso patrimonio rural digno de conservar en cada uno de los núcleos de población del municipio.

Dentro del contexto de las ermitas, capillas e iglesias es necesario tener en cuenta los altares, casi todos ellos de estilo barroco y la abundante imaginería que se nos presenta de diversas épocas y, por ende, de variados estilos. Todas las edificaciones eclesiásticas disponen de numerosas imágenes, labradas, la mayor parte de ellas en madera tosca, pero de una gran belleza por su mimetismo o la policromía de la talla. Las hay singulares de tal suerte que entre ellas los parroquianos las denominan el santo o la santa “feo” o “fea”, realizando interpretaciones donde la erótica y la picaresca popular juegan un gran papel.

Caben destacar las imágenes de la Virgen del Cébrano, como talla románico-bizantina del siglo XIII, el Cristo crucificado del altar mayor de la colegiata de San Pedro con su estilo románico tardío y las tallas barrocas de La Dolorosa y el Nazareno pertenecientes a la misma iglesia y las que se conservan en el pequeño museo parroquial. Dentro de este capítulo cabe señalar que al margen de pintores locales, como Santiago García Fuente, Castor Cañedo y Pura Madariaga las obras de las bellas artes, en cuanto a pintura y escultura se refiere, no son muy abundantes.

Mariano Moré deja un lienzo de muy buena factura plasmando la Peña de Sobia y Nicanor Piñole hace lo propio con algún paisaje tevergano. En lo escultórico destaca el busto del Doctor Antonio García Miranda, realizado en piedra por Victor Hevia y el del ingeniero Santiago García Fuente llevado a cabo por Luis Antonio Sanguino, en bronce y perteneciente a una colección familiar.

El concejo tevergano presenta un amplio abanico de recursos que la naturaleza y el hombre dispusieron en sus valles legando una inigualable herencia que hemos ido heredando a través de los tiempos. A esta herencia de bienes, unos colectivos y otros privados, sus habitantes y autoridades no pueden quedar impasibles y urge que en la edad escolar niños y adolescentes sean sensibilizados por sus profesores para que ellos la cuiden, la preserven y la den a conocer.

En este aspecto, y como lugar de comunicación ¾hoy multi-media¾, desempeñan un papel importante los museos etnográficos ¾tal y como ha solicitado en varias ocasiones este cronista¾ que se están creando en varios municipios mientras el nuestro, pionero en muchos otras temas, se queda descolgado por desidia, falta de presupuestos y de una comisión de cultura municipal que, con un ápice de sentimientos antrópicos, vele y difunda los valores ancestrales del municipio.

Remover las aguas de la Historia no resulta ¾sin que en esta apreciación haya visos de justificarse¾ una labor ardua, aunque a primera vista parezca lo contrario. Le basta al estudioso, incluso al profano en la materia, acercarse a las bibliotecas, archivos y hemerotecas para tener en las manos, o en los métodos avanzados de la microfilmación, legajos de papeles, documentos, manuscritos y hasta un pergamino empolvado escrito y dibujado, con delicadeza y finura, por un amanuense escribano.

La visita se complica cuando hay que interpretarlos y del estanque, donde permanecía amansada la linfa de los tiempos, dar curso a un arroyo que nos vaya dejando, de manera diáfana, el paso de los eventos históricos. Y es que, esta labor no se consigue siempre muy a pesar de una buena voluntad, de sacrificios y de estudios. Por otra parte, no es fácil poner de acuerdo a los investigadores por muy minuciosos que hayan sido sus trabajos.

Al igual que la complejidad del hombre, así pueden llegar a ser sus interpretaciones exegéticas, consideraciones y posturas sobre el dato, el lugar, el tiempo y el espacio que versan sobre el tratado que realiza. El historiador y quienes investigan en diferentes materias y disciplinas recurre, para su trabajo al dato y a otras ciencias y estudios para llegar a la redacción de sus trabajos con resultados que difieren, al final, unos de otros según la apreciación o interpretación que se le haya dado.

Así vemos las diferentes hipótesis sobre el nombre del concejo: Teverga de “tres vegas” o “tres valles” por la constitución geomormológica del territorio; Teodoverga, Teberga (scribit nobis regina Teberga) y Emenberga cercano a nombres de mujeres; Tibérica por su aproximación al nombre del emperador romano Tiberio (in ualle tebricense) o la acepción, que más se ajusta, compuesta con dos vocablos celtas: “teut” y “briga”, pueblo fortificado bien por sus montañas o por alguna fortaleza.

Algo similar ocurre cuando se estudian topónimos para la localización de castros o castillos a través de las palabras populares: “sopalacio” “castietsu” o “castitsu”, o para la designación de yacimientos arqueológicos prerromanos o medievales como ocurre con el “castiechu” en las proximidades del pueblo de Barrio, tal y como queda dicho.

Así, consideramos que al escribir sobre PIEDRAS Y SOMBRAS no hacemos más, en este libro, que plasmar unas y otras interpretaciones ¾de manera aséptica¾ tal y como las hemos recogido de aquellos que fueron abriéndonos las sendas y poniendo luz sobre los acontecimientos históricos.

La presente guía no pretende ser un tratado de investigación pues algunos meritorios trabajos, llevados a cabo por especialistas y estudiosos en la materia, han quedado elaborados en años anteriores, tal y como veremos en la bibliografía que acompaña el libro. Se ha intentado, en las páginas que siguen, elaborar un manual, con el rigor que siempre hemos tenido a la hora de abordar cualquiera de las disciplinas que sobre el concejo tevergano venimos escribiendo desde hace ya más de treinta años.

No obstante, además del dato riguroso, donado por los especialistas y de la anécdota popular, la labor de recuperación de textos e indicios, por ínfimos que fueran, acerca del tema que nos ocupa, los trabajos de campo y la redacción del libro ha sido ardua. En este sentido se ha intentado darle una textura suelta y diáfana en la exposición de los textos para acercarla más al lector recreándolo al tiempo que se le ofrece una versión veraz.

No se intente en este libro buscar concesiones a la retórica ni al preciosismo; tampoco un trabajo profundo y exhaustivo pues en lo primero, este tipo de publicaciones no se prestan para tales fines y, por otra parte, sería pretencioso y una aventura, jamás conocida, intentar condensar en tan solo a penas un centenar de páginas la Historia y la Vida de un templo y de sus alrededores (abades, canónigos, arquitectos, artistas, dueños y señores, protectores, plebeyos, esclavos, litigios, ventas, donaciones, cartas de pago, envidias, engaños, robos, ultrajes y otras miserias de los humanos) que lleva casi mil años de existencia.

Teverga, desde principios de siglo ha sabido combinar, en su trabajo cotidiano, las labores del campo y de la mina. Aquí han llegado a convivir más cinco mil ciudadanos y, a lo largo del siglo que estamos concluyendo, fueron estas tierras generosas con sus habitantes por la producción del carbón, la madera y la ganadería. Ahora, una vez cerradas las explotaciones mineras, se hace necesario buscar otras fuentes y otros recursos para paliar el grave deterioro social y económico en el que está inmerso el concejo.

El turismo, sin que llegue nunca a ser una alternativa a los tiempos de abundancia, se perfila ¾por todos los alicientes ya señalados que presentan estos valles¾ como un atractivo para los visitantes y una base económica para quienes, en el amplio campo que puede desarrollar el “Turismo Rural”, encuentren una salida a su vida laboral.

PIEDRAS Y SOMBRAS forma parte de una trilogía de guías sobre el concejo de Teverga y sus alrededores: Teverga, Ventana de Asturias y La Calzada Romana de La Mesa, que fueron declaradas como “Premio Nacional de Interés Turístico” por el Ministerio de Comercio y Turismo.

Esta tercera entrega se presenta como un sencillo manual de bolsillo, en el que el visitante y el estudioso de las bellas artes encontrarán no solo la historia y las bellezas arquitectónicas que presenta la Colegiata de San Pedro, sino también los hilos conductores que le llevarán por otras sendas y caminos del concejo como una ayuda para su interpretación, su alojamiento, su tiempo libre y datos de interés.

Una guía, en suma, para que le ayude a conocer estas tierras y se lleve un recuerdo que perdurará para siempre en la memoria.

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