Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular

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PRESENTACIÓN DEL LIBRO DE CELSO PEYROUX,
"TEVERGA SOÑANDO CAMINOS" .

Gijón, 24-6-2004. Antiguo Instituto Jovellanos 20 h.

Por JOSÉ MARÍA RUILÓPEZ

Me congratula especialmente presentar un libro de Celso Peyroux, porque ambos comulgamos con las mismas aficiones, respiramos idéntico aire, bebimos en las mismas fuentes y rodamos en bici por las mismas carreteras.

Cuando se quiere hablar de un libro sobre el Municipio de Teverga, como éste titulado "Teverga soñando caminos", hay que referirse a las personas y a la tierra. Sabemos que las personas son perecederas, aunque se mantengan en el recuerdo, y sabemos que la tierra permanece. Y también sabemos que las personas pueden modificar, aunque sea muy lentamente, la realidad natural.

Pero quizás la ventaja y el privilegio de Teverga, es que esa realidad natural, que este libro refleja, se mantiene así desde hace muchos años. Y se mantiene así desde el paisaje inmenso, o desde la mansedumbre del silencio en la ladera de Sobia, donde Diego Cotarrén, el protagonista de mi novela "Todo junto al río", se refugia huyendo de la Guardia Civil.

Y se manifiesta desde el romper de los truenos sobre la caliza, desde el reflejo de los rayos sobre un horizonte siempre limitado, desde la lozanía de los campos, o desde el murmullo de los arroyos camino abajo por la Senda del Oso. Y todo esto se mantiene así a pesar del tiempo, del turismo y de la normal erosión de los años. Este libro que se publica ahora con todo un abanico de datos y descripciones, debiera poderse editar de igual modo dentro de cincuenta años. Porque sería síntoma de que el Concejo ha sabido preservar el bien mejor que posee, que es el bien natural. Y yo creo que este libro puede servir también para ser un referente, un guía que sirva para vencer ese reto de cuidar y conservar todo lo natural a que me refiero.

Para el que es oriundo de esta tierra, leer este libro, es un ejercicio de nostalgia, que le hace revivir todas las sensaciones que se produjeron hace tiempo. Sólo es necesario ver las fotos de las máquinas que transportaban el carbón a Trubia, para rememorar el traqueteo del tren en la madrugada, dejándose deslizar con tanto tiento y precaución vía abajo.

O el bufido ahogado de la Somonte, la Gary, la Americana o la Felguerosa subiendo por Cotarrén. Porque en aquel tiempo las máquinas tenían nombre, no como ahora que todas se llaman Ave. Subían tirando por una veintena de vagones vacíos, haciendo sonar el silbato para ahuyentar a los adolescentes, que poníamos piedras sobre los raíles para ver cómo quedaban trituradas por las ruedas con aquel formidable peso.

En la infancia siempre hay un componente que aspira a una cierta grandeza. Una grandeza a través de los medios de locomoción, no sólo como juguetes, sino como aspiración real de traslado. Tal vez sea esa escondida intención viajera del individuo, que se manifiesta ya en tan temprana edad, una vocación trashumante, tan común en aquel tiempo antiguo tevergano, que, puede decirse, fue como una avanzadilla del viajero, del turista de hoy, aunque con diferencias comprensibles, claro.

Ahora los niños sueña con realidades de Harry Potter, realidades que pocos leen, aunque con películas que todos ven. En el tiempo que el libro de Peyroux evoca en el apartado "apuntes de la historia", las aspiraciones viajeras de los niños eran mucho más palpables que las que presenta el cine infantil de hoy.

Era la realidad de las máquinas a tan sólo unos centímetros del observador, soportando el bufido del vapor que soltaba el maquinista para espantarnos. Y más aún, corriendo riesgos palpables en la Cueva Huerta, que el autor describe con todo lujo de detalles, unos detalles, que entonces no se conocían. En aquella ocasión, cuando yo entré en ella con otros amigos, muestra única compañía era una linterna de pila cuadrada, y mucha osadía. De esa aventura infantil dejé testimonio en uno de mis primeros artículos publicados, titulado "Tres horas en la cueva Huerta", allá por el año 1965. Hoy, ese mimo recorrido lo hacen espeleólogos con equipos sofisticados.

Este capítulo "apuntes de la historia", desgrana el origen del Concejo, y dentro de él, una variada toponimia, donde el autor rescata del saber popular denominaciones casi inverosímiles de rincones, corraladas, esquinas, antojanas, cobertizos, desmontes, que nunca se habían relacionado de este modo. De entre todas destaca el origen del nombre mismo de Teverga. De cuyo origen los investigadores ofrecen variadas posibilidades, como Teberga con be, o Teodeberga. Aunque a mí la que más me atrae sigue siendo la de Tresvergas, más que nada, por esa posibilidad imaginativa de... recambio.

En este libro "Teverga soñando caminos", Celso Peyroux desmenuza una realidad geográfica y vital de modo exhaustivo. Y parece mentira que un Concejo tan pequeño, y con una población, que hoy no llega a los dos mil habitantes, dé para tanto. Y lo hace a base de investigar en todo lo publicado hasta ahora sobre Teverga, y a la vez, aportando su peculiar, poético y puntual estilo y empeño. En él se enumeran la historia, la geografía, la fauna y la flora, las comunicaciones y llega hasta el Parque de la Prehistoria, que está todavía en sus albores.

Desde aquel primer libro sobre Teverga, "Historia y vida de un Concejo", en 1978, hasta hoy, el autor ha recorrido un largo camino. En su empeño investigador ha ido desgranando el saber popular, ha hecho puntual testimonio de las innovaciones y descubrimientos ocurridos en Teverga a lo largo de estos años, como Cronista oficial.

Ha segmentado su contexto social, artístico, literario y popular. Ha concitado en su pluma el pulso diario de esa geografía caprichosa del Sur de la Región asturiana. Se ha inspirado en ella para sus propias creaciones de ficción, bien en la poesía o en la prosa. Y en su interior se ha ido agrandando esa congoja, esa nausea, esa inquietud que muchas veces provoca el amor a la tierra que te vio crecer, o, mejor dicho, esa tierra que viste mientras crecías.

Una visión que va esculpiendo en tu subconsciente una serie de celdillas en las que se van escondiendo lugares entrañables, rostros queridos, rincones mágicos, palabras imperecederas, consejos paternos, juegos irrepetibles, inquietudes de crecimiento, descubrimientos propios de la edad, experiencias únicas, sueños olvidados. Y todas estas celdillas, con el tiempo, se funden en una sola, se amalgaman sus contenidos, y se unen en una única identidad, que se llama nostalgia.

A partir de aquí, cuando esto ocurre, cuando tenemos conciencia de esa situación en nuestra cabeza, es que ya ha pasado demasiado tiempo, o, quizás, más del que quisiéramos. Y desde esa nostalgia se manifiesta el autor en algunos de los apartados más emotivos del libro.

Y hablando de subconsciente. No podemos olvidar, que el autor, en algunas ocasiones, como todo creador, se ve sometido por su propio subconsciente. Ya saben, el subconsciente es el impulso o comportamiento que nos lleva a actuar de una determinada manera sin tener conciencia de ello. Es decir, que nos coge un poco a traición. Y digo que el autor está un sometido por su subconsciente, porque hay en él, a una cierta profundidad en su identidad creativa y personal, una intención de manifestarse de modo casi ubicuo. Ya saben, el que está presente a la vez en varios sitios. Es una cualidad que sólo se aplica a Dios.

Pero yo debo preguntarme, ¿Celso Peyroux no tiene alguna aspiración ubicua? En el subconsciente, claro, no en su intención razonada. Y digo esto, porque Dios, o esa cualidad de Él, se presenta muy cerca de sus actuaciones vitales. Por ejemplo. Su novela sobre Teverga se titula "La sombra de un Dios ausente". En la mayoría de los casos en los que hay actos o celebraciones, él siempre anda por allí. Unas como invitado, otras como protagonista, y otras porque se aparece de repente sin que nadie lo espere, o, quizás sabiendo todos, que iba a llegar en cualquier momento.

Me contaron, que en un acto de celebración en Teverga con un obispo como invitado, Celso tuvo mayor protagonismo que el mismísimo prelado. Claro que mucha gente no se dio cuenta de que fue así, no sólo por esa aspiración subconsciente del autor por estar allí donde quiere y a su modo, sino también, porque él sabía mucho más de Teverga que el cura.

Y digo todo esto, porque en este libro, también el subconsciente, donde se aloja su supuesta deidad al acecho, se manifestó dándonos un decálogo para el respeto a la naturaleza. No llegó a llamarle los diez mandamientos, pero casi. Una distancia definitoria que lo humaniza. Porque si lo hubiera definido igual, lo hubiéramos perdido para siempre. Un decálogo, por otra parte, imprescindible, oportuno, necesario y de obligado cumplimiento para los que tienen fe y para los demás.

Porque sé de buena tinta, los desmanes que se están cometiendo en el Concejo por las noches, en predios públicos y en lugares protegibles. Y para que este libro tenga vigencia. Y como dije, pueda reescribirse dentro de varios años otra vez, tienen que cuidarse todos los rincones y bienes públicos y privados que aquí se citan.

He querido hablar sobre todo de lo que a mí me evoca el libro, desde la nostalgia, porque por lo demás el libro se explica solo. Y para terminar, puesto que estamos hablando de un libro de Teverga. Quiero decir que están en mi recuerdo y en mi afecto, todas las personas entrañables que han fallecidos en los últimos meses, y que formaban también parte del patrimonio humano de este Concejo, que es el mío, y que se citan, muy oportunamente en este libro. Muchas gracias.

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