Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular

El pintor Juan Rionda saluda a S.A.R.
Felipe de Borbón,
en presencia de Celso Peyroux.

Auditorio de Oviedo, otoño de 2002

 

Presidencia de honor

JUAN RIONDA,
UN PINTOR PARA LA MAR
-Con motivo de su exposición en el Auditorium de Oviedo
a la que asistió el Príncipe Felipe
Otoño de 2002

Buenas tardes a todos y gracias por su presencia a esta asamblea de las bellas artes donde tiene lugar la presentación de una colección de acuarelas. Paisajes de luces y sombras, matices y colores sobre el litoral asturiano que, con el sugerente título de LITORAL DE PEREGRINOS, en recorrido desde el Deva al Eo, nos trae con sus pinceles, cargados de mar, el pintor gijonés Juan Rionda.

...Mírame por el mar que voy radiante
mírame por la noche que navego
y mar y noche son los ojos tuyos
Pablo Neruda

La mar. Espacio mágico ante el cual el hombre se hace insignificante y donde, al mismo tiempo, alcanza dimensiones que se acercan a postulados y demandas metafísicas sobre sus circunstancias. Grano de arena. Ser sublime. Barca a la deriva en las procelosas aguas; oráculo de los dioses en las crines del viento. Soy. No soy. Olas, alas, algas, velas. ¿De dónde vienen? ¿Hacia dónde van? Caminante. Peregrino. Vidas que van a dar a la mar.

Allá la libertad, aquí el mundanal ruido que se disipa entre la bruma de los acantilados y la canción de cuna para dormir las aguas. ¡Qué bienestar ha de encontrar el pincel del artista, la voz del rapsoda, la palabra precisa y preciosa del poeta al borde de la mar!

¡Qué sublime sosiego, qué balada marina la del pintor que recoge en su lienzo el pálpito del mundo en el corazón del oleaje y de las ondas: una caracola muda sobre la arena; el vientre varado de una barca que surcó la linfa; la casa de aquel pescador que pescara un calamar gigante; el viejo lobo de mar con las córneas cansadas de horizontes; la del marino enamorado de una joven sirena;

...concha del agua allá en su seno oscuro.
¡Arrójame a las ondas marinero:
-sirenita del mar, yo te concjuro!

la del peregrino camino del Campo de la Estela -allá donde dicen que el sol se muere y se acaban los confines de la tierra- que por el litoral astur mira y admira la mar y la gleba, desde el Deva hasta el Eo recogiendo los pálpitos del camino! El mismo que se solaza y encuentra el sentido de su vida escuchando el cantar de las olas, mientras otea aquella línea en lontananza en la que la mar cae en brazos del cielo donde flota la melena de la aurora o los rayos dorados de un astro entre las sombras.

Ya están al final solos
mi corazón y el mar

escribe D. Antonio Machado mecido por el oleaje de los trigos castellanos, mientras su corazón bailaba en las espigas oyendo el rumor de la mar muy a lo lejos.

Qué suerte ser pintor; acuarelista -agua de la mar, colores de la mar y del azul del éter- sobre el papiro. Juan Rionda, coleccionista de albas y crepúsculos; pintor de anchos espacios y de la belleza de las pequeñas cosas nos presenta una obra marina siendo él marinero en tierra con los mismos oropeles de los versos que escribiera el poeta gaditano:

...Mi sueño por el mar condecorado
va sobre su bajel, firme, seguro
de una verde sirena enamorado...

Juan Rionda, nacido a orillas de la mar, y de la mar novio, ha puesto todo su saber y la madurez del artista en esta colección de acuarelas recreando el verde menta de la cornisa, el oro de la playa, las aguas amansadas o bravías, faros, encruzijadas donde se besan los ríos y el océano, calimas, nieblas, nubes y... el elemento humano bajo forma de pintor. Porque delante de un lienzo al que hay que dar vida, en la soledad sonora de la playa -incluido el magistral Diego de Velázquez o más cerca a nuestra idiosincrasia, Nicanor Piñole- se encuentra el pintor para plasmar el poema que se abre ante su atenta mirada.

Norte que va del mar hasta la mina
sacude el castañar grave y violento
ruge en el alto roble corpulento
y barre en las montañas la neblina...

que escribiera Alfonso Camín, peregrino y caminante de oraciones por los siete mares.

Hermosa simbiosis esta la que han mezclado pintores y poetas teniendo por musa la mar. Su sangre verde. La copla amorosa como los gemidos y álitos de la propia vida:
Los suspiros son aire y van al aire.

Las lágrimas son agua y van al mar.
Dime, mujer: cuando el amor se olvida,
¿Sabes tú dónde va?
Gustavo Adolfo Bécquer

Y aun más refrescante cuando en la alquimia se mezclan los colores de las ramas con la melena del viento entre velas y corceles que bogan por la mar y galopan por las laderas:

Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verde ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña...
Federico García Lorca

Sí. Versos y colores para solazar la vida y colmar al hombre del hermoso espacio y del tiempo efímero en el solar donde habita.

Dénse un paseo sosegado por este bello recinto con resonancias acuáticas dejando que las retinas se empapen de todo cuanto ven. Tendrán ante los ojos la quintaesencia del océano; oirán los clamores del viento meciendo barcas y las alas de las aves; se arrullarán con la melodía de las olas y hasta los efluvios y fragancias de la mar llegarán odorantes como si en sus manos tuviesen un canasto de erizos y percebes.

Desde hoy, la mar ya tiene su poeta; es decir el acuarelista que ha desentrañado su misterio: Juan Rionda, amigo. Pintor de aguas saladas. Marinero en la ribera mía. Querido Juan, Tuyos son los pinceles y la palabra. Enhorabuena.

PARA EL PINCEL,
SU CABELLERA ARDIENTE
-En en el día universal de la acuarela-

Poesía y pintura van de la mano como las aguas del río entre los chopos y los alisos. Acuarelas y versos, lienzos y metáforas producen, a quien lee y contempla, las mismas sensaciones; una idéntica vibración espiritual -la belleza es aquello -decía el Santo de Aquino- cuya contemplación produce palcer espiritual inmediato- siendo ambas artes portadoras del mismo alma porque ¿Qué es una acuarela sino un poema? o, dicho de otro modo, ¿Que es poema sino la palabra al desnudo indisciplinada y rebelde acompañada de luz, música y una paleta salpicada de colores?

Un alba de un día nació la pintura: los abrigos rupestres teverganos, la cueva de Tito Bustillo en Ribadesella y, desde entonces, el hombre, testigo de su tiempo y cronista de la historia, fue plasmando la vida con sus pinceles hasta nuestros días. Y otro día, también durante este tiempo, nació la acuarela sobre el papel como abrevadora fuente. “...Llorada de tus ojos, corres, creces -escribe en un soneto Rafael Alberti, simbiosis de poeta y de pintor al mismo tiempo- feliz te agotas, cantas, amaneces./ A tí río hacia el mar de la Pintura.

Y es que la acuarela -esto es: pinceles sobre cartón o papel con colores diluidos en agua- no es, ni mucho menos, la hermana menor de las artes pictóricas, de igual modo que la poesía no es tampoco la cenicienta de los géneros literarios.

La acuarela es la captación sucinta de emociones en el sortilegio de un arcoiris mezclado con la linfa en mágica mixtura cuando el artista plasma un paisaje, una marina, un bodegón, un retrato, rincones urbanos, la luz de un amanecer, el colorido del crepúsculo desde el hiperrealismo hasta la imaginación más abstracta atendiendo a la fantasía del creador.

En estos días, en el auditorio “Príncipe Felipe”, -en un lugar donde las aguas arremansadas se mezclaron, acequias abajo, a lo largo de los años, con el color de los artistas -verbo y gracia, Alfonso Iglesias: recuerdo perenne de la infancia, amigo de la edad madura y bronce cincelado- el grupo “Niebla” de acuarelistas de Asturias -integrado, desde hace 25 años por un grupo de hombres y mujeres unidos por el vínculo de la fresca y sin retórica pintura y con el mismo entusiasmo- cuelga sus obras para deleite de los que amamos el arte.

Coincide la exposición con el día universal de la acuarela, aunque la acuarela, el óleo, la arcilla, el bronce el arte, la música y la literatura son, deberían de ser, tiempos y espacios cotidianos.

Y, entre estos pintores, se encuentra Juan Rionda, compañero del alma del cronista y amigo de Teverga. El pintor gijonés -tevergano adoptivo- recorrió nuestros valles -desde Entrago a Ventana y de San Lorenzo a Carrea- recogiendo en sus papiros las instantáneas y retratos más selectos de estas tierras: la colegiata, el palacio de Agüera, el santuario del Cébrano, las breñas de Sobia y las frondas y sotobosques de Montegrande y otros parajes y paisajes, fueron apareciendo, en los últimos años, como la estampa cromática y multicolor que en estos días, en tiempo de seronda (época otoñal) presentan las manchas forestales de este concejo del mediodía astur donde se mezcla -en lírica y sugerente escena- la “Niebla” en la alborada con la luz intensa que llega tamizada de Las Babias.

Las acuarelas de Juan Rionda -cúmulo de sutilezas, de armonía y tonalidades- se vienen haciendo poesía y prosa y motivo de exposición multitudinaria, en los últimos años, al mostrar el acuarelista sus colecciones pictóricas en lugares donde afluye el gran público. Sus cuadros colgados con motivo de una de las jornadas gastronómicas, que a nivel internacional, se desarrollaron en Teverga, fueron y son portada del bien novelado concejo e instantánea de guías turísticas y poemarios.

Las tierras teverganas, y este cronista en particular, están agradecidos a este pintor singular, a los acuarelistas que en el mundo han sido y animan a este colectivo -que toma su nombre de un elemento acuoso tan asturiano- y a todos los pintores de este denostado planeta azul a seguir plasmando la vida en un mundo de luz y de colores por la unión, ética y estética de sus moradores.

POETA, PINTURA Y PIEDRA

No ha podido escoger el poeta, es decir, el pintor, una mejor estampa para llevar al papiro. Todos los elementos que la constituyen son la esencia y la identidad de un pueblo y por eso, el artista comprometido -que ha de buscar siempre la realidad palpitante de la tierra- ha sabido encontrar y dar vida a los campos visuales que le llevaron a la configuaración de la obra.

El hórreo más vetusto del municipio tevergano que asienta piedra y madera sobre una plaza llena de historia y de leyendas donde la propia arquitectura popular está impregnada de la “farruca” gitana que llenaron ámbitos, durante muchos años, los Montoya que la habitaron.

Como espadaña que quisiera acariciar el cielo, se yergue majestuosa la colegiata del obispo Ponce de León en una delicada simbiosis de piedras y sombras. Un templo románico, enclavado en medio del valle que fue antaño y sigue siendo, en nuestros días, un centro espiritual y de cultura. A su lado, guardián de los siglos, eternamente verde -aunque un poco mancillado por el paso del tiempo- monge de largas barbas con los brazos abiertos, se levanta el tejo centenario, que al rumor de los vientos y la balada silente de la nieve pausada, vio cómo se mecían las cunas en las casas humildes de los lugareños.

La casa señorial de “El Vallín”, a flanco de ladera, señala la alcurnia y, en todo lo alto, como pétrea muralla para defender el cuadro, se impone en el paisaje la roca de Sobia cincelada por mano caprichosa que luce siempre las mejores galas recogidas por los pinceles del poeta. Digo poeta, porque esta acuarela es un poema llevado al copo blanco del papel.

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