Costumbres, tradición, gastronomía, trabajos rurales, vida vaqueira, saber popular

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Cronista en Nueva York

por Celso Peyroux

Llueve intensamente y dice la radio que la nieve se acerca por Los Apalaches. Aquì en la ciudad de Nueva York (a miles de kilometros de mis verdes valles, donde lleguè para hablar de los horrores de la Guerra Civil en Espana, setenta anos despuès), no hay druidas pero si hay en la brisa que baja suave por el Hudson, el grito de guerra (siempre hubo, hay y habrà guerras) de Yukathapà el ùltimo jefe indio de la isla de Manhattan. El viejo patriarca se resistia a marcharse de esta hermosa isla hoy convertida en locura y frenesì.

Tambien he visto y oìdo al pueblo americano lanzando gritos a traves delas urnas para que su Presidente –que no Abràhan Lincoln- abandone las tierras de Las mil y una noches para acabar con los horrores de otra guerra que nunca tuvo que haber sido. Nada nuevo bajo el sol : que si la « Quinta avenida » con sus tiendas ; que si el puente de Brooklin tendido sobre la bahìa; que si el « Empire State » con sus màs de cien pisos de altura; que si la estatua de la Libertad; que si las gentes del Africa negra del Bronx; que si….

Crèanme. Ante tanto poder, voragine, locura, soberbia y pobreza sigo prefiriendo : el mercado de los lunes en Proaza, aunque falte Manuela con sus verduras y Concha con su chacinerìa; el viejo puente de la Plaza o aquel que conduce de Las Vegas a Monteciello; las nevadas cumbres de Sobia o del Ferreirua, de Penarrueda o de Los Fontanes de Ubina; el sencillo monolito que vamos a erigir en Entrago en recuerdo de los hombres y mujeres que perdieron la vida en otra « Zona Cero » durante tres anos y los que siguieron; que los hombres y mujeres de color acudan a nuestros valles para mitigar la hambruna.

Cuestiòn de cultura. Uno se siente montaraz y rural en medio de los altos rascacielos. Son las cuatro de la tarde y la noche se echa encima. De la inmensa herida que sobre la tierra dejaron los fantasmas de la « Las torres gemelas », sube un vaho de tragedia y dolor. En el lugar he visto màs morbo que plegaria; màs fotos que recogimiento. !Yira! !Yira! El tiempo es un crespòn que termina cubrièndolo todo en la senda del olvido. Perdòn. No me inspira la ciudad. No me siento poeta en Nueva York.

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