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LA MARIPOSA DE LAS ALAS VERDES

(A la memoria de mi madre, en tarde de Difuntos)

Celso Peyroux

Es otoño. Tiempo de castañas y de viento. Las primeras copos -el día de Todos los Santos, la nieve por los cantos- hicieron su aparición y esta mañana sus frías manos han puesto un manto blanco sobre las cumbres. El sol está declinando y recoge muy despacio sus postreras hebras de luz para un canasto. De las frondas de los hayedos llegan los últimos bramidos de los ciervos; su tiempo de amor está a punto de concluir y quiero estar presente en lo que será el final de los cortejos; aquello que fue todo un frenesí de amor y de luchas.

Llanea el camino entre piornos y acebos y, a menudo, me salen al paso los serbales de los cazadores vestidos del rojo de sus frutos. En un recodo de la senda me encuentro, surgida de una mata de brezos, con una mariposa. Se acerca, revolotea, gira dos o tres veces entorno mío y su suave aleteo me roza las mejillas como si hubiera querido depositar un beso. Es austera en colores pero tiene como unos ribetes verdes adornándole la punta de las alas. Da otra vuelta y, como un perro juguetón que siempre abre la senda, emprende el camino del bosque; se para a unos pasos, se vuelve hacia mí, hace un picado, asciende y continúa la marcha. Cuando al inicio de las primeras hayas el camino se vuelve angosto y se encabrita, se detiene, me espera, da otra vuelta a mi alrededor y desaparece. ¡Qué curioso! -me digo.

A estas alturas de octubre la berrea está tocando a su fin. Sólo los machos más jóvenes -aquéllos que fueron apartados, pese a sus protestas y desafíos, quedándose sin hembras- lanzan sus brindis al sol prometiendo venganza para el año que viene y el firme deseo de cortejar al menos una novia. Apostado sobre un risco veo como cruza el descampado un gran venado -presumiendo de galán- al que le siguen seis o siete ciervas. Ha caído la tarde por completo, un manto de silencio cubre el bosque y, de cuando en cuando, se oye el lamento de un búho real. En este tiempo de olor a crisantemos y propicio a la plegaria, me llega, más que nunca, el recuerdo de los míos; los seres queridos que tomaron la senda de siempre y un día. En este soliloquio a las mientes me viene, de forma fugaz, la mariposa verde que me había acompañado un trecho del camino.

Emprendo el regreso. Un viento suave juega con las hojas que ya han tomado la gama de amarillo y rojo que las hace tan bellas y una luna plena lo ilumina todo. Terminada la cuesta, y en el mismo sitio donde había desaparecido, surge de nuevo el aleteo de la mariposa. ¡Qué extraño! -me digo- ¡Una mariposa en la noche! Sus reflejos verdes se hacen iridiscentes con la luz plateada. Gira de nuevo sobre mí, vuelve a acariciarme con el suave viento de sus alas y emprende el camino conmigo. Me espera. Con las primeras luces del pueblo se detiene. Parece nerviosa. Luego se calma y se posa sobre mi cabeza. Y esta vez, sí que es verdad; siento que alguien deposita un beso en mi frente.

No. No estoy soñando. Creo conocer el calor inconfundible de aquellos labios que se habrán depositado sobre mi piel cientos de veces. La mariposa une sus alas, permanece unos instantes sin el menor movimiento y, de pronto, levanta el vuelo por encima de los brezos y de los piornos desapareciendo entre las sombras. De forma súbita algo hay que me enternece y todo aquel arcano comienza a tomar lugar y forma: la caricia del beso conocido, el verde de los ojos más bellos del mundo, la empinada cuesta para un cuerpo nonagenario y consumido, la paciente espera de un ser amado siempre con los brazos abiertos y las manos sobre el regazo materno para mesar tu pelo... Un grito -como el ronco bramido del ciervo- rasgó la noche haciendo tiritar las hojas de las hayas: ¡Madre! ¡Madre! ¡Madre!

De vuelta al pueblo, un suave sosiego se apodera de mí y una tierna y filial sonrisa se dibuja en mi boca. Ha vuelto a mi alma la paz perdida. A lo lejos, de los roquedos de Peñafurada, llega la balada del lobo cantor arrullando a la luna.

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