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"La piedra de la soledad
y la muerte"

Texto tomado de La niebla herida
Joaquín M. Barrero
Ediciones B. S. A., 2012. Barcelona
(pp. 455-457)

Anotación previa

Entre las muchas informaciones que subyacen en las obras de Joaquín Barrero, algunas resultan especialmente novedoas, tanto para la etnografía asturiana, como para la de cualquier estudio que se haga sobre las diversas culturas en el espacio y el tiempo de los últimos siglos.

La capacidad de síntesis que el autor fue desarrollando en sus numerosos viajes personales y profesionales se va traduciendo para el lector atento en un verdadera base de datos, al estilo virtual, de la que podemos ir tomando abundantes documentos reales en muy diversos campos.

Unos documentos que, tal vez, nunca habrían pasado al conocimiento de los lectores, si no fuera por esa minuciosa capacidad de observación, por la forma de contarlo, y por la magia literaria del autor. Sirva un ejemplo tomado del último libro del autor.

-Recuerdo mucho a mi padre [habla Ernesto], cada vez más. Era asturiano de raza, nacido en 1904 en un pueblo más arriba de Pola de Allande, en la Sierra de Ablanedo, por las inmensas montañas del occidente astur donde el lobo rondaba y en los inviernos los árboles estaban siempre escarchados. Cuando se hizo muy mayor, no hace tanto tiempo, yo le llevaba todas las tardes a la plaza de La Candelaria, tradicional lugar de encuentro aquí de los españoles. Allí hablan y juegan a cartas, dominó y ajedrez en los bancos, al aire libre. Y también lloran porque, en el fondo, todos ellos son unos abusados. Si ustedes se acercan podrán comprobarlo. Cuando alguno tarda en ir los demás saben por qué. Yo le dejaba en uno de esos bancos y siempre, al marchar, me decía: «¿Volverás por mí?»

Un día le pregunté qué significaba esa reiterada pregunta cuando estaba claro que tanto le quería y que regresaría para llevarle a casa. Él me hizo sentar a su lado y me pidió parte de un tiempo que pocas veces le dedicaba. Me dijo: «Te contaré algo terrible. ¿Recuerdas cuando con tu madre volví a casa, a Allande, a mis paisajes de Asturias? Seguían las montañas y los robles, aunque habían plantado muchos eucaliptos, árboles ajenos a la tierra. Algunas casas habían desaparecido y también tus abuelos, familiares, vecinos y amigos que allá quedaron cuando nos trasladamos a Luarca, antes de venirnos a esta tierra, con vosotros tan pequeños. El pueblo agonizaba. Pero ¿sabes?, la piedra se guía allí, en lo más alto y solitario del monte.»

«¿Qué piedra, padre?» «La de la soledad y la muerte.» Algo sobrecogido insistí: «¿Qué pasa con esa piedra, padre?» «Éramos todos tan probes en el pueblo, tantos los guajes y tanta la miseria que cuando un mayor se hacía muy viejo y no podía ayudar a las tareas ni valerse, se le llevaba a esa piedra y se le dejaba morir. Una boca y una responsabilidad menos.» Le miré asombrado. «No me lo creo, padre.» «Puedes creerlo; es la verdad. Era costumbre que venía de generaciones, en todas las familias de esos pueblos. Por eso, a veces, coincidían varios ancianos en el abandono.

Pero la piedra era grande y había sitio de sobra. Mi padre, tu abuelo, lo hizo con mi abuelo. Cuando lo llevó, la nieve cubría el verdor y el viento arremolinaba los copos. Al dejarle sobre la piedra, mi abuelo habló a su hijo: Aquí mismo, hace años, yo dejé a mi padre como él dejó al suyo y como tú estás haciendo ahora conmigo. No te entristezcas, es la ley de estas tierras míseras. Y a ti te traerá en su día uno de tus hijos. "Eso me lo confesó mi padre, tu abuelo, tiempo antes de que viniéramos a Venezuela.

Contemplé entonces a mi abuelo de manera diferente y me pareció más extraño que de costumbre. Era un hombre duro, siempre trabajando, de pocas palabras y ninguna risa; frugal, ahorrativo. Siempre con las mismas ropas y la boina cosida a la cabeza. No lo podía imaginar dejando a su padre que muriera de frío en el monte o comido por los lobos. Pero entonces entendí su gesto habitual entre estoico y fatalista: estaría convencido de que él iría también a la piedra de la soledad y de la muerte porque él había cumplido con ese rito. Me estremecí. No me imaginaba a mi padre y a mis tíos haciendo eso con él.

En un aparte dije a mi padre, tu abuelo, que esa tradición tan bárbara debía ser interrumpida. Y él me prometió que mi abuelo moriría en la cama. Y eso es como sucedió según me contaron mis tíos en aquella visita que hice con tu madre.»

Ernesto dejó que el relato inundara nuestras mentes. Miré a Rosa y vi el horror en sus ojos.

-¿Eso ocurría en Asturias, de verdad? ¿En mi Asturias?

-Sí, en nuestra Asturias. Es verdad. Créale –dijo Acracia, sosteniendo la mirada de Rosa”

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