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NECROLÓGICAS
DESDE TEVERGA CON LOS MÍOS

Celso Peyroux.

Con todos los respetos y el recuerdo hacia algunas de las personas que durante el año que acaba de finalizar fallecieron en Teverga y hacia sus familiares por el dolor y la ausencia, quisiera retener los nombres de gentes que me fueron muy queridas y que siempre perdurarán en mi memoria. Rostros y sonrisas que ya nunca más volverán a verse. Imágenes y palabras que quedarán hasta el final de los días en el lugar más insospechado de estos valles: en la ribera de un río, entre los castaños de un bosque, en la cumbre de una de nuestras peñas.

Fue este año pasado un año duro a causa de una enfermedad ocular que persiste y la puesta a punto de un libro en el que nos fuimos dejando, unos y otros el alma entre las zarzamoras del camino. No obstante, no quisiera faltar a una cita anual y dejar constancia de mi afecto hacia los míos. Con Cándido Lana, de Valdecarzana, me unía una profunda amistad. Tantas mañanas aprendiendo a cultivar y poner amor en las primicias de la huerta y en los árboles frutales. Tantas tardes escuchando su voz de patriarca narrándome los aconteceres de la historia y la vida de nuestra tierra natal. Él había sido empleado del tío Santiago, por varios lugares del país, y siempre recordaba los gratos momentos pasados al lado del inolvidable ingeniero.

Cándido era de casa. Me dolió la muerte de Teresa, la viuda de José, el carnicero. Vecinos en los últimos años era una mujer entrañable que siempre tenía una mirada y una palabra de aliento y de ánimo. Esposa, madre de una familia numerosa, muchas veces esclava. La vida no fue fácil para ella. La recuerdo de niño en su humilde casita al lado del viejo camino de herradura que conduce a Sobrevilla desde Monteciello. Mujeres de una pieza. De una estirpe que se acaba. Mujeres irrepetibles. Francisco Alvarez, "Paco de La Torre", también formaba parte de la estirpe aludida. Hombre polifacético y de fácil y bien tajada pluma: ora maestro, ora corresponsal de prensa de LA NUEVA ESPAÑA en Grado, ora poeta, ora cronista, ora guía cultural de la colegiata...

El amor a esta tierra le llevó a escribir delicados versos que se recogen en dos bellos poemarios que cantan y glosan su amado solar. Recordaré siempre su menuda silueta caminado por La Pedrera al lado de su pitillo inseparable. Sus poemas y su amistad los guardaré, amigo, como algo entrañable que formará siempre parte de mi. Había nacido para músico. De esos niños para los que el silbo del viento es ya una partitura: Manolo Quirós, Floro, el de Regina, Belarmo, el de Campos, Adolfo Fuxó, Juan Huerta, Julio Lospiciano, Juan de Cuña, Rogelio Quintanal, Julio, el de Fresnedo, Juanín Suárez del Toral, Serafín el de Drada, el tenor Tono Brañas, José, el de Cansinos, modelo de la canción vernácula... y Jesús, el de Las Garbas.

Era yo un niño cuando lo conocí. Los aires del puntero y del roncón acompañaban a su hermano Canor que cantaba la misa de San Pedro en latín. Pero su verdadero instrumento era su clarinete. Fue minero pero su verdadera pasión era la música. Tantas romerías y verbenas amenizándonos con su orquesta familiar. Nunca olvidaré los sones de sus nobles instrumentos pero la que quedará perenne por los tiempos será aquella sonrisa sin par y afable.

Era uno de los socialistas más íntegros que había conocido. Antes socialista que marxista; antes humanista que socialista y ambas cosas a la vez en una hermosa simbiosis. Nacido en la Cuenca, estas tierras le dieron de todo porque él se lo había ganado por méritos propios. Minero trabajador, vigilante prudente. Honestidad, talante democrático, hombre profundo, buen esposo y mejor padre. Lo recuerdo desde niño por Santianes y muchos años después, tras el mostrador de "Casa Santiago" distribuir la prensa, ultramarinos, leche, fruta.... y a diestro y siniestro una grata sonrisa y la voz de la persona culta. Sobrio y humilde hasta el final.

No quiso flores en sus honras fúnebres pero Angel Rozada -"Carrás" para los amigos (apodo o gentilicio heredado de su abuelo: "carrás-cas-chas")- siempre tendrá por mi parte una rosa roja al lado de su tumba. Recuerdo también desde la infancia al buen mozo de Las Vegas. Buen pan salía de sus manos para distribuirlo luego por todos los valles del concejo llevando siempre en el furgón a unos y a otros. Servicial y sonriente me queda un grato recuerdo del mejor panadero y romero de Cueiro: Joaquín Rodriguez. Y de la artesa del arte-sano nacido de las manos también me queda el nombre de Conchita Mier y de Morocha, su hermana. Aquellas veladas, siendo niño bajo la palabra docta de la madre Asunción.

No había mejores dedos en la costura que los de aquella casa. Luego fue la voz en la distancia cuando el telefono se afincó en estos valles. Las hermanas Mier fueron mensajeras de la paz y la palabra. En el momento de escribir esta necrológica se me van también tres personas queridas: Chema, el de Tito, transportista, delegado bancario y gran amante de la caza mayor integrado en la cuadrilla de Campiello. Él, con su "GMC" en la década de los cincuenta, nos había permitido a varios adolescentes tener un volante entre las manos y sentirnos los reyes de la carretera. Mi afecto para Fani de San Salvador y Melquiades de Taxa. Para todas y todos el recuerdo perenne y la plegaria.

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