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NERUDA, CARCEDO Y EL BARCO DE LA ESPERANZA

Celso Peyroux

Artículo publicado en
La Nueva España,
19 de marzo de 2006

A Joaquín Uría Sanjosé, vicealcalde del
hermoso concejo de Morcín (Asturias-España)
con quien tanto quiero.
A la memoria de Pablo Neruda, Paul Eluard, Rafael Alberti,
Horacio F. Inguanzo "El Paisano"
en el X aniversario de su muerte,
Benigno Delmiro, Juan Rionda
y a otros buenos comunistas que en el mundo han sido.

Es como un bello relato histórico con miles de protagonistas: hombres, mujeres, niños, un poeta llamado Neruda y un barco lleno de esperanza de nombre el "Winnipeg". Todos ellos salieron un día caluroso del verano de 1939 para surcar, a bordo de un carguero francés, las aguas del estuario de La Gironda -alimentadas por el río Garona, curiosamente nacido de un manantial del Pirineo español conocido por el "Agujero del Toro"- y luego el proceloso océano Atlántico y las aguas mansas del Pacífico hasta llegar al final de su singladura en tierras chilenas.

"Pablo Neruda caminó arrastrando la pierna escayolada hasta el aguamanil que tenía en el despacho, en su nueva residencia de Isla negra...", Así comienza el periodista y escritor asturiano, Diego Carcedo su última entrega, bajo forma de ensayo con un título que dice en la carátula "Neruda y el barco de la esperanza (La historia del salvamento de miles de exiliados españoles de la Guerra Civil)" editado por Temas de hoy en la colección "Historia viva".

Interesado por todo cuanto fue la Guerra Civil española, escuchando relatos y versiones por ambos bandos y conociendo de cerca a quienes habían combatido y se exiliaron a Francia para salvar la vida, "confieso que he vivido" durante varios años en tierras de Burdeos y nunca nadie me había hablado de la aventura del "Winnipeg". Una hermosa carga humana que llevaba el viejo buque a bordo en un viaje donde los vientos iban desgranando los versos de un capitán llamado Pablo Neruda: "...mírame por el mar, que voy radiante,/ mírame por la noche que navego,/ y mar y noche son los ojos tuyos..."

Cierto que más que lugares de internamiento y de reclusión, fueron campos de concentración de los que aun dan fe los pocos ancianos que sobreviven al"fil de fer" (los alambres de espinos) donde fueron recluidos a su llegada a Francia huyendo de la muerte. ("En los campos -escribe Carcedo- las enfermedades eran frecuentes).

El frío, la falta de higiene y la veda a la intemperie era causa permanente de gripes, resfriados y neumonías.") Días y meses penosos de familias separadas, la angustia de los que quedaron en la patria; la muerte del poeta de Tierras de Castilla y Soledades en Collioure del Mar: "Estos días azules y este sol de la infancia", D. Antonio Machado siempre en el recuerdo. Luego la esperanza -"...Crepúsculo marino,/ en medio de mi vida..."- de volver un día al solar natal o de buscar anchos horizontes pero siempre con la muerte en las espaldas y la libertad suprema que no llegaba nunca.

Tras no pocas gestiones y sobreponerse durante varios meses a todo tipo de problemas, Pablo Neruda -cónsul especial para la emigración española, con sede en París- solicitó al presidente de su país la ayuda para evacuar a varios centenares de españoles y acogerlos en tierras chilenas para emprender una nueva vida.

Reparado y acondicionado el barco, más de dos mil pasajeros subieron a cubierta y un 4 de agosto de 1939 el Winnipeg surcaba el estuario y, doblado el "Bec d'Ambés" se hacía a la mar abierta: "...Junto al mar en otoño,/ tu risa debe alzar/ su cascada de espuma...".

Sobrepasadas Las Azores con escalas en Isla Guadalupe, canal de Panamá y Arica -en tierras chilenas- el barco de la esperanza llegó a su última singladura en Valparaíso: "...porque en tu pecho austral/ están tatuadas/ la lucha,/ la esperanza/ la solidaridad/ y la alegría/ como anclas/ que resisten/ las olas de la tierra."

Atrás quedaba el dolor y la tragedia. La patria mancillada, rota y dividida en un charco de sangre; la muerte ante el paredón de un camposanto, contra el tronco de un castaño o en la sima de un pozo minero. La reclusión, la sed, el hambre y las enfermedades de los campos franceses. Más tarde, sería el horror nazi de otros campos aun peores, luchando en las trincheras o formando parte de la "Resistance" y, en fin, con la entrada de los aliados, la libertad, la paz y los ojos vueltos hacia España como los había vuelto el caballero Roldán en Roncesvalles mientras yacía abrazado a su espada Durandal.

En esta noche en que escribo estas líneas y cae la nieve menuda y pausada no "puedo escribir los versos más tristes..." porque ya han sido escritos por el maestro chileno de la paz y la palabra. Pero si dar las gracias como Rafael Alberti se las dio porque si "ambos estaban unidos -escribe Carcedo- por mucho más que por el genio de la poesía que compartían con admiración recíproca", el poeta gaditano -que fue siempre un marinero en tierra- supo agradecer el noble gesto de solidaridad de quien escribió "Los versos del capitán" del Winnipeg:

-¡Gracias, Pablo! -le dijo Alberti, golpeándole cariñosamente la espalda- Algún día España te lo agradecerá. Lo que has hecho no se puede olvidar.

Gracias Diego Carcedo -compañero del alma compañero- por regalarme la lectura de este bello y documentado ensayo que de no se por ti se hubiera quedado para siempre en los anaqueles de la Historia. Había recorrido -siendo adolescente y llevándome la vida por delante- una y cien veces las riberas del Garona, pero ni sus aguas, ni el silbo del viento, ni los estibadores del puerto de Bacalán, ni el pescador sin nombre me narraron nunca tan hermosa historia.

La historia jamás contada. "...Mi corazón que baila con espigas.../ mirando (...) hacia el mar, hacia el viento de la isla/ y cómo yo en tu sueño navegaba/ libre en el mar y en el viento..." (...) que las "Aves de Chile huracanadas..." -cóndores del altiplano y albatros de las brisas marinas- lleven en sus picos y en sus alas este humilde mensaje de paz, esperanza y gratitud al pueblo chileno. Vale.

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