Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular

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ENTRE LAS SOMBRAS
DE
LA OSCURA NOCHE

En una noche oscura,
con ansias en amores inflamada..
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Juan de la Cruz


...De la mina salgo, amigo,
de la mina, compañero,..
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Rafael Alberti

AQUEL SOL DE LA INFANCIA
I
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero...

Antonio Machado

Escribe Julio Llamazares en un bello poemario sobre sus raíces y la nostalgia de cualquier tiempo pasado:

“Mi vida es la memoria de la nieve.
Mi Corazón está blanco como un campo de urces”.

Me tomo la licencia -en este pórtico literario sobre escritores de la mina- de hacer mía -por un momento- esta estrofa del escritor leonés y de aquel primer verso de don Antonio Machado en “Campos de Castilla”, donde “ligero de equipaje” y entre “las voces y los ecos” describía -con la niebla del pretérito y la melancolía- su autroretrato:

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla...

Pero quisiera ir más lejos -solicitando de la venia consentida que todos los escritores hacemos cuando tomamos en préstamo una cita literaria de este o aquel autor que se aproxima a la obra que desarrollamos- para realizar, mediante una alquimia profunda y a la vez respetuosa, un giro en la paleta del pintor y pasar del color níveo a la tonalidad del luto, del endrino, de aquel que muestra la tierra parda. Y así escribo: Mi vida es la memoria del carbón; mi corazón está blanco y dolido, alegre y contrito en las eternas sombras de la noche, entre frondas de mampostas y lámparas encendidas con la nieve menuda y pausada que todo lo cubría.

Sí, es cierto, que el alma se solaza con los recuerdos de la infancia; aquellos que permanecerán en la memoria hasta que se agote el postrer hálito de vida. Al igual que las hojas son las raíces del árbol en el viento, las estampas y secuencias infantiles son el alimento imperecedero del hombre a lo largo de su existencia. De esta suerte, la infancia -ebria de recuerdos- permanecerá intocable en el individuo palpitando, hasta el último suspiro, como un eco del corazón; como la diminuta llama de una vela ondulada por el yunque del silencio.

De igual manera que la bocamina es el pórtico hacia la oscuridad inmensa, el adiós a la luz del día, acuden, a los renglones de este trabajo, secuencias que se remontan a los años cincuenta que me traen el ser, sentir y vivir de quienes trabajaron en la “gleba parda” allá en los valles donde me nacieron. Tierras -odorantes a menta y castaño, a fresas silvestres y a manzanas- donde un día el hombre, de esto hace mucho tiempo, oradó las entrañas de prados y bancales en busca del gran árbol que -sepultado vivo cuando la luz del mundo apenas si era una amanecida- iba a convertirse en un preciado mineral que cambiaría la vida y costumbres de hombres y mujeres constituyendo, la dura labor, un elemento nuevo para la supervivencia.

En aquel tiempo tú eras el altivo árbol
del bosque de las hadas joven y vigoroso,
en cuyas ramas tórtolas y avefrías
solíamos pasar las tardes del domingo.

Serán retratos en verde y negro porque verdes eran los prados y negros los rostros de los hombres. Serán imágenes que irán acompañadas -hasta el punto final- de mis primeros versos -en forma de romance, intentando vanamente de emular a Lorca- que bajo forma de elegía cantaron y lloraron la muerte de un amigo, con quien tanto quería:

Verde negro, negro verde,
verde de azul primavera
vino la muerte callando
sobre lomos de una yegua
a las cuatro de la tarde
segando la yerba buena.

Estampas estas que recogen las más variadas instantáneas a través de la melancolía -esto es la dulce nostalgia del pasado- prestas a quedarse para siempre -tal vez ya un poco enmohecidas- en el inextricable y misterioso dédalo de la mente. Unas, las más, tristes y desoladas, como amargas son el mundo de las lágrimas; otras para el deleite, porque la canción del guaje en la sobreguía era la balada de la esperanza, el poema de León Delestal hecho cántico sublime en la voz de El Presi y la tonada viril, surgida de las mismas entrañas de la tierra, que por coladeros y ramplas, repuelgos y la caña del pozo subía en busca de la luz hacia los oídos atentos de la amada.

...quince ramas de cerezo
floreciendo allá en la mina
----------------------------------
por el amor de una moza
que de su amor no sabía...

Me nacieron -queda dicho- en tierras mineras y, desde niño, he conocido la tragedia y el drama de la mina. Aullaba la sirena como una osa herida, cuando un hijo de las sombras había sido atrapado por un costero, calcinado por un fogonazo del grisú o sepultado vivo por el derrabe de una serie.

Si apuro el recuerdo, tal vez las primeras imágenes vengan de la casa de la abuela Salomé -esposa de minero- asentada en una encrucijada a mitad de camino hacia las minas. Allí estaban situadas las oficinas, la dirección de la empresa hullera, el basculador, los lavaderos, los talleres y sobre todo, la esplanada donde maniobraban las locomotoras que bajaban el carbón a Trubia.

Silbaban con el canto del gallo, rebosantes de vapor y con una trenada -yo aprendí los números contando sus vagones- se abrían paso a través de desfiladeros, túneles, pastizales, pueblos, hoces, gargantas y puentes, por uno de los más bellos parajes que pueda ofrecer la naturaleza, a golpes de silbido, manejadas sus frenos, reguladores, areneros y engrase por diestros maquinistas y fogoneros. A ellos se unían los intrépidos frenistas que saltaban de vagón en vagón, como verdaderos funambulistas, para que el convoy no se desbocara y hombres, hierro y carbón se precipitaran al río -como tantas veces ocurrió a lo largo de aquel itinerario- escribiendo páginas estoicas a sangre, frío y fuego.

Por la forma de silbar las conocíamos los niños, de manera inconfundible. Había toques de silbato que rayaban la perfección de la semiótica, cuando, alguno de los más hábiles comunicadores advertía, entrada la noche y columbrándose las luces del pueblo, a su esposa cómo había resultado la jornada y el menú preferido que el ferroviario deseaba para la cena. De todas ellas, recuerdo La Americana con su bello silbido que, poco a poco, se fue apagando, como si hubiera cogido un constipado entre las corrientes de los túneles y las fuertes heladas.

También La Rata -pequeña pero veloz- la estoy viendo galopar por los cortinales de Las Paradiellas, sembrados de escanda, con los dos matafuegos en los pescantes dispuestos a apagar las numerosas chispas que despedía. Iban provistos de grandes escobones corriendo aquí y acullá para luego engancharse al vagón de cola, en proeza circense, teniendo, muchas veces, que retornar a pie una vez extinguido el incendio cuando ya el ruido de La Rata se perdía a lo lejos.

Sin lugar a dudas, una de las estampas imborrables la protagonizábamos los niños cuando las locomotoras que habían resoplado como bueyes por la dura subida, hacían un alto en el camino, por razones de maniobra y era, entonces, cuando los niños gozábamos entre la niebla del vapor que salía a raudales por válvulas, toberas y émbolos entre el alborozo infantil que trasladábamos a los maquinistas, buscando ellos la niñez perdida. Son estos retratos en verde y negro porque verdes eran los prados y negros los rostros de los hombres.

...Verde negro, negro verde
cantan pájaros y grillos;
en los prados y en los ríos
huele a tomillo y a menta
y en la mina ladra el lobo
hambriento de carne fresca...

Era yo por entonces, bachiller y vendedor de periódicos; no más de doce años contaría. A diario subía al valle minero en la marquesina de una de las locomotoras, si eran Manín y Anton, los maquinistas y sino en la trenada con los diarios ilegibles, al final del trayecto por el polvo acumulado del carbón. El encanto se fue perdiendo con los años al ser reemplazadas las locomotoras por los troles, empujados por energía eléctrica y éstos, más tarde, por camiones desapareciendo así la feliz epopeya de los trenes carboneros.

La venta de la prensa diaria a las gentes de la mina hizo que me acercase cada vez más a los hombres, mujeres y niños que formaban la gran familia minera, a la que se había ido incorporando otros jóvenes y mayores llegados de otras regiones y de otros países en busca de aleros y horizontes más prometedores.

Eran, aquellos días, mis valles un hervidero de almas que, en ocasiones, se hacinaban en pueblos y aldeas que carecían de los mínimos servicios. Barracones maltrechos que en algunas ocasiones presentaban condiciones infrahumanas. He visto como los rostros negros se volvían solazados y gozaban de la paz del domingo lejos del grisú y del polvo departiendo en el hogar con los suyos, jugando a las cartas y a los bolos, respirando el bálsamo de los castaños y de los brezos y mirando la belleza del paisaje bañado por el sol.

He conocido la solidaridad entre los hombres; supe de cientos de manos desolladas y de pechos sin aliento que buscaban sin tregua y con denuedo el cuerpo de un compañero sepultado, mientras otros cientos estaban prestos para el relevo, a la espera el pueblo angustiado de noticias del interior. He conocido a Bárbara, la del castillo y la palma conducida a hombros de hombres porque la bella joven era la protectora de la mina y para ella había -al menos, una vez al año- flores, canciones y plegarias. He sabido, pro vez primera de la blasfemia y del temblor de las hojas y del viento cuando alguien la profería. Luego supe que era también una plegaria y un recuerdo hacia el Hacedor del mundo, porque Alfonso Camín, así nos lo escribió:

...La blasfemia, a veces, es la oración del mineral y el tajo...
...Verde negro, negro verde
se desplomó la madera,
una rosa ensangrentada
le adornaba la cabeza
y entre los riscos de un valle
se derrumbaba el castillo
de San Salvador de Alesga...

Durante todos estos años he visto rudos modales en el comportamiento y, a veces, el alcohol hacer tambalear hombres como robles, para amortiguar y hacer más llevadera la dura labor cotidiana. Supe de su nobleza a flor de piel, de su tristeza y del dolor popular cuando a muerto doblaban las campanas por uno de los nuestros. He visto lucir el crespón negro en la solapa y en el antebrazo, viudas enlutadas y huérfanos de la mina. He contemplado cientos de rosas y claveles crecer sobre las losas blancas del camposanto y rostros endurecidos llorando como niños. Supe, en fin, del dolor humano en su quintaesencia.

He sabido de carnes maceradas, a golpe de culatas, cuando cayeron las hojas del otoño en la del Treinta-y-cuatro por pedir lo que era de justicia y departido con los “bravos” del Sesenta-y-dos que conocieron la soledad de las rejas por pedir libertad y, una vez más, justicia. Sé de una chimenea, en un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme, donde -dice la leyenda- que crece diáfana y hermosa una rosa silvestre en honor de los que allí fueron ejecutados por el rencor y la inquina y yacen bajo una lápida tan blanca como la nieve.

...Verde negro, negro verde
a hombros de compañeros
por la pedrera lo llevan
camino del camposanto
a descansar en la tierra...

Negras bajaban las aguas y algunos niños recorríamos las orillas del río, entre las canales que se habían instalado para recuperar el carbón que se escapaba de los lavaderos recogiéndolo en baldes para luego venderlo. Los más osados despistábamos al guarda jurado y pasábamos del río y de las escombreras hasta las tolvas y ya los, casi, suicidas, se montaban en los vagones y arrojaban las piedras para luego, bajarse en marcha, jugándose la vida, ir metiendo para en un saco el carbón esparcido a lo largo del itinerario.

Los jueves por la tarde era tiempo de asueto escolar y, entonces, subíamos en uno de los trenes hasta el verdadero corazón de las minas: contemplábamos los cangilones y baldes deslizarse por cables aéreos, los vagones subir y bajar por el plano inclinado, el cuarto de los compresores, la caseta del ventilador. Metíamos la nariz por entre las rejas del botiquín para ver quien era el último herido de turno y nos acercábamos a la lampistería viendo como los mineros retiraban o entregaban la lámpara, mientras el lampistero colocaba una ficha de bronce numerada sobre un tablero. Queríamos acceder al polvorín, pero aquello estaba vigilado a cal y canto y una tarde, un guardia civil nos tiró de las orejas.

No nos quedaba nada por escudriñar hasta el punto que una tarde visitamos las cuadras de los mulares; eran hermosos animales que comían pausadamente grano y paja molida, que nos miraban con ojos vidriosos y tristes por la suerte que les había caído encima. La fragua de Quico era, en fin, la última visita, viendo como, al rojo vivo, perfilaba punteros y barrenas y cómo los templaba. A veces, nos acercábamos hasta la bocamina para ver en la distancia como se iban acercando las lámparas del relevo saliente o, por el contrario, como se iban convirtiendo, poco a poco, en luciérnagas, ahogadas por la densa oscuridad y la distancia las de los mineros que comenzaban la jornada. Luego, otro tren de regreso y vuelta al pueblo no sin antes lavarnos en el río, de manera cuidadosa para evitar conflictos en la casa.

...Verde negro, negro verde
con los dientes y las uñas
yo desmembraré la gleba
para sepultar tu cuerpo
y luego con luna llena
les diré que monten guardia
a caracolas y estrellas...

Varios años después, fui niño-minero y conocí el ruido infernal de los martillos y de las detonaciones; la rudeza del pico y de la pala, el peso de las vagonetas entre paredes rocosas de color a sangre. Decían que era la mina más alta de Europa y yo, además de creérmelo, estaba orgulloso de estar tan cerca del reino de las águilas y de las nubes, despreciando el peligro y el mísero salario del miedo y de la nieve. Les llamaban las minas de Camayor, allá en los lagos de Somiedo, tan bellos y verdes como una esmeralda. Un día, mi pluma acertó en escribir aquellos versos que rememoraban la estancia:

...Aspiraban al nirvanha del Séptimo cielo
con pesebres de oro y flor de manzanilla
y encontraron metales para fabricar
cuchillos y máquinas para la guerra.
Salían los lobos a orar a la luna de marzo
y sus aullidos se convertían
en ásperas piritas de mineral sangriento...

Y llegó un día, de otro año, en el que mi cálamo entró por vez primera en la amplia sala de redacción de un rotativo y fue así como, en posesión de la tercera verdad, de la mano de la juventud intensa e inmensa me puse a narrar aquello que los ángeles contaban. Y fue trepando, de mamposta en mamposta, por la “novena-sur” del paquete de generalas de Campiello, zigzagueando entre repuelgos, llaves, guías, sobreguías, testeros, coladeros desde la capilla de Santa Marta, hasta la Segunda Sección de La Cruz; fue por los vericuetos de las caleras del pozo San Jerónimo, fue en las explotaciones artesanales del puerto de Ventana, al mismo lado de las nieves de Ubiña, donde en verdad conocí la vida de la mina y del minero.

Del país donde no llueve
te traeré lluvia serena
que te haga compañía
y te cuente mil leyendas
de mundos desconocidos
de duendes, magos y reinas
para que al filo del alba
te venza el sueño y te duermas.

Fueron -doy fe- difíciles aquellos años de finales de los setenta en los que Hullasa -alimento de una comarca- mostraba un ala dolorida y se hundía poco a poco en los lodos de una polvareda que ni mineros ni lugareños habían levantado. Malestar, cortes de salario, débitos, poca producción, mediocridad en el cuadro de mandos, huelga -perdón: “paro obrero”- y un cúmulo de despropósitos, llegados de diestra y de siniestra acabaron con las ilusiones y las pocas esperanzas de supervivencia que aun quedaban entre los habitantes de los valles.

Y así, un año sí y otro también, entre la soledad sonora y la desidia -muy a pesar de los regueros de tinta que fui derramando- se fue cerrando, a cal y canto, un importante capítulo en la historia y vida de un concejo que no pudo ni con él mismo ni con sus circunstancias. Y en el elogiado “noventa-y-dos” -a bombo, platillos, púrpura y confetis- se extinguieron para siempre las páginas de un libro -aun no narrado- escritas a polvo, sudor, sangre y duelo. Porque para rematar el desastre, una bala traicionera y por la espalda segó la vida a uno de los nuestros, cuya voz y puño en alto solo reclamaba el pan y la sal para sus hijos. Retratos -para la nostalgia y el recuerdo- en verde y negro porque de menta eran y son los prados y los bosques y como la noche eran los rostros del minero.

Verde negro, negro verde
el ojo del sol se inclina
cuando atardce la tarde
por detrás de Paxarina
con nubes de lino y seda.
Ya todo el valle es silencio,
la noche se torna negra,
mudas quedaron las gaitas,
tambores y panderetas,
gimen los jóvenes tallos
y sola queda la andecha.

LA LITERATURA EN LA MINA
II
¡Qué destino! de topo barrenero,
de gusano ¡Qué suerte!
Miguel Hernández

Y de todas estas páginas -ebrias de dolor más que de alegría- se alimenta la literatura; porque si de ética y estética, de historia y de fantasía, de la tercera verdad y de un código de principios que rodea al hombre, no se nutriera, entonces esta zorra vestida de dama dejaría de ser la diva de la comunicación. Ella que solo se tiende sobre el lecho amante con sus elegidos dejando que sobre su blanca piel de papiro se plasme con tinta las frondas del misterio, muchas veces con renglones torcidos.

La narrativa, como género mayor épico que necesita un amplio mundo, -aunque el mundo es más hondo que extenso- para poder tejer la telaraña de su trama; el poema, sencillo y profundo, misterioso, rebelde y mesurado porque es la verdad de la vida; porque hay un mundo invisible y etéreo, cerrado a cal y canto, que solo la poesía lo desvela y a ella pertenece la llave de ese espacio; porque no hay un lugar para la poesía sino que todos los lugares son poemas; porque, en fin, los versos no se sirven de la palabra para mostrar la indisciplina y la belleza, sino que son las palabras las que recurren a la visión cosmogónica y trascendental del poeta.

Verde negro, negro verde
el avefría en la nieve
por sus níveas plumas corre
las lágrimas de una perla,
sobre el tejo cuervos graznan
en los álamos del río
una lechuza se queja
y del monte va bajando
en la lana de la niebla
susurros, ecos y voces
en la noche espesa y negra

Así pues, si la literatura, como arte de expresión por medio de la palabra -el más bello don que la naturaleza legó al hombre-, abarca todos los campos, no podría, por menos, ocuparse del tema de la mina. De esta suerte, maestros consagrados, le han dedicado grandes obras plasmando en ellas, con un realismo impresionante, los más bellos y trágicos momentos: Zola, Karel Capek, López Salinas, Pérez Galdós, Lawrence, Concha Espina, Martín Vigil, Cronin, Palacio Valdés, Dicenta, Clarín, Pérez de Ayala, Isidoro Acebedo, Ciges Aparicio, Alfonso Camín, Alperi y Mollá, no son sino algunas de las plumas más conocidas.

Y tras el merecido panegírico a la lírica, mostrar que la poesía minera también ilustró, en cientos de versos, la elegía, la oda, el soneto, el romance y el poema social de denuncia y de compromiso: Alberti, Miguel Hernández, Leopoldo de Luis, Alfonso Camín, de nuevo, Luciano y Jesús Castañón, Albino Suárez, Benjamín Mateo y una gran pléyade de poetas que, a buen seguro, me dejo en el tintero.

A este amplio y variado florilegio literario se unen, de puntillas, mis trabajos periodísticos, en prosa y en verso. Los de la prensa diaria, aparecen por cientos bajo forma de reportaje, notas y artículos que comenzaron a salir a la luz en mayo -si mal no recuerdo- de 1970 cuando la empresa Hullasa de Teverga se vendía por una peseta, siempre que el nuevo dueño cargara con su pasivo. Nadie la compró y, al final, entre todos la mataron.

Verde negro, negro verde
en el fondo de la mina
los lobos quietos se quedan
con lámparas en los ojos
esperando por la presa
acechando con sus fauces
abiertas en las tinieblas.

En el campo de la narrativa, las dos novelas publicadas llevan en sus páginas, sin desarrollarse por entero en el ambiente minero, la esencia de la mina. Y así, en La sombra de un dios ausente se lee: “Traspasaban el umbral donde ya el sol se hacía penumbra y la noche perenne se escondía en una larga cueva. Hacíase entonces, una postrer mirada a la incierta luciérnaga del alba que iba dejando la noche en ruinas, al tiempo que unos reflejos de mica reverberaban en los ojos de la masa humana a las luces de las lámparas colgadas de los hombros.

En una balada de la nieve titulada Hasta que en el cielo toquen las aves, el dolor es más profundo porque la muerte se hizo presente: A Santa Bárbara bendita le saltan las lágrimas cuando muere un minero. El año en que un fogonazo de grisú le cortó el aliento para siempre a Salustio Argumal, la guapa moza del castillo y de la palma no tenía consuelo. Bárbara, la Santa vive en una ermita del pueblo de Locenia al mismo lado por donde pasan los mineros todos los días en busca de la noche con la lámpara encendida...”

En fin, un breve poemario, simbiosis de versos y pintura, titulado Balada para una metamorfosis con solo de avefría, cierra mi aportación, por el momento, a la mina, lo minero y sus circunstancias.

Desde estas líneas, invito y exhorto a mis compañeros a continuar plasmando su mundo de letras sobre el papel para seguir sacando a la luz, como valiosas vagonetas de un rico mineral, todo cuanto de literatura yace aun, en el sueño del olvido, debajo de la tierra:

Verde negro, verde negro
verde de azul primavera
por rampas y coladeros
yunques de silencio suenan
y una campana el dolor
del pueblo entero que llora
su cántico el viento lleva
esparciéndose en el valle
entre brumas de tristeza.

EL ARTE EN LA MINA
A TRAVES DE LOS TIEMPOS
CUARENTA SIGLOS
DE HISTORIA

La literatura y las Bellas Artes se unen -en una cuasi perfecta simbiosis- para enaltecer y sublimizar la vida del hombre en el tiempo, en el espacio y en las circunstancias que le rodean.

Un poema -Blas de otero, Rafael Alberti, Albino Suárez- canta y denuncia, exalta y dignifica con el verbo justo y medido la labor diaria del minero entre las sombras; una novela -Zola, Cronín, Pérez Galdós- relata -con la palabra fresca y minuciosa- la verdad pura y dura de la mina y del entorno; la pintura y la escultura plasman y modelan el realismo de quienes “noche” tras “noche” luchan con las entrañas de la tierra -en combate noble y singular- donde, luego de tantos siglos, no hay ni vencedores ni vencidos.

Así pues, no podía faltar en este Primer Encuentro de Escritores de la Mina, la palabra del escribidor fantástico, el verbo de la tercera verdad, el tálamo creador del artista. Unos y otros -desde que Adán esculpió, sobre la corteza de un árbol el primer verso a nuestra madre: “tú eres mujer carne de mi carne” hasta la última pincelada del pintor anónimo- han sido, son y serán quienes recojan las crónicas y la memoria de la Historia, quienes plasmen la vida en un mundo de letras, quienes lleven al lienzo rostros, escenas y secuencias del subsuelo entre luciérnagas frontales y las sombras fantasmagóricas que se desplazan sobre los hastiales y los muros de las galerías al ritmo rudo y febril que marcan los hombres.

A través de los siglos, el hombre artista ha querido dejar constancia del mundo que le rodeaba con sus pinceles sobre la roca y sus cinceles sobre la piedra y el barro. Si sobre los muros de Altamira y Bustillo, Fresnedo y Lascaux nuestros antepasados mostraron su arte en el arte de la caza y otras escenas, otros hombres -a lo largo del tiempo- han sabido pintar y esculpir la vida en la mina y lo minero.

En esta sencilla muestra, se intenta evocar cuarenta siglos de actividad humana, desde el Egipto de los Faraones hasta nuestros días pasando por Grecia y Roma, la Edad Media, El Renacimiento y las épocas modernas y contemporáneas. La mina como referencia con su humanismo impregnado de emociones. Ya que es el hombre, en su quintaesencia, el que encontramos como protagonista en cada uno de los motivos artísticos. El hombre cotidiano, con sus preocupaciones, sus dolores, sus alegrías y tragedias. Mineros de todos oos tiempos y de todos los lugares del mundo; siempre solidarios delante del peligro; compañeros del alma, compañeros. El trabajo del minero honrado y respetado.

Que estos testimonios artísticos reunidos nos den la imagen de consideración que la mina y los mineros se han ganado por méritos propios y sean motivo de orgullo para las generaciones venideras. Que las secuencias que aquí se presentan y aquellas de la cosecha propia del creador literario, den luces al ángulo más alejado del “repuelgo” -donde las tinieblas se hacen perpétuas- para que que su cálamo fecundo siga plasmando de blanco testeros y coladeros.

Teverga, primavera de 2001

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